Archivo de la etiqueta: apetencias

Enseñanzas de la Iglesia sobre el pudor

El pudor: defensa necesaria de la dignidad personal

Por Antonio Orozco.


Me gustaría explicar con sencillez y profundidad lo que la experiencia enseña: el pudor no es un lujo ni una manía ni una enfermedad del pasado, sino una vigencia en todos los tiempos y latitudes. Es más, el menosprecio del pudor en una sociedad es señal clara de corrupción profunda.

Hay una relación inadvertida entre el desprecio del pudor y muchos crímenes reales increíbles. Se hace urgente entonces — para nosotros, ahora — una reflexión sobre el significado del pudor como defensa de los valores más personales del ser humano y de la entera sociedad.

Es explicable que cuando el hombre se materializa y cifra toda su filosofía en el «comamos y bebamos que mañana moriremos» (negación de la espiritualidad del alma, de la existencia de un Dios personal, etcétera) es explicable, digo, que entonces pierdan interés para él, esas virtudes que se oponen a las apetencias de la carne (en el sentido bruto de la dicción).

Es lo que sucede en el ambiente en que hoy nos movemos. El pudor se combate como si se tratara de una represión patológica del impulso sexual. El pudor sería algo de lo que habría que liberarse para obtener una salud psíquica normal. Las ideas de represión, tabú, liberación, etc., han hecho impopular cualquier defensa del pudor, como si fuese, sin más, una inequívoca retracción de la carne (ahora en el noble sentido de la palabra).

Lo hacía notar, recientemente, el escritor Sánchez Ferlosio, que invitaba a quienes no se les cae de la boca el ya irrisorio término de represiones, a reconsiderar la cuestión, para ver qué es lo que está hoy, de verdad reprimido. Porque bien pudiera ser — añadía — que lo que ellos llaman liberación debiera denominarse con mayor propiedad represión de la represión. Bien mirado quizá resulte, en efecto, que (su) liberación sea igual a una represión al cuadrado.

Me temo, más aún, estoy seguro de que, bien mirado, esta es la verdad. Siendo el pudor algo innato en buena parte, consustancial a la naturaleza humana y presente — aunque con manifestaciones hasta cierto punto diversas — en los humanos de todo tiempo y lugar, no puede en modo alguno considerarse un mero fruto de condicionamientos sociales, ni puede pensarse que sería un triunfo eliminarlo, como tampoco lo sería eliminar las ganas de comer. Comer puede resultar a veces una tarea fatigosa, pero esto es claro síntoma de enfermedad. Cierto que el hombre es el único animal que puede decidir no comer. Pero esa decisión, llevada al extremo, causaría la muerte.

El hombre puede sentir deseos de tirarse por la ventana, pero reprimir ese deseo no es represión nociva sino libertad, señorío sobre las pasiones; y no reprimirlo, sería suicidio. Por razones semejantes, resulta un desatino llamar represión, en sentido negativo, al cumplimiento de las normas que dicta el pudor. La represión letal viene dada por esas campañas que lo ridiculizan, tratando de acomplejar así a quienes todavía creen en su dignidad de hombres o mujeres que están en posesión de un cuerpo personal creado al servicio de la persona entera.

UNA CUESTION DE CENTIMETROS

Suele decirse que un centímetro más o menos de tela es cosa de poca monta, que no afecta a la moralidad del atuendo. Esto es así hasta cierto punto. Un punto que quizá no haya sido esclarecido con demasiada fortuna, pero que puede precisarse bastante bien — cada uno, cada una, puede descubrirlo con suficiente exactitud — partiendo de ciertos principios fácilmente reconocibles, que voy a tratar de exponer.

Antes, sin embargo, tenemos que dar otro pequeño rodeo, volviendo al tema ya insinuado de las peculiarísimas características del cuerpo humano, que le alzan por encima de cualquier otro.

La vista es el sentido más próximo al entendimiento, el que más íntimamente se articula con éste y ambos convienen en un mismo afán de totalidad. Nos molesta entender y ver las cosas a medias. Basta conocer parte de alguna realidad, para desear conocer el todo y — a poco interés que la cosa ofrezca — procurarse los medios para lograrlo. Como el conocimiento del hombre comienza en los sentidos, cuando éstos conocen algo, el entendimiento, mediante la voluntad, los mueve a proseguir sus indagaciones, de acuerdo con sus apetencias.

Los sentidos, a su vez — en la medida en que la voluntad no se ha forjado como dueña y señora de sus actos –, arrastran a las demás facultades en la dirección de sus apetencias propias, de modo que muchas veces, el hambre se junta con las ganas de comer.

El hombre contempla una cara de la luna. Le parece interesante y se da cuenta que hay otra cara que permanece siempre oculta. Ya no puede evitar el afán de ver a esa desconocida. Y no para, hasta conseguirlo.

Pues bien, ver una parte de una unidad anatómica, si es bella, de hecho es una poderosa llamada a ver la unidad entera. Este fenómeno humano lógico y de experiencia, puede ilustrar la razón por la cual podemos decir sin temor a equivocarnos, que muchos bañadores al uso son provocativos y prostituyentes, porque no sólo dejan al descubierto unidades que no expresan nada, que no dicen otra cosa que placer sensual, sino que — y esto es lo peor — cubren sólo a medias esas unidades, invitando a ver más. El efecto es más nocivo que si se viera todo.

Y no es cosa de ponerse a explicar de nuevo por qué no se debe descubrir el todo, menos aún, cuando se supone que estamos hablando personas que gozan, al menos, de un mínimo de sensatez. El nudismo es, en mi opinión, más que otras cosas, un pecado de evidente mal gusto. Por eso quiero subrayar la malicia de los atuendos que son de hecho, preténdase o no, insinuantes. Conviene que lo sepan las jovencitas (así como sus señoras madres, que son las que suelen pagar los bañadores de las hijas).

De manera que llega un momento en que un centímetro, más o menos, sí cobra una importancia enorme, porque un centímetro menos, uno sólo, deja al descubierto una parte de la impersonal unidad anatómica, y el atuendo, entonces, pasa a ser ya insinuante, prostituyente. Por ese minúsculo centímetro se esfuma ya la personalidad, y ante la mirada del prójimo — el próximo, como es sabido –, el cuerpo pierde transparencia, se torna opaco y, fácilmente, llena todo el campo visual, perceptivo, convirtiéndose en mero y absorbente objeto. Con ello, pierde su originalidad personal y, por consiguiente, su dignidad.

Surge así aquella turbación de la que habla M. Occhiena, al tratar el tema del pudor, debida al repentino y consciente prevalecer de la animalidad sobre la personalidad, propia o ajena, causado por un estímulo objetivamente inoportuno; es un acto reflejo de la dignidad de la persona, que se siente amenazada por el despertar inoportuno y prepotente de impulsos psicofísicos particularmente fuertes, como son — y más que ningún otro — los de carácter sexual. De este sentimiento están exentos los niños pequeños, los pueblos más primitivos, los borrachos, los esquizofrénicos.

II Los deseos del espíritu

2541 La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Soberano Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducción desde lo que ya entonces, aparece como “bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría” (Gn 3,6).

2542 La Ley confiada a Israel nunca bastó para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la “concupiscencia” (cf Rm 7,7). La inadecuación entre el querer y el hacer (cf Rm 7,10) manifiesta el conflicto entre la “ley de Dios” que es la “ley de la razón” y otra ley que “me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,23).

2543 “Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen” (Rm 3,21-22). Por eso, los fieles de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gál 5,24); “son guiados por el Espíritu” (Rm 8,14) y siguen los deseos del Espíritu (cf Rm 8,27).