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Antonio Rico. Empresario.


“Navarro tenías que ser”, le decían sus amigos.
Antonio compendiaba en su figura los rasgos del alma navarra.


29 de noviembre de 1997

A las nueve de la mañana del 29 de noviembre de 1997, cuando se dirigía en coche por una carretera de Huesca en dirección al Pirineo, falleció a causa de un accidente fortuito –el automóvil chocó contra un pilón de riego- Antonio Rico Gambarte, un ingeniero navarro que dirigía una empresa de siderurgia en la ciudad española de Zaragoza. En ese accidente perdió la vida otro de los ocupantes del vehículo. Antonio tenía 73 años y antes de abandonar la Ciudad del Ebro había asistido a la “Misa de Infantes”, en la Basílica del Pilar.

Rico fue un ingeniero creativo, innovador y polifacético, que ejerció su profesión en aquellos años en los que España lograba salir, con grandes esfuerzos, del subdesarrollo económico y social, tras el desastre de la guerra civil.

Antonio “fue el primero que montó hornos eléctricos de mucha capacidad –recuerda un industrial, Sergio Piedrafita- tanto que eran de cien toneladas cada uno, y en aquel entonces -y estoy hablando de los años sesenta- fueron los primeros hornos grandes para laminación que se hicieron en España. Se montaron en España, se hicieron en España y los diseñó el propio Antonio”.

Navarro tenías que ser

Carmen Sús, enfermera, retrataba a su madre, María Gambarte, como “una gran señora cristiana que había sabido inculcar en sus hijos el amor a Dios y a los demás, el sentido del deber, la responsabilidad, el amor al trabajo, la bondad, la humildad, en fin, todas las virtudes que de alguna manera se reflejaban en su hijo Antonio”

Había heredado de su padre un espíritu “polivalente”, en palabras de su hermano Javier, con capacidad para acometer acciones en áreas muy diversas. Su padre había sido agricultor, siderúrgico y profesional del sector servicios. Había fundado junto con Tomás Echeverría una sociedad de laminación y hornos eléctricos. Le transmitió a su hijo Antonio su espíritu tenaz e impetuoso, con las características propias del carácter navarro. “Navarro tenías que ser”, le decía afectuosamente su amigo Miguel Ucelay, por su ánimo resuelto y decidido.

Su hermano Javier lo retrataba en el libro de recuerdos que recopiló su amigo José Miguel Sin y que se publicó tras su muerte bajo el título “Una vida al servicio de los demás” como un “siderúrgico nato”. Le recordaba como un cristiano cabal y un trabajador infatigable que exprimía el tiempo para “poder dedicarse más (¡más todavía!) a sus labores apostólicas” y sostenerlas económicamente.

El Presidente de la Federación de Empresarios del Metal de Zaragoza hizo un perfil de su personalidad entrelazando esta serie de calificativos: “Espiritual, pragmático, creador de riqueza, emprendedor nato, empresario, inversor, industrial, trabajador, duro, flexible, amigo, bueno, comprometido”.

Comprometido

Comprometido: no es un calificativo al azar en el caso de Antonio. Este ingeniero estaba hondamente comprometido, tanto humana como espiritualmente. En lo humano, comprometido con el servicio y el bienestar de sus conciudadanos; en lo espiritual, con el mensaje cristiano: había pedido la admisión como miembro numerario del Opus Dei en los primeros años de la posguerra española, el 15 de junio de 1944, cuando estudiaba en Madrid y vivía en la Residenciade Estudiantes de la calle Jenner, un empeño apostólico impulsado directamente por san Josemaría.

Su religiosidad era muy profunda y sencilla, como él mismo. Tenía una honda devoción a la Virgen del Pilar, como recuerda Luis Montuenga, que era presidente de una “Fundación para la Juventud” dedicada a conseguir becas de estudio para jóvenes de escasos recursos, con la que Antonio colaboraba.

“Brilló siempre por su gran señorío y humildad –subraya Montuenga-; siendo uno delos donantes más importantes al patrimonio de la Fundación nunca quiso destacarse: su opinión –a no ser que alguien explícitamente la solicitara- no se imponía”.

A lo largo de su vida se esforzó por vivir cristianamente en la profesión y en el lugar donde Dios le había puesto: como empresario de la siderúrgica familiar en Zaragoza.

Los testimonios tras su muerte fueron unánimes: había hecho en aquella ciudad, entre los trabajadores, los empresarios, los amigos, los conocidos, una gran siembra de santidad y de concordia. Muchos no dudaban en calificarle como un hombre santo.

“Fue externamente –escribe el catedrático Casas Torres-, cuando hacía falta, un hombre serio –y sin embargo siempre internamente alegre-, inteligentísimo, olvidado por completo de sí mismo, pronto a servir a todos, pendiente de todos y de todo, cordial, de gran corazón, muy sencillo en su trato y muy humilde –sin pretenderlo ni darse cuenta de que lo era-, que vivía con total naturalidad, con la ayuda de Dios, el no vine a ser servido sino a servir. Un hombre de empresa ejemplar”.

Durante una excursión

Una vida “sin grandes anécdotas”

En la existencia de este empresario no hay grandes anécdotas: discurrió de forma tan serena y sencilla como su carácter. Al acabar la carrera, en 1952, se trasladó a Zaragoza para dirigir la siderurgia familiar y allí residió hasta su muerte. Destacó –sin que él se propusiera “destacar”- por su admirable “unidad de vida”: sabía fundir sus afanes profesionales con la presencia de Dios y con un fuerte deseo de acercar a los demás al Señor. “Su vida la sentimos todos como una permanente oración”, escribió el catedrático Martínez Gil.

“Supo hacer compatible –señalaba otro catedrático, Ramón Llamas- ser un excelente profesional en su campo con dedicar mucho, muchísimo tiempo, a sacar adelante el Opus Dei en Zaragoza. Y todo ello con una singular sencillez, sin darle importancia, procurando pasar inadvertido, como si eso fuese lo más natural del mundo”.

Una existencia sencilla: un conjunto de días y días de trabajo intenso en la fábrica, de horas y horas de trabajo y oración. La oración era la fuente de su impulso evangelizador, siempre fiel al carisma de san Josemaría. Entre las enseñanzas de este santo, Llamas destaca una “que Antonio vivió especialmente bien: la de ser sembrador de paz y de alegría entre todos los que le rodeaban”.

Era un hombre alto, sencillo, parco en gestos, con un tono de voz muy bajo. Y del mismo modo, casi en voz baja, sin llamar la atención, se esforzó por vivir su vocación bautismal.

Aunque habría que matizar, quizá, esta expresión. Aunque este empresario no quisiese llamar la atención, lo hizo, a pesar suya. A muchos de los que le conocieron –y así lo manifestaron algunos, tras su muerte, en los medios de comunicación- les llamó poderosamente la atención su espíritu de oración y penitencia, su afán apostólico y su gran amor a la pobreza cristiana, que se traducía en la sobriedad personal que marcó su estilo de vida. Sentenciaba un antiguo presidente de la Diputación General de Aragón: “era ejemplarmente austero”.

“Jamás vi un signo de lujo o de ostentación –escribía Chavarría en este mismo sentido- y en estos tiempos en los que nos creamos necesidades superfluas, pienso que él prescindía incluso de parte de lo poco que necesitaba”.

Su sobriedad era patente: en su forma de vestir, en sus gastos, en el vehículo que utilizaba. Esa sobriedad le acompañó hasta el último momento: aunque era un gran empresario que había dado trabajo y bienestar a muchos cientos de trabajadores de su ciudad, el automóvil en el que murió era un vehículo en buen uso, pero llamativamente modesto.

Años atrás, cuando ese tipo de coche se había convertido casi en un objeto de museo, Antonio seguía usando un Seat 600, alegando que consumía poco y era fácil de aparcar. Era patente sin embargo que, entre otras razones, aquel coche debía resultar incómodo para una persona de su estatura. Al fin, lo cambió, a requerimientos de los demás, que le hicieron ver, entre otros argumentos, que ninguno de los trabajadores de su fábrica usaba un vehículo de ese tipo.

El señor que limpiaba los ceniceros

Antonio colaboró activamente con un empeño apostólico del Opus Dei: el Colegio Mayor Miraflores del Zaragoza, y acudía gustoso, siempre que le invitaban, a los coloquios con los universitarios en la sala estar de aquel centro universitario. Los estudiantes veían en él a uno de los grandes empresarios de la ciudad, al hombre que estaba dando trabajo a tantas familias. Era, sin duda, uno de los motores de prosperidad de la zona. Eso explica la sorpresa de uno de los asisentes. Al acabar uno de esos coloquios, comentó: “¡pero si es el mismo señor al que vi limpiando la semana pasada los ceniceros de la sala de estar!”.

“Siempre me impresionó tu porte y tu inteligencia –le decía Luís Fernández, en un artículo publicado en el Periódico de Aragón, escrito con estilo de carta abierta-: alto, enjuto, de mirada profunda y limpia; tu serenidad, tu discreción, tu comedimiento y modestia: cuando eras –eres- una de las personas más brillantes que he conocido”.

“Destacaban en Antonio sus desvelos por los jóvenes y las familias necesitadas” afirma Calvete. “Jamás se limitó al papel de “gran jefe” rodeado de papeles y recluido en su despacho –añade el historiador Orlandis, que le trató con asiduidad-. La tentación permanente, que nunca rechazó, era bajar a la gran nave de máquinas y allí se sentía a sus anchas entre hornos eléctricos y trenes de laminación, conviviendo con los trabajadores, formándoles en su oficio y enseñándoles a ser buenos profesionales. Esa determinación tan propia de afrontar personalmente las emergencias más comprometidas estuvo a punto de costarle la vida cuando una descarga eléctrica de treinta mil voltios le entró por la mano derecha y recorrió el brazo causándole lesiones muy graves”.

A consecuencia de esa descarga, acaecida el 26 de abril de 1956 –descarga que recibió porque quiso correr el riesgo personalmente de encontrar una avería de la alimentación eléctrica (riesgo que podía haber delegado en un trabajador)- Antonio estuvo un mes, como recuerda Casas Torres “en cama –sin una queja- en una clínica, sin otro tratamiento más que frecuentes lavados con aceite de olivaen toda la parte de su cuerpo afectada por las quemaduras. La cadena metálica de su reloj de pulsera se fundió por completo y le dejó una cicatriz indeleble. En la cabecera de su cama, durante los treinta días de hospitalización, encontrábamos cada mañana a una persona venerable y serena, don Antonio, su padre, ciego desde hacía varios años, y a una señora activa y resuelta, toda corazón y energía, doña María Gambarte, su madre”.

Horas difíciles

En 1965, tras el fallecimiento de su padre, asumió la presidencia de su empresa, en la que renovó el equipo, logrando unos perfiles de alta calidad y abriéndose al mercado exterior con sus exportaciones. Formó parte, además, de los consejos de administración de numerosas empresas, como el Banco de Aragón, Giesa, TAIM, Siderúrgicos Agrupados, Talleres Iserna Benavente, Cecofrisa, Rechasa, Abaco, Inmobiliaria Echevarría, Ryevasa, etcétera.

Como tantos empresarios, conoció horas difíciles en su fábrica. Tuvo que luchar denodadamente durante largo tiempo –arrastrando una salud frágil- para hacer viables algunas de las empresas que dirigía, especialmente en los años de reconversión industrial.

En esa época se cerraron muchas empresas. “Cerrar hubiera sido lo más cómodo para él –escribe Javier Arnal- y hasta podía justificarlo cualquiera, teniendo en cuenta su edad, su quebrantada salud y un largo etcétera. Sin embargo, un día me comentó que iba a intentar sacarla adelante [lo que consiguió] porque le pesaban los cientos de empleados y familias que se verían abocados al paro: lo había meditado profundamente. Pienso que probablemente 1983 fue el año más duro, en el terreno profesional, para Antonio. Le vi sufrir mucho, con frecuentes viajes, reuniones, noches en vela, consultas, estudios… pero con la firme determinación de poner todos los medios humanos y sobrenaturales para sacar adelante la empresa por el bien de tantas personas”.

¿Acaso vas a tener un cliente más importante?

“Atendía por igual y con el mismo interés –afirma Orlandis- a grandes empresarios que solicitaban de él orientación o consejo, y a personas de humilde condición social que le exponían sus carencias más apremiantes. ¡Cuántas horas de su vida gastó Antonio en resolver problemas ajenos, tanto personales como familiares y profesionales!”

“Pienso –escribía en el Heraldo de Aragón Miguel Ángel López-Madrazo, un empresario amigo suyo- que hasta los que le tratamos, hasta muchas de las personas y obreros que trabajaron con él, nunca abarcaron los verdaderos límites de su entrega; los más próximos quizá lo sospechen, pero ciertamente sólo él y Dios eran los verdaderos conocedores de esa relación amorosa que mantuvo con el Señor y practicó con sus hermanos hasta su muerte”.

Un alto ejecutivo le comentaba su dificultad para hacer oración entre el ajetreo del trabajo profesional: “”Mira, me respondió, ¿no tienes una secretaria particular?” “Sí…” le dije. “Pues cuando te veas agobiado por visitas o llamadas le dices: en media hora no estoy para nadie, que no me pasen llamadas, y te quedas solo con tu Dios. ¿Acaso vas a tener un cliente más importante? ¿Acaso podrás reunirte con un amigo mejor y más fiel?”

“Me insistía –recuerda Ruberte, un industrial, amigo suyo- en que la familia es lo más grande: atenderles en todo, dejar el trabajo, otros compromisos, estar con ellos; aunque yo le decía que me sentía incapaz en plena actividad de llegar a todo. Me dio muchos consejos: tener alegría; solucionar los temas (nunca considerarlos problemas); querer mucho a todo el mundo sea cual sea su ideal; cuidar el personal de la fábrica, los compañeros, los amigos, querer y querer a todos y ayudarles en todo lo posible; cuidado y cuidado en las comidas (mi trabajo me obliga a comer mucho fuera de casa). La velocidad en las carreteras, conducir siempre durante el día, nunca de noche. Hacía todas sus advertencias con un gran amor, con un espíritu altísimo, una bondad enorme, a tal punto que llegó a mentalizarme de que en todas mis actuaciones estuviera siempre el amor a Jesucristo”.

“Te conocí poco –puso por escrito el catedrático de Hidrología Francisco Javier Gil en su libro-homenaje que se publicó tras su muerte-, recordando cuando se conocieron en al Colegio Mayor Miraflores- pero te sentí profundamente. Para mí, como para tantos otros que tuvieron la suerte de compartir algo contigo, fuiste un regalo de la vida. Sin tú saberlo, has sido y sigues siendo una referencia en mi vida, una luminaria, un faro, en los momentos de desorientación”.

“¡Cuántas conversaciones íntimas! –puso por escrito en el libro de recuerdos sobre su vida un amigo suyo, académico- ¡Cuantas correcciones amables, exactas! Me enseñaste lo que era la maledicencia y cómo había que reparar, Me enseñaste unas veces con dureza, otras con cariño, a practicar la humildad, virtud ésta bastante desconocida para mí. Eran muchas las veces que, con un infinito cariño, reprendías al amigo y me decías: “…esas brusquedades, esas brusquedades”.

Continúa este amigo: “sabes que nunca he sido de la Obra, pero que siempre ha habido gentes de la Obra en la proximidad de mi vida, unas veces por razones laborales y otras sencillamente por un afecto incombustible nacido hacia ellas en mi etapa de Miraflores”.

“Todos te sentimos como un santo, como alguien que entendió con claridad meridiana el proyecto divino que había en él. Te sometiste a ese proyecto hasta convertirlo en la esencia de tu vida. Había en ti los talentos de la santidad y los pusiste a trabajar.

Elegiste el camino del amor. Un amor que practicaste con una humildad que nos desarmaba. Viéndote parecía incluso que eso de ser santo era cosa fácil. Sin palabras nos animabas a serlo.”.

“Confieso –concluía Casas Torres en su testimonio de amistad- que tengo una envidia muy grande de su vida y de su muerte”.

José Miguel Cejas


Antonio Rico. Empresario.

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29 de noviembre de 1997

A las nueve de la mañana del 29 de noviembre de 1997, cuando se dirigía en coche por una carretera de Huesca en dirección al Pirineo, falleció a causa de un accidente fortuito –el automóvil chocó contra un pilón de riego- Antonio Rico Gambarte, un ingeniero navarro que dirigía una empresa de siderurgia en la ciudad española de Zaragoza. En ese accidente perdió la vida otro de los ocupantes del vehículo. Antonio tenía 73 años y antes de abandonar la Ciudad del Ebro había asistido a la “Misa de Infantes”, en la Basílica del Pilar.

Rico fue un ingeniero creativo, innovador y polifacético, que ejerció su profesión en aquellos años en los que España lograba salir, con grandes esfuerzos, del subdesarrollo económico y social, tras el desastre de la guerra civil.

Antonio “fue el primero que montó hornos eléctricos de mucha capacidad –recuerda un industrial, Sergio Piedrafita- tanto que eran de cien toneladas cada uno, y en aquel entonces -y estoy hablando de los años sesenta- fueron los primeros hornos grandes para laminación que se hicieron en España. Se montaron en España, se hicieron en España y los diseñó el propio Antonio”.

Navarro tenías que ser

Carmen Sús, enfermera, retrataba a su madre, María Gambarte, como “una gran señora cristiana que había sabido inculcar en sus hijos el amor a Dios y a los demás, el sentido del deber, la responsabilidad, el amor al trabajo, la bondad, la humildad, en fin, todas las virtudes que de alguna manera se reflejaban en su hijo Antonio”

Había heredado de su padre un espíritu “polivalente”, en palabras de su hermano Javier, con capacidad para acometer acciones en áreas muy diversas. Su padre había sido agricultor, siderúrgico y profesional del sector servicios. Había fundado junto con Tomás Echeverría una sociedad de laminación y hornos eléctricos. Le transmitió a su hijo Antonio su espíritu tenaz e impetuoso, con las características propias del carácter navarro. “Navarro tenías que ser”, le decía afectuosamente su amigo Miguel Ucelay, por su ánimo resuelto y decidido.

Su hermano Javier lo retrataba en el libro de recuerdos que recopiló su amigo José Miguel Sin y que se publicó tras su muerte bajo el título “Una vida al servicio de los demás” como un “siderúrgico nato”. Le recordaba como un cristiano cabal y un trabajador infatigable que exprimía el tiempo para “poder dedicarse más (¡más todavía!) a sus labores apostólicas” y sostenerlas económicamente.

El Presidente de la Federación de Empresarios del Metal de Zaragoza hizo un perfil de su personalidad entrelazando esta serie de calificativos: “Espiritual, pragmático, creador de riqueza, emprendedor nato, empresario, inversor, industrial, trabajador, duro, flexible, amigo, bueno, comprometido”.

Comprometido

Comprometido: no es un calificativo al azar en el caso de Antonio. Este ingeniero estaba hondamente comprometido, tanto humana como espiritualmente. En lo humano, comprometido con el servicio y el bienestar de sus conciudadanos; en lo espiritual, con el mensaje cristiano: había pedido la admisión como miembro numerario del Opus Dei en los primeros años de la posguerra española, el 15 de junio de 1944, cuando estudiaba en Madrid y vivía en la Residenciade Estudiantes de la calle Jenner, un empeño apostólico impulsado directamente por san Josemaría.

Su religiosidad era muy profunda y sencilla, como él mismo. Tenía una honda devoción a la Virgen del Pilar, como recuerda Luis Montuenga, que era presidente de una “Fundación para la Juventud” dedicada a conseguir becas de estudio para jóvenes de escasos recursos, con la que Antonio colaboraba.

“Brilló siempre por su gran señorío y humildad –subraya Montuenga-; siendo uno delos donantes más importantes al patrimonio de la Fundación nunca quiso destacarse: su opinión –a no ser que alguien explícitamente la solicitara- no se imponía”.

A lo largo de su vida se esforzó por vivir cristianamente en la profesión y en el lugar donde Dios le había puesto: como empresario de la siderúrgica familiar en Zaragoza.

Los testimonios tras su muerte fueron unánimes: había hecho en aquella ciudad, entre los trabajadores, los empresarios, los amigos, los conocidos, una gran siembra de santidad y de concordia. Muchos no dudaban en calificarle como un hombre santo.

“Fue externamente –escribe el catedrático Casas Torres-, cuando hacía falta, un hombre serio –y sin embargo siempre internamente alegre-, inteligentísimo, olvidado por completo de sí mismo, pronto a servir a todos, pendiente de todos y de todo, cordial, de gran corazón, muy sencillo en su trato y muy humilde –sin pretenderlo ni darse cuenta de que lo era-, que vivía con total naturalidad, con la ayuda de Dios, el no vine a ser servido sino a servir. Un hombre de empresa ejemplar”.

Una vida “sin grandes anécdotas”

En la existencia de este empresario no hay grandes anécdotas: discurrió de forma tan serena y sencilla como su carácter. Al acabar la carrera, en 1952, se trasladó a Zaragoza para dirigir la siderurgia familiar y allí residió hasta su muerte. Destacó –sin que él se propusiera “destacar”- por su admirable “unidad de vida”: sabía fundir sus afanes profesionales con la presencia de Dios y con un fuerte deseo de acercar a los demás al Señor. “Su vida la sentimos todos como una permanente oración”, escribió el catedrático Martínez Gil.

“Supo hacer compatible –señalaba otro catedrático, Ramón Llamas- ser un excelente profesional en su campo con dedicar mucho, muchísimo tiempo, a sacar adelante el Opus Dei en Zaragoza. Y todo ello con una singular sencillez, sin darle importancia, procurando pasar inadvertido, como si eso fuese lo más natural del mundo”.

Una existencia sencilla: un conjunto de días y días de trabajo intenso en la fábrica, de horas y horas de trabajo y oración. La oración era la fuente de su impulso evangelizador, siempre fiel al carisma de san Josemaría. Entre las enseñanzas de este santo, Llamas destaca una “que Antonio vivió especialmente bien: la de ser sembrador de paz y de alegría entre todos los que le rodeaban”.

Era un hombre alto, sencillo, parco en gestos, con un tono de voz muy bajo. Y del mismo modo, casi en voz baja, sin llamar la atención, se esforzó por vivir su vocación bautismal.

Aunque habría que matizar, quizá, esta expresión. Aunque este empresario no quisiese llamar la atención, lo hizo, a pesar suya. A muchos de los que le conocieron –y así lo manifestaron algunos, tras su muerte, en los medios de comunicación- les llamó poderosamente la atención su espíritu de oración y penitencia, su afán apostólico y su gran amor a la pobreza cristiana, que se traducía en la sobriedad personal que marcó su estilo de vida. Sentenciaba un antiguo presidente de la Diputación General de Aragón: “era ejemplarmente austero”.

“Jamás vi un signo de lujo o de ostentación –escribía Chavarría en este mismo sentido- y en estos tiempos en los que nos creamos necesidades superfluas, pienso que él prescindía incluso de parte de lo poco que necesitaba”.

Su sobriedad era patente: en su forma de vestir, en sus gastos, en el vehículo que utilizaba. Esa sobriedad le acompañó hasta el último momento: aunque era un gran empresario que había dado trabajo y bienestar a muchos cientos de trabajadores de su ciudad, el automóvil en el que murió era un vehículo en buen uso, pero llamativamente modesto.

Años atrás, cuando ese tipo de coche se había convertido casi en un objeto de museo, Antonio seguía usando un Seat 600, alegando que consumía poco y era fácil de aparcar. Era patente sin embargo que, entre otras razones, aquel coche debía resultar incómodo para una persona de su estatura. Al fin, lo cambió, a requerimientos de los demás, que le hicieron ver, entre otros argumentos, que ninguno de los trabajadores de su fábrica usaba un vehículo de ese tipo.

El señor que limpiaba los ceniceros

Antonio colaboró activamente con un empeño apostólico del Opus Dei: el Colegio Mayor Miraflores del Zaragoza, y acudía gustoso, siempre que le invitaban, a los coloquios con los universitarios en la sala estar de aquel centro universitario. Los estudiantes veían en él a uno de los grandes empresarios de la ciudad, al hombre que estaba dando trabajo a tantas familias. Era, sin duda, uno de los motores de prosperidad de la zona. Eso explica la sorpresa de uno de los asisentes. Al acabar uno de esos coloquios, comentó: “¡pero si es el mismo señor al que vi limpiando la semana pasada los ceniceros de la sala de estar!”.

“Siempre me impresionó tu porte y tu inteligencia –le decía Luís Fernández, en un artículo publicado en el Periódico de Aragón, escrito con estilo de carta abierta-: alto, enjuto, de mirada profunda y limpia; tu serenidad, tu discreción, tu comedimiento y modestia: cuando eras –eres- una de las personas más brillantes que he conocido”.

“Destacaban en Antonio sus desvelos por los jóvenes y las familias necesitadas” afirma Calvete. “Jamás se limitó al papel de “gran jefe” rodeado de papeles y recluido en su despacho –añade el historiador Orlandis, que le trató con asiduidad-. La tentación permanente, que nunca rechazó, era bajar a la gran nave de máquinas y allí se sentía a sus anchas entre hornos eléctricos y trenes de laminación, conviviendo con los trabajadores, formándoles en su oficio y enseñándoles a ser buenos profesionales. Esa determinación tan propia de afrontar personalmente las emergencias más comprometidas estuvo a punto de costarle la vida cuando una descarga eléctrica de treinta mil voltios le entró por la mano derecha y recorrió el brazo causándole lesiones muy graves”.

A consecuencia de esa descarga, acaecida el 26 de abril de 1956 –descarga que recibió porque quiso correr el riesgo personalmente de encontrar una avería de la alimentación eléctrica (riesgo que podía haber delegado en un trabajador)- Antonio estuvo un mes, como recuerda Casas Torres “en cama –sin una queja- en una clínica, sin otro tratamiento más que frecuentes lavados con aceite de olivaen toda la parte de su cuerpo afectada por las quemaduras. La cadena metálica de su reloj de pulsera se fundió por completo y le dejó una cicatriz indeleble. En la cabecera de su cama, durante los treinta días de hospitalización, encontrábamos cada mañana a una persona venerable y serena, don Antonio, su padre, ciego desde hacía varios años, y a una señora activa y resuelta, toda corazón y energía, doña María Gambarte, su madre”.

Horas difíciles

En 1965, tras el fallecimiento de su padre, asumió la presidencia de su empresa, en la que renovó el equipo, logrando unos perfiles de alta calidad y abriéndose al mercado exterior con sus exportaciones. Formó parte, además, de los consejos de administración de numerosas empresas, como el Banco de Aragón, Giesa, TAIM, Siderúrgicos Agrupados, Talleres Iserna Benavente, Cecofrisa, Rechasa, Abaco, Inmobiliaria Echevarría, Ryevasa, etcétera.

Como tantos empresarios, conoció horas difíciles en su fábrica. Tuvo que luchar denodadamente durante largo tiempo –arrastrando una salud frágil- para hacer viables algunas de las empresas que dirigía, especialmente en los años de reconversión industrial.

En esa época se cerraron muchas empresas. “Cerrar hubiera sido lo más cómodo para él –escribe Javier Arnal- y hasta podía justificarlo cualquiera, teniendo en cuenta su edad, su quebrantada salud y un largo etcétera. Sin embargo, un día me comentó que iba a intentar sacarla adelante [lo que consiguió] porque le pesaban los cientos de empleados y familias que se verían abocados al paro: lo había meditado profundamente. Pienso que probablemente 1983 fue el año más duro, en el terreno profesional, para Antonio. Le vi sufrir mucho, con frecuentes viajes, reuniones, noches en vela, consultas, estudios… pero con la firme determinación de poner todos los medios humanos y sobrenaturales para sacar adelante la empresa por el bien de tantas personas”.

¿Acaso vas a tener un cliente más importante?

“Atendía por igual y con el mismo interés –afirma Orlandis- a grandes empresarios que solicitaban de él orientación o consejo, y a personas de humilde condición social que le exponían sus carencias más apremiantes. ¡Cuántas horas de su vida gastó Antonio en resolver problemas ajenos, tanto personales como familiares y profesionales!”

“Pienso –escribía en el Heraldo de Aragón Miguel Ángel López-Madrazo, un empresario amigo suyo- que hasta los que le tratamos, hasta muchas de las personas y obreros que trabajaron con él, nunca abarcaron los verdaderos límites de su entrega; los más próximos quizá lo sospechen, pero ciertamente sólo él y Dios eran los verdaderos conocedores de esa relación amorosa que mantuvo con el Señor y practicó con sus hermanos hasta su muerte”.

Un alto ejecutivo le comentaba su dificultad para hacer oración entre el ajetreo del trabajo profesional: “”Mira, me respondió, ¿no tienes una secretaria particular?” “Sí…” le dije. “Pues cuando te veas agobiado por visitas o llamadas le dices: en media hora no estoy para nadie, que no me pasen llamadas, y te quedas solo con tu Dios. ¿Acaso vas a tener un cliente más importante? ¿Acaso podrás reunirte con un amigo mejor y más fiel?”

“Me insistía –recuerda Ruberte, un industrial, amigo suyo- en que la familia es lo más grande: atenderles en todo, dejar el trabajo, otros compromisos, estar con ellos; aunque yo le decía que me sentía incapaz en plena actividad de llegar a todo. Me dio muchos consejos: tener alegría; solucionar los temas (nunca considerarlos problemas); querer mucho a todo el mundo sea cual sea su ideal; cuidar el personal de la fábrica, los compañeros, los amigos, querer y querer a todos y ayudarles en todo lo posible; cuidado y cuidado en las comidas (mi trabajo me obliga a comer mucho fuera de casa). La velocidad en las carreteras, conducir siempre durante el día, nunca de noche. Hacía todas sus advertencias con un gran amor, con un espíritu altísimo, una bondad enorme, a tal punto que llegó a mentalizarme de que en todas mis actuaciones estuviera siempre el amor a Jesucristo”.

“Te conocí poco –puso por escrito el catedrático de Hidrología Francisco Javier Gil en su libro-homenaje que se publicó tras su muerte-, recordando cuando se conocieron en al Colegio Mayor Miraflores- pero te sentí profundamente. Para mí, como para tantos otros que tuvieron la suerte de compartir algo contigo, fuiste un regalo de la vida. Sin tú saberlo, has sido y sigues siendo una referencia en mi vida, una luminaria, un faro, en los momentos de desorientación”.

“¡Cuántas conversaciones íntimas! –puso por escrito en el libro de recuerdos sobre su vida un amigo suyo, académico- ¡Cuantas correcciones amables, exactas! Me enseñaste lo que era la maledicencia y cómo había que reparar, Me enseñaste unas veces con dureza, otras con cariño, a practicar la humildad, virtud ésta bastante desconocida para mí. Eran muchas las veces que, con un infinito cariño, reprendías al amigo y me decías: “…esas brusquedades, esas brusquedades”.

Continúa este amigo: “sabes que nunca he sido de la Obra, pero que siempre ha habido gentes de la Obra en la proximidad de mi vida, unas veces por razones laborales y otras sencillamente por un afecto incombustible nacido hacia ellas en mi etapa de Miraflores”.

“Todos te sentimos como un santo, como alguien que entendió con claridad meridiana el proyecto divino que había en él. Te sometiste a ese proyecto hasta convertirlo en la esencia de tu vida. Había en ti los talentos de la santidad y los pusiste a trabajar.

Elegiste el camino del amor. Un amor que practicaste con una humildad que nos desarmaba. Viéndote parecía incluso que eso de ser santo era cosa fácil. Sin palabras nos animabas a serlo.”.

“Confieso –concluía Casas Torres en su testimonio de amistad- que tengo una envidia muy grande de su vida y de su muerte”.