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Homilía de S.S. Juan Pablo II durante la Misa de la beatificación de Edith Stein

educar2“Bienaventurados los que vienen de la gran tribulación y lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero” (Ap 7,14).

1. Entre estos hombres y mujeres bienaventurados, saludamos hoy con gran veneración profunda y santa alegría a una hija del pueblo de Israel, rica en sabiduría y arrojo. Formada en la rígida escuela de la tradición de Israel y caracterizada por una vida de virtud y renuncia en la vida religiosa, demostró un ánimo heroico en el camino hacia el campo de exterminio. Unida al Señor resucitado, entregó su vida “por la paz verdadera” y “por el pueblo”: Edith Stein, judía, filósofa, religiosa, mártir.

Muy venerado señor cardenal, queridos hermanos y hermanas:

Con la beatificación de hoy se realiza un deseo acariciado durante mucho tiempo, no sólo por la archidiócesis de Colonia, sino también por muchos cristianos y comunidades en la Iglesia. Hace siete años, la Conferencia Episcopal Alemana unánimemente presentó esta petición a la Santa Sede; a la petición se unieron numerosos obispos simpatizantes de otros países. Por ello es grande la alegría que todos sentimos, pues al fin puedo proponer hoy en nombre de la Iglesia y ante los fieles a la hermana Teresa Benedicta de la Cruz como Beata en la gloria de Dios. A partir de ahora podemos venerarla como mártir y solicitar su intercesión ante el trono del Señor. Todos podemos, pues, felicitarnos por ello: pero especialmente sus hermanas del Carmelo de Colonia y de Echt, así como toda la Orden. El hecho de que en esta celebración litúrgica se hallen también presentes hermanos y hermanas judíos, sobre todo familiares de Edith Stein, nos llena de sentimientos de alegría y gratitud.

2. “Señor, date a conocer en el día de nuestra tribulación y fortaléceme” (Est 4,17r).

Las palabras de esta súplica, que hemos escuchado en la primera lectura de la liturgia de hoy, las pronuncia Ester, una hija de Israel, en tiempos del exilio en Babilonia. Su oración, dirigida a Dios, el Señor, en un momento de peligro mortal para todo su pueblo, nos conmueve profundamente: “Señor mío, tú que eres nuestro único rey, socórreme a mí, desolada, que no tengo ayuda sino en ti; porque se acerca el peligro… Tú, Señor, escogiste a Israel entre todas las naciones, y a nuestros padres entre todos sus progenitores, por heredad perpetua… Acuérdate de nosotros, Señor… y sálvanos con tu poder” (Est 4,17 l-t).

El miedo mortal ante el que tiembla Ester, se provocó cuando, por influencia de Amán, un enemigo mortal de los judíos, se dio la orden de exterminar a este pueblo en todo el imperio persa. Con la ayuda de Dios y la entrega de su propia vida, Ester contribuyó entonces de manera decisiva a la salvación de su pueblo.

3. Esta oración suplicante, que tiene ya más de dos mil años, la pone la liturgia festiva de este día en labios de la Sierva de Dios Edith Stein, una hija de Israel de nuestro siglo. La oración cobró actualidad cuando aquí, en el corazón de Europa, se volvió a concebir el plan de exterminar a los judíos. Lo concibió una ideología demencial en nombre de un racismo siniestro, poniéndolo en práctica con una congruencia inmisericorde.

Mientras se desarrollaban los dramáticos acontecimientos de la segunda guerra mundial, se construyeron rápidamente los campos de exterminio y se levantaron los hornos crematorios. En esos lugares terribles encontraron la muerte varios millones de hijos e hijas de Israel de todas las edades: desde los niños hasta los ancianos cargados de años. El tremendo aparato de poder del Estado totalitario no perdonó a nadie, adoptando las medidas más crueles contra cualquiera que tuviera el coraje de defender a los judíos.

4. Edith Stein fue ajusticiada en el campo de exterminio de Auschwitz como hija de su martirizado pueblo. Su traslado desde Colonia al Carmelo holandés de Echt supuso para ella sólo una protección pasajera ante la creciente persecución contra los judíos. Tras la ocupación de Holanda, los nacional-socialistas comenzaron inmediatamente allí el exterminio de los judíos, exceptuando en un primer momento a los judíos bautizados. Pero cuando los obispos católicos de los Países Bajos protestaron duramente en una Carta pastoral contra la deportación de los judíos, los detentores del poder se vengaron disponiendo también el extermino de los judíos de fe católica. Así comenzó el camino hacia el martirio de la hermana Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana de sangre Rosa, que también se había refugiado en el Carmelo de Echt.

Cuando llegó la hora de abandonar el Carmelo, Edith se limitó a tomar a su hermana de la mano, diciéndole: “Ven, vamos a ofrecernos por nuestro pueblo”. En virtud de su seguimiento de Cristo, y dispuesta por ello al sacrificio, vio incluso en su aparente impotencia un modo de prestar un último servicio a su pueblo. Ya algunos años antes se había comparado a sí misma con la reina Ester en el palacio persa durante el exilio. En una de sus cartas leemos lo siguiente: “Confío en que el Señor haya aceptado mi vida por todos (los judíos). Pienso continuamente en la reina Ester, que fue tomada de su pueblo precisamente para presentarse ante el rey por el pueblo. Yo soy una pobre y pequeña Ester impotente, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso”.

5. Queridos hermanos y hermanas: Junto a la oración de Ester, en la segunda lectura se lee un pasaje de la Carta a los Gálatas. El Apóstol Pablo escribe en ella. “Cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14).

En su vida, Edith Stein se encontró también con este misterio de la cruz que San Pablo anuncia a los cristianos en la citada Carta. Edith Stein se encontró con Cristo; y este encuentro la llevó paso a paso a la clausura del Carmelo. En el campo de exterminio murió como hija de Israel “para gloria del Nombre Santísimo (de Dios)” y, al mismo tiempo, como hermana Teresa de la Cruz, es decir, bendecida por la cruz.

Toda la vida de Edith Stein se caracteriza por una búsqueda incansable de la verdad y está iluminada con la bendición de la cruz de Cristo. Encontró la cruz por la primera vez en la viuda de un compañero de estudios, mujer fuerte en la fe, para quien la trágica muerte de su marido no fue ocasión de duda, sino que, en esa circunstancia, sacó fuerza y consuelo de la cruz de Cristo. Edith Stein escribirá más tarde sobre este hecho: “Fue mi primer encuentro con la cruz y la fuerza que Dios da a quienes la llevan… En ese momento, mi incredulidad cayó por tierra… y resplandeció Cristo: Cristo en el misterio de la cruz”. Su propia vida y su cruz están íntimamente unidas al destino del pueblo judío. En una oración, confiesa al Señor que ella sabe “que es su cruz (la cruz de Jesús) la que ha sido cargada ahora sobre los hombros del pueblo judío”; todos los que comprendieran esto “tendrían que tomarla voluntariamente sobre sus propios hombros. Yo querría hacerlo, si Él me mostrara cómo”. Al mismo tiempo recibe la certeza interior de que Dios ha escuchado su oración. Cuantas más cruces gamadas se veían por la calle, más alta se elevaba la cruz de Cristo en su propia vida. Cuando entró en el Carmelo de Colonia como hermana Teresa Benedicta de la Cruz, para participar aún más profundamente en la cruz de Cristo, sabía que había sido “desposada con el Señor en el signo de la cruz”. El día de su primera profesión se encontraba, según sus propias palabras, “como la esposa del Cordero”. Estaba convencida de que su Esposo celestial quería introducirla profundamente en el misterio de la cruz.

6. Teresa, la bendecida por la cruz: éste es el nombre en religión de aquella mujer, que había comenzado su camino espiritual convencida de que no había Dios. En aquella época, en sus años jóvenes de estudiante, el tiempo no había sido marcado aún para ella por la cruz de Cristo; pero ésta constituía ya el objeto de una continua búsqueda y tarea de investigación para su fino entendimiento. Como Edith misma confiesa, cuando tenía quince años e iba aún a la escuela en su ciudad natal, Breslau, aquella muchacha, nacida en una familia judía, decidió “dejar de rezar”. A pesar de que siempre la había impresionado profundamente la fe fuerte de su madre, durante sus años juveniles y de estudios, cae en el mundo espiritual del ateísmo. Consideraba inadmisible la existencia de un Dios personal.

En los años de sus estudios de sicología y filosofía, historia y filología germánica en Breslau, Gottinga y Friburgo, Dios no ocupaba ningún lugar en su vida. Con todo, profesaba entonces un “idealismo ético muy tenso”. De acuerdo con su alta capacidad intelectual, no quería aceptar nada, ni siquiera la fe de sus padres, sin antes analizarlo. Desea ir al fundamento de las cosas por sí misma. Por ello busca incansablemente la verdad. Más tarde, mirando retrospectivamente esa época de inquietud espiritual reconoce, con todo, en ella un peldaño importante en su proceso de maduración interior, y afirma: “Mi búsqueda de la verdad era una oración”; una hermosa frase de consuelo para todos aquellos a quienes les resulta difícil creer en Dios. La búsqueda de la verdad es ya en lo más profundo una búsqueda de Dios.

Bajo la fuerte influencia de su maestro Husserl y de su escuela fenomenológica, esta estudiante inquieta se dedica cada vez más decididamente a la filosofía. Aprendió paulatinamente “a enfrentarse con todas las cosas sin ningún tipo de prejuicios y a rechazar las ‘anteojeras'”. El encuentro con Max Scheler en Gottinga supuso al fin para Edith Stein el primer contacto con las ideas católicas. Ella misma escribe sobre ello: “Las barreras de los prejuicios racionalistas, en que había crecido sin saberlo, cayeron, y el mundo de la fe apareció de repente ante mí. Personas con las que me relacionaba diariamente y a las que miraba con admiración, vivían en él”.

El largo forcejeo con su decisión personal por la fe en Jesucristo terminó sólo en 1921, cuando comenzó a leer en casa de una amiga la “Vida de Santa Teresa de Ávila”, escrita por la misma Santa. Quedó prendada inmediatamente por la lectura y no la dejó hasta que la hubo terminado: “Cuando concluí el libro, me dije: Esta es la verdad“. Había estado leyendo durante toda la noche hasta la salida del sol. Aquella noche encontró la verdad; no la verdad de la filosofía, sino la Verdad en Persona, el Tú amoroso de Dios. Edith Stein había buscado la verdad y encontró a Dios. Sin dilación, pidió ser bautizada y recibida en la Iglesia católica.

7. La recepción del bautismo no significó para Edith Stein de ningún modo el rompimiento con su pueblo judío. Todo lo contrario; ella misma afirma: “Yo había dejado de practicar mi religión judía cuando era una jovencita de 14 años y sólo después de mi vuelta a Dios volví a sentirme judía”. Siempre tuvo conciencia de que “pertenecía a Cristo no sólo espiritualmente, sino incluso por vínculos de sangre”. Sufrió enormemente por el dolor que su conversión causó a su querida madre. Pero sigue acompañándola a la liturgia de la sinagoga y reza con ella los Salmos. A la afirmación de su madre de que también se podía ser piadosa siendo judía, respondió ella: “Cierto; pero cuando no se ha conocido otra cosa”.

Aunque desde el encuentro con los escritos de Santa Teresa de Ávila el Carmelo había sido la meta de Edith Stein, tuvo que esperar más de diez años, hasta que Cristo le mostró en la oración el camino de la entrada en el convento. En su actividad como maestra y profesora contratada para el trabajo escolar en tareas de formación, que desempeñó la mayor parte del tiempo en Espira y en la última época también en Münster, siguió trabajando por unir y conciliar ciencia y fe. Al hacerlo quiere ser simplemente “un instrumento del Señor”. “A quien venga a mí quiero llevarlo yo a Él”. Ya en esa época vive como una religiosa, hace tres votos privadamente y se convierte en una gran mujer de oración, a quien el Señor regala con su gracia. Estudiando intensamente a Santo Tomás de Aquino llega a la conclusión de que es posible “practicar la ciencia como una liturgia… sólo en virtud de este convencimiento pude tomar la decisión de volver a acercarme seriamente (tras la conversión) a trabajos científicos”. A pesar de su gran aprecio por la ciencia, Edith Stein va percibiendo con mayor claridad cada día que el corazón del ser cristiano no es la ciencia, sino el amor.

Edith Stein entró al fin en el Carmelo de Colonia en 1933; este paso no significó para ella huir del mundo o de las responsabilidades, sino introducirse de forma más decidida en el seguimiento de la cruz de Cristo. En su primera conversación con la priora de aquel convento, dice: “Lo que puede ayudarnos no es la actividad humana, sino la pasión de Cristo. Participar en ella: ése es mi deseo”. Por ello mismo, cuando toma el hábito no puede expresar otro deseo que “llamarse ‘de la cruz’ en la vida religiosa”. En el recordatorio de su profesión perpetua pone la frase de San Juan de la Cruz: “Mi única profesión a partir de ahora será amar más”.

8. Queridos hermanos y hermanas: Con toda la Iglesia nos inclinamos hoy ante esta gran mujer, a quien desde ahora podemos llamar Beata en la gloria de Dios; ante esta gran hija de Israel, que encontró en Cristo, el Salvador, la plenitud de su fe y de su vocación a entregarse por el Pueblo de Dios. Ella estaba convencida de que, a quien entra en el Carmelo, “los suyos no la pierden, sino que la ganan; pues nuestra vocación es precisamente estar ante Dios por todos”. Desde que comenzó a entender “bajo el signo de la cruz” el destino del pueblo de Israel, nuestra nueva Beata se fue dejando asimilar cada vez más profundamente por el misterio salvador, de Cristo, para contribuir a soportar, unida espiritualmente a Él, el dolor inmenso de los hombres y expiar la injusticia del mundo, esa injusticia que clama al cielo. Como “Benedicta a Cruce-Bendecida por la cruz”, deseaba llevar con Cristo la cruz por la salvación de su pueblo, su Iglesia, el mundo entero. Se ofreció a Dios como “sacrificio expiatorio por la paz verdadera” y, sobre todo, por su pueblo oprimido y humillado. Cuando se dio cuenta de que Dios había vuelto a cargar pesadamente su mano sobre su pueblo, se convenció “de que el destino de este pueblo era también el mío”.

En su última obra teológica “Ciencia de la Cruz”, que comenzó en el Carmelo de Echt como hermana Teresia Benedicta a Cruce, pero que no pudo concluir porque tuvo que emprender su propio vía crucis, observa: “Cuando hablamos de ciencia de la cruz no hacemos… pura teoría, sino que expresamos una verdad viva, real, y efectiva”. Cuando se cernió sobre ella como nube espesa la amenaza mortal que pesaba sobre su pueblo, estaba dispuesta a hacer realidad en su propia vida lo que había comprendido anteriormente: “Hay una vocación a padecer con Cristo y, en consecuencia, a colaborar en su obra salvadora… Cristo sigue viviendo en sus miembros y en ellos continúa padeciendo; el sufrimiento soportado en unión con el Señor es Su sufrimiento; es insertado en la obra sublime de la salvación y hecho fecundo mediante ella”.

Con su hermana Rosa, sor Teresa Benedicta de la Cruz recorrió el camino hacia el exterminio, unida a su pueblo y “en favor de” su pueblo. Con todo, no aceptó pasivamente el sufrimiento y la muerte, sino que los unió conscientemente al sacrificio expiatorio de nuestro Salvador Jesucristo. Unos años antes había escrito en su testamento espiritual: “Ya ahora asumo con gozo la muerte que Dios me tiene reservada, en sometimiento total a su voluntad santísima”. “Pido al Señor que se digne aceptar mi sufrimiento y mi muerte para alabanza y gloria suyas, por todas las necesidades… de la Santa Iglesia”. El Señor escuchó su oración.

La Iglesia propone hoy a nuestra veneración e imitación a la Beata mártir Teresa Benedicta de la Cruz, ejemplo de seguimiento heroico de Cristo. Abrámonos al mensaje que ella nos dirige como mujer del espíritu y de la ciencia, que supo ver en la ciencia de la cruz la cima de toda sabiduría; como gran hija del pueblo judío y como fiel cristiana en medio de millones martirizados sin culpa. Ella vio cómo la cruz se acercaba a ella de forma implacable; pero no escapó atemorizada, sino que, animada por la esperanza cristiana, la abrazó con amor y entrega total, y penetrada por el misterio de la fe pascual, cantó incluso su llegada: “Ave crux, spes unica”. Como ha dicho vuestro venerado señor cardenal Joseph Höffner en su breve Carta pastoral, “Edith Stein es un regalo de Dios, una llamada y una promesa para nuestra época. ¡Sea ella ante Dios intercesora nuestra, de nuestro pueblo y de todos los pueblos!”.

9. Queridos hermanos y hermanas: La Iglesia del siglo XX vive hoy un gran día: Nos inclinamos profundamente ante el testimonio de la vida y la muerte de Edith Stein, la hija extraordinaria de Israel e hija al mismo tiempo del Carmelo, sor María Teresa de la Cruz; una personalidad que reúne en su rica vida una síntesis dramática de nuestro siglo. La síntesis de una historia llena de heridas profundas que siguen doliendo aún hoy, pero que hombres y mujeres con sentido de responsabilidad se han esforzado y se siguen esforzando por curar; síntesis al mismo tiempo de la verdad plena sobre el hombre, en un corazón que estuvo inquieto e insatisfecho “hasta que encontró descanso en Dios”.

Al acudir con el espíritu al lugar del martirio de esta gran judía y mártir cristiana, al lugar de aquel acontecimiento terrible que hoy se llama “Shoah”, escuchamos la voz de Cristo, el Mesías e Hijo del hombre, el Señor y Salvador.

Como mensajero del misterio insondable de Dios, dice a la samaritana junto al pozo de Jacob:

“La salvación viene de los judíos. Pero ya llega la hora, y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y verdad” (Jn 4,22-24).

Bendita sea Edith Stein, sor Teresa Benedicta de la Cruz, una verdadera adoradora de Dios, en espíritu y en verdad.

¡Sí, bendita sea! Amén.