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EXPRESION Y SIGNIFICACION DEL CUERPO HUMANO

Esta expresividad maravillosa del cuerpo humano, como ya he sugerido, se concentra en determinadas zonas de él, aunque como totalidad, visto en su armónico conjunto, el cuerpo habla también de actitudes y sentimientos interiores.

Un arquitecto amigo mío, con el que hablaba en cierta ocasión de nuestro asunto, me hacía notar que el cuerpo humano puede entenderse no sólo como un complejo de miembros u órganos sabia y bellamente dispuestos, sino también como una pluralidad de lo que él llamaba unidades anatómicas. Me pareció una manera feliz de hablar con precisión del pudor sin quebrantar sus ineludibles leyes. Cada unidad anatómica de nuestro cuerpo posee cierta significación: dice algo, significa o expresa.

Me parece oportuno distinguir aquí entre expresión y significación.

1. Reservemos la palabra expresión para indicar lo que sucede cuando un acontecimiento material revela otros de carácter espiritual. Dar la mano a un amigo, expresa amistad.

2. La palabra significar empleémosla para referirnos a lo que nos dice una cosa sin que por ello nos sintamos situados en un ámbito propiamente espiritual. Por el humo se sabe donde está el fuego, etcétera.

Todo lo que expresa algo, también significa, pero no todo lo que significa, expresa.

Pues bien, cada una de las que hemos llamado unidades anatómicas posee una particular significación que va desde la suma expresividad hasta la mera significación (material). Cabe suponer que el cuerpo glorificado, en el Cielo, al hallarse en total armonía con el espíritu, lo expresará sumamente. En el actual estado de nuestra naturaleza caída, la expresividad del cuerpo humano ha sufrido una disminución considerable. Sin embargo, el rostro sigue siendo singularmente expresivo (la sabiduría del hombre hace brillar su rostro, Eccli 8,1).

El rostro es la unidad anatómica expresiva por antonomasia: desvela el alma, su estado, su actitud. Sólo puede tornarse opaco con violencia, y en ocasiones, resulta prácticamente imposible el fingimiento. Por ello podemos decir que el rostro es lo más personal del cuerpo humano, porque normalmente desvela el alma en grado sumo.

Es lo más transparente, lo que sin querer nos transporta a los mundos interiores de la persona, pues la mirada penetra fácilmente a su través de un modo natural, espontáneo e inmediato. De ahí que el rostro no plantee, normalmente, problemas a la sensualidad, a no ser que se intente; por lo tanto, tampoco los plantea al pudor. Mirar un rostro es casi siempre un acontecimiento espiritual. Al mirar a la cara percibimos una persona, con su personalidad, que trasciende al cuerpo, porque es mucho más.

Las manos son también, aunque en menor grado, expresivas y sugerentes. Un puño cerrado o una mano flácida o crispada, expresan odio, languidez espiritual o un estado anímico tenso. La mano tiene su lenguaje y, en ocasiones, expresa más de lo que suponemos lo que acontece en nuestra alma. En cambio, el pie no expresa nada, de ordinario; sólo significa: no es más que un instrumento para caminar. Si dice algo más es pasando inadvertido, como parte de una totalidad — el cuerpo entero — que contribuye a ofrecer un todo armonioso, bello.

No es cosa de ir pormenorizando, ahora; lo que interesa a nuestro asunto es el hecho de que el cuerpo humano está compuesto de unidades anatómicas dotadas de fuerza expresiva o, cuando menos, de significación.

Hay zonas que sólo significan — no expresan nada — porque no gozan de la transparencia que atribuimos, por ejemplo, al rostro; podríamos decir que son opacas y cuando en ellas se topa la mirada no va más allá, se detiene como ante un muro — una mera cosa — que no dice nada más que la función instrumental que da razón de su existencia. Son éstas las zonas — unidades anatómicas — más impersonales, pues el espíritu prácticamente no puede expresarse en ellas en modo alguno, a no ser en circunstancias muy particulares. Por lo demás, presentan, poco más o menos, el mismo aspecto en todos los individuos y, por ello, no son representativas de la persona.

Así como en el rostro la persona se suele manifestar con bastante claridad, esas otras zonas de que ahora hablamos, en principio la ocultan y absorben (o rechazan) la atención en su materialidad opaca.

Sin embargo, algunas de esas zonas poco o nada expresivas, poseen un alto poder significativo, están diciendo: placer; y esto es lo único que por sí mismas dicen al hombre concreto, de carne y hueso, que anda arrastrando con mejor o peor fortuna, los desórdenes introducidos en la naturaleza humana por el pecado original.

Pues, aunque muchos quieran olvidarse, es patente que todo hombre aterriza en este mundo con ese pecado a cuestas, con evidente desorden en las pasiones, con la mirada en cierto modo oscurecida, con una especie de embotamiento para las cosas del espíritu y convertido — desmesuradamente inclinado — a las materiales.