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3º) La vocación, respuesta humana libre.-

La persona ha de discernir la autenticidad de la propia vocación a través de los signos. Éstos pueden ser intrínsecos e intrínsecos; los primeros se refieren a la misma persona: idoneidad y rectitud de intención; la referencia de los segundos, en cambio, se encamina a la orientación en la dirección espiritual y aceptación por parte de la autoridad eclesiástica competente. El conjunto de estos signos producen en el individuo la certeza moral de haber sido llamado por Dios a seguir un camino concreto.

La persona que ha captado la llamada de Dios ha de responder con la obediencia de la fe (cfr Rom 16,26; 2 Cor 10,5-6), por la cual el hombre «se entrega entera y libremente a Dios» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 5). Puesto que la respuesta a la vocación es una cuestión de fe y de amor –y, por supuesto, de sacrificio–, el hábitat o medio ambiente más adecuado para resolver el problema vocacional es la oración. El tener vida interior es condición necesaria para responder con generosidad a la llamada divina.

¿Cómo es la «experiencia psicológica» de la propia vocación? Salvo casos excepcionales no se impone la llamada de Dios a la conciencia por vía de evidencia, sino por vía de certeza moral, fundamentada en determinados signos naturalmente conocidos; pero, eso sí, iluminados por aquella maduración de la fe que es la luz de la vocación.

Distinguiremos cuatro rasgos:

a) Es luz para ver un camino e impulso para recorrerlo, efecto de la gracia. Virtualidad «noética y dinámica» de la Palabra de Dios: transmite un mensaje y ayuda a vivirlo. Por esa luz se da, pues, una maduración en la fe y, a la vez, un caminar en el riesgo y en la oscuridad de la fe. Por ese impulso es una maduración en la caridad y, por ello, en la libertad.

b) Es libre: La respuesta a la propia vocación no es un acto que determina toda la vida posterior, sino que requiere un constante ejercicio de la libertad («voluntariedad actual»).

c) Es siempre un carisma: su utilidad es personal y comunitaria. Mientras que la persona concreta conoce la vocación (a la santidad) por la fe, la existencia para ella de una vocación peculiar no es objeto directo de fe teologal, sino de conocimiento de unos signos que, bajo la luz de la gracia de esa vocación, conducen la mente a la certeza moral de su existencia.

d) Su discernimiento corresponde a la Iglesia: en toda reflexión teológica sobre la vocación personal, se proyecta el misterio de la acción eterna de Dios en la temporalidad del mundo.