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De las enseñanzas del Señor y de los santos se deduce que:

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Los cristianos tenemos el deber de hacer corrección fraterna.

La corrección es fruto de la caridad, de la fraternidad, no del juicio crítico. Es el amor de Cristo el que urge, el que invita a ayudar al hermano con esa corrección.

La corrección fraterna nace del deseo de ayudar a todos en su camino hacia el Cielo.

No nace de la irritación por una ofensa que hayamos recibido, ni por amor propio, porque han hecho algo que nos ha molestado.

La corrección fraterna es consecuencia de la mirada cristiana del bautizado, que se sabe co-responsable, corredentor, de la santidad de los demás.

Antes de realizar una corrección conviene pedirle luces al Espíritu de Dios para encontrar el mejor modo de llevarla a cabo.

El que realiza esa corrección debe considerar, con humildad su propia indignidad, reconociéndose pecador en la presencia de Dios y hacer examen sobre sus propias faltas.

Si nos han corregido y nos ha parecido “intolerable” lo que nos han dicho, quizá sea conveniente meditar en las palabras anteriores de San Cirilo.

Cómo guardar los sentidos, las“puertas del alma”.

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  • Para guardar los sentidos se necesita la práctica de la mortificación interior y exterior (dominio de la curiosidad, orden en el uso de la vista, de la lengua, etc., de forma que no conduzca a la ofensa a Dios).
  • Se necesita vivir la virtud e la templanza (en la comida, la bebida, en no concederse determinados caprichos). La templanza lleva a evitar una búsqueda desordenada del bienestar y de la comodidad; a no cultivar una susceptibilidad exagerada; a luchar por vencer el desorden en el carácter, las manifestaciones de ira, el amor propio exacerbado que lleva a manías, a victimismos, etc.

    La suma de situaciones de destemplanza propicia los pecados contra la Santa Pureza.

Con ayuda de la Gracia, una persona que guarda los sentidos, que practica la mortificación cristiana y se esfuerza habitualmente por vivir con humildad la virtud de la templanza, además de ganar en fortaleza, personalidad y autodominio, se aleja de las ocasiones de pecar y fortalece su alma, mediante estos buenos hábitos, para vencer en el momento de la tentación.

Mortificación interior y exterior, corporal, activa y pasiva

Mortificación interior: lleva a la humildad, al autodominio, al control de la imaginación y de la memoria, alejando de la mente los pensamientos y recuerdos que llevan al pecado; y, especialmente, reprimiendo el amor propio y la soberbia, del afecto.

Mortificación exterior: es la mortificación de los sentidos externos: la vista, el oído, el gusto, la lengua, evitando, por ejemplo, las murmuraciones.

Mortificación corporal: es la que los cristianos hacen -de forma moderada, prudente, ordenada y humilde- con su cuerpo, uniéndose al sufrimiento de Cristo en la Cruz, con deseos de corredimir, mediante ayunos, uso del cilicio, disciplinas, etc. Esta mortificación tiene tradición evangélica, que abarca desde los primeros cristianos hasta el Canciller de Inglaterra, Tomás Moro; hasta la actualidad. Este es el relato de santa Cecilia que falleció en Roma, entre los años 170-180:

Cecilia, una joven de la nobleza romana

“Cecilia pertenecía a una de las más nobles, de las más antiguas familias de Roma, esa gens Caecilia que durante los siglos de la República había estado aliada con cuanto tuvo alguna gloria…

¿Cómo pudo ser tocada “desde la infancia” en este medio de la alta aristocracia? Quizá su bautismo fuese obra de alguna nodriza, de alguna esclava fiel a Cristo…

Cecilia creció, pues, en la fe, en el hogar de sus padres, en alguna de esas ricas villas edificadas después del incendio de Nerón. Y el viejo texto asegura que “llevaba un cilicio bajo sus ricos vestidos bordados de oro y que el Evangelio estaba en su corazón”.

Daniel-Rops, La Iglesia de los Apóstoles y de los mártires, Palabra


Mortificación activa: es la que se busca directamente:

-soportar un ofensa.

– ayudar a los demás cuando cuesta.

-hacer un acto de mortificación ( por ejemplo, ayunar un día, etc.)

Mortificación pasiva: es la mortificación que no se busca, pero que, cuando viene se lleva por amor de Dios, con serenidad: por ejemplo, la mortificación de una madre que pasa las noches en vela cuidando a sus hijos

«Donde más fácilmente encontraremos la mortificación es en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia… Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas. Ése es el amor sacrificado, que espera Dios de nosotros» (San Josemaría, Carta, 1930).