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Ante las riquezas: desprenderse de ellas con decisión y hacerlas fructificar, si queremos alcanzar a Dios

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  • Desprenderse de las riquezas con decisión

Jesucristo nos recuerda:

No queráis amontonar tesoros en la tierra, donde el orín y la polilla los consumen y donde los ladrones los desentierran y roban; atesorad en cambio bienes en el cielo, donde no hay orín, ni la polilla los consume, ni tampoco ladrones que los descubran y los roben. Porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón.

San Pablo:

“A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos” (1 Tim 6,17).

San Juan Crisóstomo:

“No basta, pues, despreciar las riquezas, sino que hay también que alimentar a los pobres, y principalmente hay que seguir a Cristo, es decir, hacer cuanto Él nos ha mandado: estar dispuestos a derramar la sangre y soportar la muerte cotidiana. (…) ¡Qué difícilmente entrarán los ricos en el reino de los cielos! Lo cual no es hablar contra las riquezas, sino contra los que se dejan dominar por ellas” (o. c. en bibl., 307-308).

  • Hacer fructificar las riquezas

Además desprenderse de las riquezas, hay que aprender a usarlas rectamente, cuando se poseen, para hacer el bien, haciéndolas fructificar y convirtiéndolas en instrumentos para el bien.

S. Ambrosio: “¡Ay, de vosotros, ricos, que ya tenéis vuestro consuelo…!; sin embargo, a los que se condena por la autoridad de la sentencia celestial no son a los que tienen riquezas, sino a los que no saben usarlas»

San Gregorio de Nisa: “Sed moderados en el uso de los bienes de esta vida. No os pertenece todo; al menos una parte de esos bienes debe quedar para los pobres que son amados especialmente por Dios” (Sermón 1 sobre el amor a los pobres)

Santo Tomás: «las riquezas son buenas en cuanto son útiles al ejercicio de la virtud; mas si excede esta medida de manera que impida el ejercicio de la virtud, no han de computarse entre las cosas buenas, sino entre las malas. De aquí que para algunos que usan de ellas para la virtud sea bueno poseer riquezas, mientras que para otros, que por ellas se apartan de la virtud, ya por demasiada solicitud, ya por el demasiado apego a las mismas o por la distracción de la mente que de ellas proviene, es malo poseerlas» (Contra Gentes, III,133).


El Concilio Vaticano II
recuerda a los laicos: «procuren, pues, seriamente, que por sus competencia en los asuntos profanos y por su actividad, elevada desde dentro por la gracia de Cristo, los bienes creados se desarrollen al servicio de todos y de cada uno de ellos…» (Const. Lumen gentium, 36).

San Josemaría: «Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios. Pobreza real, que se note y se toque -hecha de cosas concretas-, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor.

Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando el mundo y todas las cosas buenas que hay en el mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

Lograr la síntesis entre esos dos aspectos es -en buena parte- cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento para encontrar en cada caso lo que Dios nos pide» (Conversaciones, n. 110).

  • Luchar contra la pobreza material
  • La historia muestra cómo la Iglesia ha luchado durante siglos contra la pobreza material, ocupándose de los necesitados, atendiendo a la salud, promoviendo hospitales y todo tipo de iniciativas cuando el Estado no sabe o no llega a ejercer estas funciones que son de su competencia.

Con las riquezas se alaba a Dios en el culto divino

Jesucristo. Ante el falso escándalo de Judas Iscariote , Cristo alabó a la mujer que rompió su frasco de perfume para honrar a Cristo.(cfr. lo 12,1-11). Judas Iscariotes puso la excusa de los pobres: «¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios y se dio a los pobres?». Pero explica el Evangelista: «Dijo esto no porque le importaran los pobres, sino porque era ladrón, y como guardaba la bolsa, hurtaba lo que en ella se echaba».

El Concilio Vaticano ll recordó la necesidad de cuidar la dignidad del culto a Dios: «la santa Madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran de verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales» (Const. Sacrosanctuni Concilium, 122).