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Amor, castidad, santa Pureza.

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Una virtud urgente y audaz para unos tiempos nuevos

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La felicidad es la plenitud del amor en el alma. Para ser feliz y gozar plenamente del amor en esta tierra -del amor humano y del Amor con mayúsculas- y para gozar plenamente del Amor de Dios en el Cielo hay que vivir con plenitud la virtud de la Santa Pureza.

La primera virtud cristiana no es la castidad sino la caridad: amor a Dios y al prójimo. La puerta de las demás virtudes es la fe: sin ella no se puede amar a Dios.

Sin embargo, la castidad es muy importante, porque se refiere a sexualidad, que “concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar” (Catecismo, 2332). La castidad se ordena al amor; y sin ella no se puede vivir la caridad. Es una exigencia de la ley moral natural

Bienaventurados los puros de corazón -dijo el Señor- porque ellos verán a Dios. La castidad es una exigencia de la dignidad del cuerpo humano, con el que debemos amar a Dios en esta tierra: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (I Cor 6,18-19).


La Santa Pureza es tan importante porque está vitalmente unida al Amor: es una virtud que mantiene la juventud del amor en el alma, en las diversas etapas de la vida.

Es una virtud atractiva, renovadora, audaz y urgente para unos tiempos nuevos.

El mundo actual necesita con especial urgencia un Anuncio, una Evangelización y un Apostolado valiente, positivo y esperanzado de esta virtud.

Por la naturaleza propia del tema de esta clase, resulta especialmente importante la preparación y documentación personal por parte de los padres, catequistas, profesores, etc., que permita dar razones sólidas, humanas y espirituales a los jóvenes.

Por esa razón, se sugiere reflexionar, antes de preparar esta clase, sobre algunos de los puntos que se formulan en los apartados siguientes:

2. Valor del matrimonio

Antes que nada, hay que dejar en claro que el celibato y el matrimonio no son una especie de contrarios, de antónimos, no se oponen. Para la gran mayoría de las personas, el matrimonio es la forma de vida más conveniente y adecuada y la que los conduce a la felicidad, a pesar de todas las dificultades que puedan surgir. En el matrimonio, se vive el amor humano, la disposición de darse a los demás. En la unión conyugal, la entrega personal a la pareja, alcanza una forma muy profunda e íntima.

Esta unión comprende, por su esencia, tanto la dimensión física, como la dimensión espiritual del ser humano. Lo fundamental del matrimonio consiste en darse al otro con una reciprocidad sin reservas, con un amor personal e íntegro. Consiste en vivir y convivir con el otro; en la existencia común, que es tarea y responsabilidad compartida.

Mediante la promesa matrimonial, un hombre y una mujer se deciden el uno por el otro. La promesa de dos cristianos ante Dios los une no sólo a su pareja, sino que en cierta forma a través de él o de ella, se unen al mismo tiempo a Jesucristo. No se entrega uno recíprocamente, se entrega también a Cristo a través del otro, de la otra. Los cónyuges no sólo viven para el otro. En realidad, viven juntos para Cristo; en su amor conyugal, aman también a Cristo. Mientras más unidos estén entre ellos, más se unirán a El. Su unión es un sacramento, una de las siete fuentes misteriosas de la participación en la vida divina.

Así, el matrimonio es un camino hacia Dios. Por esta razón, en la auténtica tradición de la Iglesia, la importancia dada al celibato no se ha entendido nunca como una disminución o rebaja del matrimonio. Tampoco podemos aceptar el maniqueísmo, que ve en lo corpóreo y en la procreación algo malo.[1]

¡El hombre incapaz de sentir no ha sido nunca un ideal cristiano! Quien no es capaz de tener pasión, deseos y sentimientos padece una deficiencia, pues carece de esta capacidad fundamental de la naturaleza humana. ¡El celibato nada tiene que ver con eso! En el celibato, se “renuncia” voluntariamente a algo que, de acuerdo a la voluntad del Creador, conduce al matrimonio.[2]

Ese algo es la necesidad de darse completamente a otra persona, que es muchísimo más profundo que la mera tendencia sexual. Tal vez, en vez de “renuncia”, deberíamos hablar de sacrificio. Al renunciar al matrimonio, la persona que se decide por el celibato, ofrece a Dios un sacrificio muy concreto y personal; en ningún caso desprecia el matrimonio. Por el contrario, en todas las religiones, se acostumbra a sacrificar no lo peor o malogrado -eso sería una verdadera ofensa a la divinidad-, sino lo más preciado.

Así como el hombre es capaz de escoger el matrimonio, también tiene la capacidad de renunciar a él. De esta manera, la vida célibe no representa solamente un estado, sino que constituye un valor en sí. El celibato es “otra” posibilidad, “otro” camino a través del cual, el hombre y la mujer pueden llegar a la plenitud.

[1] Cfr. Juan Pablo II, “Die Erlšsung des Leibes und die SakramentalitŠt der Ehe. Kathechesen 1981-1984”, Vallendar 1985, pp. 84, 105 y 112.

[2] Cfr. Juan Pablo II, ob. cit., p. 110.

3. Amor a Cristo

No obstante, el celibato no puede ser definido únicamente de un modo negativo.

Si lo miramos tan sólo como una renuncia o negación, tendremos una percepción equivalente a la de aquél que, estando frente a un jardín, sólo ve la reja que lo cierra o de quien, al hablar del tenis, sólo piensa en el dolor muscular que este deporte puede causar. ¡Si actuáramos así, no habríamos comprendido nada de la belleza y de la grandeza del celibato cristiano!

Quien lo escoge, no se decide por una existencia fría y cruda. Por el contrario, elige una comunidad de amor especial: una vida con Cristo y con su Iglesia; él (o ella) demuestra que puede dirigir todo su amor a Dios. Por supuesto, renuncia a una determinada forma de realización del amor humano; pero renuncia por un amor más grande. ¡El valor de nuestro amor y de nuestro esfuerzo depende, sobre todo, de a quién amemos y por quién efectuamos ese esfuerzo! Y, en este caso, es el mismo Dios el objeto inmediato de todo nuestro amor y nuestro esfuerzo. San Agustín advierte a las mujeres consagradas: “Si vosotras les debierais un gran amor a vuestros maridos, ¿cuánto más amor debéis a Aquél por quien no tenéis marido?”[3]

El teólogo José Arquer señala: “Para ser lo que debe ser, (el celibato cristiano) tiene que ser vida en común con Dios, entrega consciente a Dios. Hacia afuera, parece una renuncia; en sí mismo, es íntima oración incesante”.[4]

Como sabemos, el matrimonio se funda también en el misterio de la alianza de Cristo con su Iglesia. Pero no es el mismo esa relación, sino que sólo la representa. Mediante la decisión de vivir el celibato, el hombre y la mujer se encuentran en cierta forma incorporados en el misterio de esa relación esponsal.[5] El mysterium caritatis que, en el matrimonio está sólo insinuado, se encaja directamente en su vida y permite su plenitud a un nivel muy superior al natural. El hombre y la mujer viven una entrega total a un Tú, una relación directa entre Tú y yo, no a través de otra persona humana. Como personas, se unen al Cristo vivo y presente, en una relación directa e inmediata sólo con Dios.

El Papa Juan Pablo II lo señala con claridad: “Dejarlo todo y seguir a Cristo … no puede compararse con el simple quedarse soltero o célibe, pues la virginidad no se limita únicamente al ínoí, sino que contiene un profundo ísíí en el orden esponsal: el entregarse por amor, de un modo total e indiviso”.[6] Quien vive el celibato, lo hace porque ha descubierto que Dios le ha querido por sí mismo y él (o ella) responde a ese amor divino con todas las energías del alma y del cuerpo.

“La persona que se sabe tan amada por Dios, se entrega sólo a El”.[7] Su seguimiento de Cristo es radical. El celibato cristiano no tiene nada que ver con la mera soltería, tal vez involuntaria y que es llevada como un lastre, así como la virtud cristiana de la pobreza, tampoco tiene nada que ver con la miseria real, dolorosa e involuntaria.

En algunos ambientes, se considera moderno considerar tales pensamientos como una extravagancia idealista. Sin embargo, ello no nos puede paralizar. Debemos tener presente que, al inicio de la “explosión apostólica” que tuvo lugar en los primeros siglos del Cristianismo, era natural que muchas personas escogieran el celibato.[8] En la joven Iglesia, el celibato era considerado como un luminoso testimonio de fe, comparable al martirio. En aquel entonces, se veía en él una expresión del amor a Cristo, de la vitalidad del Pueblo de Dios.

[3] Aurelius Augustinus, cit. en Josef Arquer, “ZšlibatŠr leben bringt doch überhaupt nichts!. Die charismathische Ehelosigkeit und ihre Bedeutung für die Gesamtkirche”, en Michael Müller (editor), “Kirche und Sex”, Aachen 1994, p. 262.

[4] Arquer, loc. cit.

[5] Cfr. Juan Pablo II: Carta apostólica “Mulieris Dignitatem”, 1988, N¡ 20.

[6] Juan Pablo II, loc. cit.

[7] Karol Wojtyla, “Liebe und Verantwortung”, München 1979, p. 218.

[8] Cfr. Marc TrŽmeau, “Der gottgeweihte Zšlibat”, Wien 1981, pp. 17-30.