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	<title>Catequesis &#187; amor a dios</title>
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	<description>Catequesis para jovenes cristianos</description>
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		<title>Qué significa tener &#8220;unidad de vida&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 18:24:20 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Francisco Fernández Carvajal Convertir en un acto de amor a Dios, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos&#8230; I. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Francisco Fernández Carvajal</p>
<hr />
<p class="Estilo17">
<p>Convertir en un acto de amor a Dios, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos&#8230;<br />
I. Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él [1]. Vino al mundo para que los hombres tuvieran luz y dejaran de debatirse en las tinieblas [2], y, al tener luz, pudieran hacer del mundo un lugar donde todas las cosas sirvieran para dar gloria a Dios y ayudaran al hombre a conseguir su último fin. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron [3]. Son palabras actuales para una buena parte del mundo, que sigue en la oscuridad más completa, pues fuera de Cristo los hombres no alcanzarán jamás la paz, ni la felicidad, ni la salvación. Fuera de Cristo sólo existen las tinieblas y el pecado. Quien rechaza a Cristo se queda sin luz y ya no sabe por dónde va el camino. Queda desorientado en lo más íntimo de su ser.</p>
<p>Durante siglos, muchos hombres separaron su vida (trabajo, estudio, negocios, investigaciones, aficiones &#8230; ) de la fe; y, como consecuencia de esa separación, las realidades temporales quedaron desvirtuadas, como al margen de la luz de la Revelación. Al faltar esta luz, muchos han llegado a considerar el mundo como fin de sí mismo, sin ninguna referencia a Dios, para lo cual han tergiversado incluso las verdades más elementales y básicas.</p>
<p>De modo particular, en los países occidentales es preciso corregir esa separación, «porque son muchas las generaciones que se están perdiendo para Cristo y para la Iglesia en estos años, y porque desgraciadamente desde estos lugares se envía al mundo entero la cizaña de un nuevo paganismo.</p>
<p>Este paganismo contemporáneo se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, y por el correspondiente olvido -mejor sería decir miedo, auténtico pavor- de todo lo que pueda causar sufrimiento. Con esta perspectiva, palabras como Dios, pecado, cruz, mortificación, vida eterna&#8230;, resultan incomprensibles para gran cantidad de personas, que desconocen su significado y su contenido.</p>
<p>Habéis contemplado esa pasmosa realidad de que muchos quizá comenzaron por poner a Dios entre paréntesis, en algunos detalles de su vida personal, familiar y profesional; pero, como Dios exige, ama, pide, terminan por arrojarle -como a un intruso- de las leyes civiles y de la vida de los pueblos. Con una soberbia ridícula y presuntuosa, quieren alzar en su puesto a la pobre criatura, perdida su dignidad sobrenatural y su dignidad humana, y reducida -no es exageración: está a la vista en todas partes- al vientre, al sexo, al dinero» [4].</p>
<p>El mundo se queda en tinieblas si los cristianos, por falta de unidad de vida, no iluminan y dan sentido a las realidades concretas de la vida. Sabemos que la actitud ante el mundo de los verdaderos discípulos de Cristo, y de modo específico de los seglares, no es de separación, sino la de estar metidos en sus entrañas, como la levadura dentro de la masa, para transformarlo.</p>
<p>El cristiano coherente con su fe es sal que da sabor y preserva de corrupción. Y para esto cuenta, sobre todo, con su testimonio en medio de las tareas ordinarias, realizadas ejemplarmente. «Si los cristianos viviéramos de veras conforme a nuestra fe, se produciría la más grande revolución de todos los tiempos&#8230; ¡La eficacia de la corredención depende también de cada uno de nosotros! -Medítalo» [5]. ¿Vivo la unidad de vida en cada momento de mi existencia: trabajo, descanso&#8230;?</p>
<p>II. Todas las criaturas fueron puestas al servicio del hombre, dentro del orden establecido por el Creador. Adán, con su soberbia, introdujo el pecado en el mundo, rompiendo la armonía de todo lo creado y del mismo hombre. En adelante, la inteligencia quedó oscurecida y con posibilidad de caer en el error; la voluntad, debilitada; enferma -no corrompida- la libertad para amar el bien con prontitud.</p>
<p>El hombre quedó profundamente herido, con dificultad para saber y conseguir su bien verdadero. «Rompió la Alianza con Dios, sacando como consecuencia de ello por una parte la desintegración interior y, por otra, la incapacidad de construir la comunión con los otros» [6]. El desorden introducido por el pecado llegó más allá del hombre, afectando también a la naturaleza. El mundo es bueno, pues fue hecho por Dios para contribuir a que el hombre alcanzara su último fin.</p>
<p>Pero después del pecado original, las cosas materiales, el talento, la técnica, las leyes&#8230;, pueden ser desviadas de su ordenación recta y convertirse en males para el hombre, oscureciéndose su fin último, separándole de Dios en vez de acercarle a Él. Nacen así muchos desequilibrios, injusticias, opresiones, que tienen su origen en el pecado. «El pecado del hombre, es decir, su ruptura con Dios, es la causa radical de las tragedias que marcan la historia de la libertad. Para comprender esto, muchos de nuestros contemporáneos deben descubrir nuevamente el sentido del pecado» [7].</p>
<p>Dios, en su misericordia infinita, se compadeció de este estado en el que había caído la criatura y nos redimió en Jesucristo: nos ha vuelto a su amistad, y lo que es más, nos ha reconciliado con Él hasta el extremo de podernos llamar hijos de Dios y que lo seamos [8]; nos ha destinado a la vida eterna, a morar con Él para siempre en el Cielo.</p>
<p>Nos toca a los cristianos, principalmente a través de nuestro trabajo convertido en oración, hacer que todas las realidades terrestres se vuelvan medio de salvación, porque sólo así servirán verdaderamente al hombre. «Hemos de impregnar de espíritu cristiano todos los ambientes de la sociedad.</p>
<p>No os quedéis solamente en el deseo: cada una, cada uno, allá donde trabaje, ha de dar contenido de Dios a su tarea, y ha de preocuparse -con su oración, con su mortificación, con su trabajo profesional bien acabado- de formarse y de formar a otras almas en la Verdad de Cristo, para que sea proclamado Señor de todos los quehaceres terrenos» [9]. ¿Estoy haciendo todo lo que puedo para llevar esto a la práctica? ¿Me doy cuenta de que para eso necesito tener cada vez más una honda unidad de vida?</p>
<p>III. La misión que el Señor nos ha encomendado es la de infundir un sentido cristiano a la sociedad, porque sólo entonces las estructuras, las instituciones, las leyes, el descanso, tendrán un espíritu cristiano y estarán verdaderamente al servicio del hombre. «Los discípulos de Jesucristo hemos de ser sembradores de fraternidad en todo momento y en todas las circunstancias de la vida. Cuando un hombre o una mujer viven intensamente el espíritu cristiano, todas sus actividades y relaciones reflejan y comunican la caridad de Dios y los bienes del Reino. Es preciso que los cristianos sepamos poner en nuestras relaciones cotidianas de familia, amistad, vecindad, trabajo y esparcimiento, el sello del amor cristiano, que es sencillez, veracidad, fidelidad, mansedumbre, generosidad, solidaridad y alegría» [10].</p>
<p>Las prácticas personales de piedad no han de estar aisladas del resto de nuestros quehaceres, sino que deben ser momentos en los que la referencia continua a Dios se hace más intensa y profunda, de modo que después sea más alto el tono de las actividades diarias. Es claro que buscar la santidad en medio del mundo no consiste simplemente en hacer o en multiplicar las devociones o las prácticas de piedad, sino en la unidad efectiva con el Señor que esos actos promueven y a que están ordenados.</p>
<p>Y cuando hay una unión efectiva con el Señor eso influye en toda la actuación de una persona. «Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa. Brotarán de tu alma más actos de amor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y esto, mientras atiendes tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al subir a un medio de transporte, al cerrar o abrir una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar una nueva tarea, al realizarla y al concluirla (&#8230; )» [11].</p>
<p>Procuremos vivir así, con Cristo y en Cristo, todos y cada uno de los instantes de nuestra existencia: en el trabajo, en la familia, en la calle, con los amigos&#8230; Eso es la unidad de vida. Entonces, la piedad personal se orienta a la acción, dándole impulso y contenido, hasta convertir al quehacer en un acto más de amor a Dios. Y, a su vez, el trabajo y las tareas de cada día facilitan el trato con Dios y son el campo donde se ejercitan todas las virtudes.</p>
<p>Si procuramos trabajar bien y poner en nuestros quehaceres la dimensión trascendente que da el amor de Dios, nuestras tareas servirán para la salvación de los hombres, y haremos un mundo más humano, pues no es posible que se respete al hombre -y mucho menos que se le ame -si se niega a Dios o se le combate, pues el hombre sólo es hombre cuando es verdaderamente imagen de Dios. Por el contrario, «la presencia de Satanás en la historia de la humanidad aumenta en la misma medida en que el hombre y la sociedad se alejan de Dios» [12].</p>
<p>En esta tarea de santificar las realidades terrenas, los cristianos no estamos solos. Restablecer el orden querido por Dios y conducir a su plenitud el mundo entero es principalmente fruto de la acción del Espíritu Santo, verdadero Señor de la historia: «Non est abbreviata manus Domini», no se ha hecho más corta la mano de Dios (Is 59, 1): no es menos po</p>
<p>deroso Dios hoy que en otras épocas, ni menos verdadero su amor por los hombres. Nuestra fe nos enseña que la creación entera, el movimiento de la tierra y el de los astros, las acciones rectas de las criaturas y cuanto hay de positivo en el sucederse de la historia, todo, en una palabra, ha venido de Dios y a Dios se ordena» [13].</p>
<p>Le pedimos al Espíritu Santo que remueva las almas de muchas personas -hombres y mujeres, mayores y jóvenes, sanos y enfermos&#8230;- para que sean sal y luz en las realidades terrenas.</p>
<hr />
<p>[1] Antífona de comunión. Jn 3, 17.<br />
[2] Cfr. Jn 8, 12.<br />
[3] Jn 1, 5.<br />
[4] A. DEL PORTILLO Carta Pastoral, 25-XII-1985, n. 4.<br />
[5] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Surco, n. 945.<br />
[6] JUAN PABLO II, Audiencia General, 6-VIII-1983.<br />
[7] S. C. PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instr. Libertatis consciencia, 22-III-1986, 37.<br />
[8] Cfr I Jn 3, 1.<br />
[9] A. DEL PORTILLO, loc. Cit., n. 10.<br />
[10] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, lnstr. pastoral Los católicos en la vida pública, 22-IV-1986, 111.<br />
[11] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 149.<br />
[12] JUAN PABLO II, AudienciaGeneral, 20-VIII-1986.<br />
[13] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 130.</p>
<hr />
Meditación de &#8220;Hablar con Dios&#8221;, Tomo II, Miércoles de la 4ª. Semana de Cuaresma por Francisco Fernández Carvajal.</p>
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		<title>Jesucristo: hay mayor alegría en dar que en recibir</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Nov 2009 17:44:50 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Jesucristo, que se entregó por cada uno de nosotros (no por una multitud, sino por cada uno, con nombre y apellidos) nos recuerda que hay mayor alegría en dar que en recibir. En la última Cena nos dijo: no he venido a ser servido sino a servir. La misión del cristiano se realiza cuando sirve [...]]]></description>
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<ul>
<li class="Estilo23">Jesucristo, que se entregó por cada uno de nosotros (no por una multitud, sino por <span class="Estilo17">cada uno</span>, con nombre y apellidos) nos recuerda que <em>hay mayor alegría en dar que en recibir</em>. En la última Cena nos dijo: <em>no he venido a ser servido sino a servir.</em></li>
</ul>
<ul>
<li>La misión del cristiano se realiza cuando sirve a Dios, y a los demás, por amor a Dios.</li>
</ul>
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		<title>Elegidos para amar: matrimonio y celibato</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 16:08:14 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La santidad se mide por el amor a Dios de cada uno, no porque viva el celibato o el matrimonio. Sin embargo, la Iglesia enseña que el celibato por el Reino de los Cielos es un don superior al don del matrimonio. El celibato apostólico es una especial llamada al Amor, una vocación maravillosa, que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="Estilo16">
<p>La santidad se mide por <span class="Estilo21">el amor a Dios de cada uno</span>, no porque viva el celibato o el matrimonio. Sin embargo, la Iglesia enseña que <span class="Estilo17">el celibato por el Reino de los Cielos es un </span><span class="Estilo21">don</span><span class="Estilo17"> superior al don del matrimonio.</span></p>
<p>El celibato apostólico es<span class="Estilo17"> una especial llamada al Amor,</span> una vocación maravillosa, que &#8220;no todos entienden, sino aquellos a quienes ha sido dado&#8221; (<em>Mt</em> 19,10).</p>
<p>El celibato exige <span class="Estilo17">un amor fuerte y profundo, una gran capacidad de entrega y una personalidad madura.<br />
</span></p>
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		<title>Antonio Rico. Empresario.</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Nov 2009 12:08:32 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignright size-medium wp-image-1474" title="antoniorico_clip_image0021" src="http://catequesis.cc/wp-content/uploads/2009/11/antoniorico_clip_image0021-300x202.jpg" alt="antoniorico_clip_image0021" width="300" height="202" /></p>
<p><strong>29 de noviembre de 1997 </strong></p>
<p>A las nueve de la mañana del 29 de noviembre de 1997, cuando se dirigía en coche por una carretera de Huesca en dirección al Pirineo, falleció a causa de un accidente fortuito –el automóvil chocó contra un pilón de riego- Antonio Rico Gambarte, un ingeniero navarro que dirigía una empresa de siderurgia en la ciudad española de Zaragoza. En ese accidente perdió la vida otro de los ocupantes del vehículo. Antonio tenía 73 años y antes de abandonar la Ciudad del Ebro había asistido a la &#8220;Misa de Infantes&#8221;, en la Basílica del Pilar.</p>
<p>Rico fue un ingeniero creativo, innovador y polifacético, que ejerció su profesión en aquellos años en los que España lograba salir, con grandes esfuerzos, del subdesarrollo económico y social, tras el desastre de la guerra civil.</p>
<p>Antonio “fue el primero que montó hornos eléctricos de mucha capacidad –recuerda un industrial, Sergio Piedrafita- tanto que eran de cien toneladas cada uno, y en aquel entonces -y estoy hablando de los años sesenta- fueron los primeros hornos grandes para laminación que se hicieron en España. Se montaron en España, se hicieron en España y los diseñó el propio Antonio”.</p>
<p class="Estilo14"><strong>Navarro tenías que ser </strong></p>
<p>Carmen Sús, enfermera, retrataba a su madre, María Gambarte, como “una gran señora cristiana que había sabido inculcar en sus hijos el amor a Dios y a los demás, el sentido del deber, la responsabilidad, el amor al trabajo, la bondad, la humildad, en fin, todas las virtudes que de alguna manera se reflejaban en su hijo Antonio”</p>
<p>Había heredado de su padre un espíritu “polivalente”, en palabras de su hermano Javier, con capacidad para acometer acciones en áreas muy diversas. Su padre había sido agricultor, siderúrgico y profesional del sector servicios. Había fundado junto con Tomás Echeverría una sociedad de laminación y hornos eléctricos. Le transmitió a su hijo Antonio su espíritu tenaz e impetuoso, con las características propias del carácter navarro. “<em>Navarro tenías que ser</em>”, le decía afectuosamente su amigo Miguel Ucelay, por su ánimo  resuelto y decidido.</p>
<p>Su hermano Javier lo retrataba en el libro de recuerdos que recopiló su amigo José Miguel Sin y que se publicó tras su muerte bajo el título “Una vida al servicio de los demás” como un “siderúrgico nato”. Le recordaba como un cristiano cabal y un trabajador infatigable que exprimía el tiempo para “poder dedicarse más (¡más todavía!) a sus labores apostólicas” y sostenerlas económicamente.</p>
<p>El Presidente de la Federación de Empresarios del Metal de Zaragoza hizo un perfil de su personalidad entrelazando esta serie de calificativos: “Espiritual, pragmático, creador de riqueza, emprendedor nato, empresario, inversor, industrial, trabajador, duro, flexible, amigo, bueno, comprometido”.</p>
<p class="Estilo14"><strong>Comprometido</strong></p>
<p>Comprometido: no es un calificativo al azar en el caso de Antonio. Este ingeniero estaba hondamente comprometido, tanto humana como espiritualmente. En lo humano, comprometido con el servicio y el bienestar de sus conciudadanos; en lo espiritual, con el mensaje cristiano: había pedido la admisión como miembro numerario del Opus Dei en los primeros años de la posguerra española, el 15 de junio de 1944, cuando estudiaba en Madrid y vivía en la Residenciade Estudiantes de la calle Jenner, un empeño apostólico impulsado directamente por san Josemaría.</p>
<p>Su religiosidad era muy profunda y sencilla, como él mismo. Tenía una honda devoción a la Virgen del Pilar, como recuerda Luis Montuenga, que era presidente de una “Fundación para la Juventud” dedicada a conseguir becas de estudio para jóvenes de escasos recursos, con la que Antonio colaboraba.</p>
<p>“Brilló siempre por su gran señorío y humildad –subraya Montuenga-; siendo uno delos donantes más importantes al patrimonio de la Fundación nunca quiso destacarse: su opinión –a no ser que alguien explícitamente la solicitara- no se imponía”.</p>
<p>A lo largo de su vida se esforzó por vivir cristianamente en la profesión y en el lugar donde Dios le había puesto: como empresario de la siderúrgica familiar en Zaragoza.</p>
<p>Los testimonios tras su muerte fueron unánimes: había hecho en aquella ciudad, entre los trabajadores, los empresarios, los amigos, los conocidos, una gran siembra de santidad y de concordia. Muchos no dudaban en calificarle como un hombre santo.</p>
<p>“Fue externamente –escribe el catedrático Casas Torres-, cuando hacía falta, un hombre serio –y sin embargo siempre internamente alegre-, inteligentísimo, olvidado por completo de sí mismo, pronto a servir a todos, pendiente de todos y de todo, cordial, de gran corazón, muy sencillo en su trato y muy humilde –sin pretenderlo ni darse cuenta de que lo era-, que vivía con total naturalidad, con la ayuda de Dios, el <em>no vine a ser servido sino a servir</em>. Un hombre de empresa ejemplar”.</p>
<p class="Estilo14"><strong>Una vida “sin grandes anécdotas”</strong></p>
<p>En la existencia de este empresario no hay grandes anécdotas: discurrió de forma tan serena y sencilla como su carácter. Al acabar la carrera, en 1952, se trasladó a Zaragoza para dirigir la siderurgia familiar y allí residió hasta su muerte. Destacó –sin que él se propusiera “destacar”- por su admirable “<em>unidad de vida</em>”: sabía fundir sus afanes profesionales con la presencia de Dios y con un fuerte deseo de acercar a los demás al Señor. “Su vida la sentimos todos como una permanente oración”, escribió el catedrático Martínez Gil.</p>
<p>“Supo hacer compatible –señalaba otro catedrático, Ramón Llamas- ser un excelente profesional en su campo con dedicar mucho, muchísimo tiempo, a sacar adelante el Opus Dei en Zaragoza. Y todo ello con una singular sencillez, sin darle importancia, procurando pasar inadvertido, como si eso fuese lo más natural del mundo”.</p>
<p>Una existencia sencilla: un conjunto de días y días de trabajo intenso en la fábrica, de horas y horas de trabajo y oración. La oración era la fuente de su impulso evangelizador, siempre fiel al carisma de san Josemaría. Entre las enseñanzas de este santo, Llamas destaca una “que Antonio vivió especialmente bien: la de ser sembrador de paz y de alegría entre todos los que le rodeaban”.</p>
<p>Era un hombre alto, sencillo, parco en gestos, con un tono de voz muy bajo. Y del mismo modo, casi en voz baja, sin llamar la atención, se esforzó por vivir su vocación bautismal.</p>
<p>Aunque habría que matizar, quizá, esta expresión. Aunque este empresario no quisiese llamar la atención, lo hizo, a pesar suya. A muchos de los que le conocieron –y así lo manifestaron algunos, tras su muerte, en los medios de comunicación- les llamó poderosamente la atención su espíritu de oración y penitencia, su afán apostólico y su gran amor a la pobreza cristiana, que se traducía en la sobriedad personal que marcó su estilo de vida. Sentenciaba un antiguo presidente de la Diputación General de Aragón: “era ejemplarmente austero”.</p>
<p>“Jamás vi un signo de lujo o de ostentación –escribía Chavarría en este mismo sentido- y en estos tiempos en los que nos creamos necesidades superfluas, pienso que él prescindía incluso de parte de lo poco que necesitaba”.</p>
<p>Su sobriedad era patente: en su forma de vestir, en sus gastos, en el vehículo que utilizaba. Esa sobriedad le acompañó hasta el último momento: aunque era un gran empresario que había dado trabajo y bienestar a muchos cientos de trabajadores de su ciudad, el automóvil en el que murió era un vehículo en buen uso, pero llamativamente modesto.</p>
<p>Años atrás, cuando ese tipo de coche se había convertido casi en un objeto de museo, Antonio seguía usando un Seat 600, alegando que consumía poco y era fácil de aparcar. Era patente sin embargo que, entre otras razones, aquel coche debía resultar incómodo para una persona de su estatura. Al fin, lo cambió, a requerimientos de los demás, que le hicieron ver, entre otros argumentos, que ninguno de los trabajadores de su fábrica usaba un vehículo de ese tipo.</p>
<p class="Estilo14"><strong>El señor que limpiaba los ceniceros</strong></p>
<p>Antonio colaboró activamente con un empeño apostólico del Opus Dei: el Colegio Mayor Miraflores del Zaragoza, y acudía gustoso, siempre que le invitaban, a los coloquios con los universitarios en la sala estar de aquel centro universitario. Los estudiantes veían en él a uno de los grandes empresarios de la ciudad, al hombre que estaba dando trabajo a tantas familias. Era, sin duda, uno de los motores de prosperidad de la zona. Eso explica la sorpresa de uno de los asisentes. Al acabar uno de esos coloquios, comentó: “¡pero si es el mismo señor al que vi limpiando la semana pasada los ceniceros de la sala de estar!”.</p>
<p>“Siempre me impresionó tu porte y tu inteligencia –le decía Luís Fernández, en un artículo publicado en el <em>Periódico de Aragón</em>, escrito con estilo de carta abierta-: alto, enjuto, de mirada profunda y limpia; tu serenidad, tu discreción, tu comedimiento y modestia: cuando eras –eres- una de las personas más brillantes que he conocido”.</p>
<p>“Destacaban en Antonio sus desvelos por los jóvenes y las familias necesitadas” afirma Calvete. “Jamás se limitó al papel de “gran jefe” rodeado de papeles y recluido en su despacho –añade el historiador Orlandis, que le trató con asiduidad-. La tentación permanente, que nunca rechazó, era bajar a la gran nave de máquinas y allí se sentía a sus anchas entre hornos eléctricos y trenes de laminación, conviviendo con los trabajadores, formándoles en su oficio y enseñándoles a ser buenos profesionales. Esa determinación tan propia de afrontar personalmente las emergencias más comprometidas estuvo a punto de costarle la vida cuando una descarga eléctrica de treinta mil voltios le entró por la mano derecha y recorrió el brazo causándole lesiones muy graves”.</p>
<p>A consecuencia de esa descarga, acaecida el 26 de abril de 1956 –descarga que recibió porque quiso correr el riesgo personalmente de encontrar una avería de la alimentación eléctrica (riesgo que podía haber delegado en un trabajador)- Antonio estuvo un mes, como recuerda Casas Torres “en cama –sin una queja- en una clínica, sin otro tratamiento más que frecuentes lavados con aceite de olivaen toda la parte de su cuerpo afectada por las quemaduras. La cadena metálica de su reloj de pulsera se fundió por completo y le dejó una cicatriz indeleble. En la cabecera de su cama, durante los treinta días de hospitalización, encontrábamos cada mañana a una persona venerable y serena, don Antonio, su padre, ciego desde hacía varios años, y a una señora activa y resuelta, toda corazón y energía, doña María Gambarte, su madre”.</p>
<p class="Estilo14"><strong>Horas difíciles</strong></p>
<p>En 1965, tras el fallecimiento de su padre, asumió la presidencia de su empresa, en la que renovó el equipo, logrando unos perfiles de alta calidad y abriéndose al mercado exterior con sus exportaciones. Formó parte, además, de los consejos de administración de numerosas empresas, como el Banco de Aragón, Giesa, TAIM, Siderúrgicos Agrupados, Talleres Iserna Benavente, Cecofrisa, Rechasa, Abaco, Inmobiliaria Echevarría, Ryevasa, etcétera.</p>
<p>Como tantos empresarios, conoció horas difíciles en su fábrica. Tuvo que luchar denodadamente durante largo tiempo –arrastrando una salud frágil- para hacer viables algunas de las empresas que dirigía, especialmente en los años de reconversión industrial.</p>
<p>En esa época se cerraron muchas empresas. “Cerrar hubiera sido lo más cómodo para él –escribe Javier Arnal- y hasta podía justificarlo cualquiera, teniendo en cuenta su edad, su quebrantada salud y un largo etcétera. Sin embargo, un día me comentó que iba a intentar sacarla adelante [lo que consiguió] porque le pesaban los cientos de empleados y familias que se verían abocados al paro: lo había meditado profundamente. Pienso que probablemente 1983 fue el año más duro, en el terreno profesional, para Antonio. Le vi sufrir mucho, con frecuentes viajes, reuniones, noches en vela, consultas, estudios… pero con la firme determinación de poner todos los medios humanos y sobrenaturales para sacar adelante la empresa por el bien de tantas personas”.</p>
<p class="Estilo14"><strong>¿Acaso vas a tener un <em>cliente</em> más importante?</strong></p>
<p>“Atendía por igual y con el mismo interés –afirma Orlandis- a grandes empresarios que solicitaban de él orientación o consejo, y a personas de humilde condición social que le exponían sus carencias más apremiantes. ¡Cuántas horas de su vida gastó Antonio en resolver problemas ajenos, tanto personales como familiares y profesionales!”</p>
<p>“Pienso –escribía en el <em>Heraldo de Aragón</em> Miguel Ángel López-Madrazo, un empresario amigo suyo- que hasta los que le tratamos, hasta muchas de las personas y obreros que trabajaron con él, nunca abarcaron los verdaderos límites de su entrega; los más próximos quizá lo sospechen, pero ciertamente sólo él y Dios eran los verdaderos conocedores de esa relación amorosa que mantuvo con el Señor y practicó con sus hermanos hasta su muerte”.</p>
<p>Un alto ejecutivo le comentaba su dificultad para hacer oración entre el ajetreo del trabajo profesional: “”Mira, me respondió, ¿no tienes una secretaria particular?” “Sí…” le dije. “Pues cuando te veas agobiado por visitas o llamadas le dices: en media hora no estoy para nadie, que no me pasen llamadas, y te quedas solo con tu Dios. ¿Acaso vas a tener un cliente más importante? ¿Acaso podrás reunirte con un amigo mejor y más fiel?”</p>
<p>“Me insistía –recuerda Ruberte, un industrial, amigo suyo- en que la familia es lo más grande: atenderles en todo, dejar el trabajo, otros compromisos, estar con ellos; aunque yo le decía que me sentía incapaz en plena actividad de llegar a todo. Me dio muchos consejos: tener alegría; solucionar los temas (nunca considerarlos problemas); querer mucho a todo el mundo sea cual sea su ideal; cuidar el personal de la fábrica, los compañeros, los amigos, querer y querer a todos y ayudarles en todo lo posible; cuidado y cuidado en las comidas (mi trabajo me obliga a comer mucho fuera de casa). La velocidad en las carreteras, conducir siempre durante el día, nunca de noche. Hacía todas sus advertencias con un gran amor, con un espíritu altísimo, una bondad enorme, a tal punto que llegó a mentalizarme de que en todas mis actuaciones estuviera siempre el amor a Jesucristo”.</p>
<p>“Te conocí poco –puso por escrito el catedrático de Hidrología Francisco Javier Gil en su libro-homenaje que se publicó tras su muerte-, recordando cuando se conocieron en al Colegio Mayor Miraflores- pero te sentí profundamente. Para mí, como para tantos otros que tuvieron la suerte de compartir algo contigo, fuiste un regalo de la vida. Sin tú saberlo, has sido y sigues siendo una referencia en mi vida, una luminaria, un faro, en los momentos de desorientación”.</p>
<p>“¡Cuántas conversaciones íntimas! –puso por escrito en el libro de recuerdos sobre su vida un amigo suyo, académico- ¡Cuantas correcciones amables, exactas! Me enseñaste lo que era la maledicencia y cómo había que reparar, Me enseñaste unas veces con dureza, otras con cariño, a practicar la humildad, virtud ésta bastante desconocida para mí. Eran muchas las veces que, con un infinito cariño, reprendías al amigo y me decías: “…esas brusquedades, esas brusquedades”.</p>
<p>Continúa este amigo: “sabes que nunca he sido de la Obra, pero que siempre ha habido gentes de la Obra en la proximidad de mi vida, unas veces por razones laborales y otras sencillamente por un afecto incombustible nacido hacia ellas en mi etapa de Miraflores”.</p>
<p>“Todos te sentimos como un santo, como alguien que entendió con claridad meridiana el proyecto divino que había en él. Te sometiste a ese proyecto hasta convertirlo en la esencia de tu vida. Había en ti los talentos de la santidad y los pusiste a trabajar.</p>
<p>Elegiste el camino del amor. Un amor que practicaste con una humildad que nos desarmaba. Viéndote parecía incluso que eso de ser santo era cosa fácil. Sin palabras nos animabas a serlo.”.</p>
<p>“Confieso –concluía Casas Torres en su testimonio de amistad- que tengo una envidia muy grande de su vida y de su muerte”.</p>
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		<title>El &#8220;tono adolescente&#8221; y la gran rebeldía</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 18:39:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>catequesis</dc:creator>
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<p class="text" align="justify">Nunca como ahora se ha hablado tanto de la juventud; pero en gran medida son reflexiones de adultos, porque la juventud por sí misma tiende más a la acción que a la reflexión. El &#8220;tono adolescente y juvenil&#8221; de ciertas modas actuales -ropa, películas, gustos, expresiones-, lleva a veces a personas de edad a vestir como si tuvieran unos eternos diecisiete años. Ese &#8220;tono adolescente&#8221; generalizado es meramente formal: el mensaje materialista de esta sociedad, envuelto en ese celofán rutilante de &#8220;divertidos tonos juveniles&#8221;, hace tiempo que está podrido.</p>
<p class="text" align="justify">Frente a esta mentalidad acomodaticia se alza la verdadera rebeldía de la juventud: &#8220;¿por qué dudar -se preguntaba Berglar- de que así como hay jóvenes que son <em>capaces </em>de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son<em> capaces</em> de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza? No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posibilidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">La respuesta a la llamada de Dios es la gran rebeldía: rebeldía ante el pecado, ante el aburguesamiento, ante la tibieza, ante la falta de ideal. Esa llamada acontece con frecuencia no sólo en la juventud, sino antes, en la niñez, aunque sólo pueda llevarse a cabo años más tarde, conforme a las prudentes prescripciones canónicas de la Iglesia. Un escritor contemporáneo, Luis Rosales, refiere en un largo texto una llamada de Dios a los doce años:</p>
<p class="text" align="justify">&#8220;Así era ella. Se llamaba María para jugar y entretenerse en algo y era la más pequeña de nosotros. Doce años bien cumplidos, pelicastaños, joviales (&#8230;).</p>
<p class="text" align="justify">Jugaba siempre a tener alegría, a no dejar cosas por hacer, a vivir en mañana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandonáramos demasiado a ser hombres. Tenía los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el cañaveral de alegría.</p>
<p class="text" align="justify">-<em>Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo vocación y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento. </em>Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jugábamos con las columnas y los primos en el patio de casa. Aunque reía para nosotros, estaba disgustada porque a mí aquello del piano me pareció decisión para nunca. No sé lo que le dije; probablemente alguna tontería cuando no la recuerdo. Y ella siguió viviendo sus doce años como jugando al escondite con ellos; pero por las mañanas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo música celestial. Al principio, naturalmente, no consiguió que nadie tomara en serio su vocación. Todos culpábamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todavía tuvieran en los ojos alumbrado de gas. Nos decíamos, para quitarle importancia al asunto, que ellas debían haberla sonsacado, pero a sabiendas de que María no era fácil de sonsacar. Y así pasaron varios años.</p>
<p class="text" align="justify">Lo que más nos extrañaba al observarla, al conversar con ella, era advertir que no había habido ni el más ligero cambio en su carácter. Al contrario, la alegría se le fue haciendo más inmediata e irrestañable. Le nacía de más hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios seguían teniendo aquel desplante y aquella impávida terquedad de siempre. Dulce también lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisión que parecía subirse en una silla para ponernos los ojos en hora. Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burlón la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegué a saber que la tristeza no es cristiana (&#8230;).</p>
<p class="text" align="justify">-<em>Pero vamos a ver, María, ¿cómo estás tan segura, a tu edad, de tener vocación religiosa?</em> Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombrío. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risueña y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que está esperando la llegada del tren (&#8230;).</p>
<p class="text" align="justify">-<em>Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme</em>. Y no se equivocó. La vocación no se equivoca. Desde entonces todos los años que ha vivido se le reunieron en la luz de una mañana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perdíamos para siempre, no me dolieron sus palabras. Comencé a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel día ambos tenemos la misma edad: Hemos cumplido los mismos años de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocación: la certidumbre de estar pisando todavía sobre el último grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos -¿verdad, María?- que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocación&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">Esta larga cita revela una experiencia multisecular de la Iglesia: la respuesta a la llamada manifiesta la madurez de la persona entregada, que se expresa conforme a las características psicológicas propias de la edad. Por eso, no hay que contraponer estas manifestaciones frente a la entrega o la santidad. La madre de Jacinta y Francisco declaraba que sus hijos eran niños normales: &#8220;niños muy niños&#8221;. Sus hagiógrafos los presentan rezando a la Virgen y mortificándose por los pecadores, cantando casi sin parar, bailando, correteando y jugando, como todos los niños.</p>
<p class="text" align="justify">Los santos jóvenes fueron santos porque supieron vivir plenamente cara a Dios su juventud. Sabían que un santo triste es un triste santo y amaron heroicamente a Dios sin dejar de ser lo que eran: niños, jóvenes, con toda la alegría de su edad: ¿por qué no? Los padres de una chica española del Opus Dei, fallecida con fama de santidad, Montse Grases, evocaban en TVE la figura su hija y recordaban que había sido &#8220;de pequeña, muy revoltosa. Era una niña muy niña&#8221;. Su madre contaba cómo luego se convirtió en una joven &#8220;clara, transparente, sencilla y sin doblez&#8221;. Su padre corroboraba: &#8220;era una chica normal, con mucha serenidad&#8221;. Y sus amigas la recuerdan siempre sonriente, tocando la guitarra, jugando al baloncesto, haciendo excursiones con sus amigas: &#8220;muy deportista, muy vitalista&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">La mayoría de los santos jóvenes no fueron &#8220;jóvenes raros&#8221; sino jóvenes <em>extraordinarios en lo ordinario</em>. &#8220;Era tan normal -comentaba una amiga de Montserrat Grases- que cuando empezaron a pedir testigos de su vida, pensaba que no tenía nada extraordinario que declarar. Luego, con el transcurso de los años, la vida, la madurez, incluso la profesión -porque soy enfermera y trabajo en un centro médico-, me han hecho comprender que su normalidad era realmente extraordinaria. Porque que reaccionara así, en aquella adolescencia, una persona que sabía que tenía un cáncer de huesos, que tenía vida para poco tiempo&#8230; sin pensar en sí misma, preocupándose igualmente de los demás, sin cambiar de humor&#8230; Ha sido luego cuando he valorado realmente lo extraordinario de su comportamiento&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">Estos ejemplos nos muestran que los jóvenes santos vivieron la plenitud del Amor de Dios en la plenitud de su propia edad; y se cumplieron en ellos las palabras de la Escritura: <em>super senes intelexi</em>; entendieron a Dios mejor que los ancianos.</p>
<p class="text" align="justify">Por esa razón alentaba Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: &#8220;¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del mor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!”</p>
<p class="text" align="justify">El ideal cristiano de entrega desconcierta a ciertos sectores contemporáneos. Los jóvenes que se entregan a Dios <em>no están demasiado bien vistos</em>. No es nada nuevo: Carlos Borromeo comentaba que &#8220;no conviene desanimarse por habladurías de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo y luego que cada cual diga lo que quiera&#8221;. (Aunque a veces, no todo se queda en palabras: uno de sus detractores le disparó a quemarropa con un arcabuz mientras rezaba, afortunadamente sin consecuencias mortales. También a don Bosco, que opinaba de forma parecida, le dispararon, intentaron acuchillarle; y recurrieron al veneno; más tarde trataron de matarle a palos&#8230; Y estos casos no fueron los únicos).</p>
<p class="text" align="justify">En la vida de san Francisco de Sales, como en la de la mayoría de los santos, hay un largo capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. Desgraciadamente, muchas de las insidias que sufrieron provenían de personas que habían abandonado la vocación. San Franciscode Sales había logrado convertir de su mala vida a una talBellot, que tras pasar una temporada en el convento de la Visitación, regido por santa Juana de Chantal, volvió a sus andanzas y se convirtió en la amante de un señor de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó dimensiones colosales. San Francisco intentó hacerla cambiar, al principio privadamente; pero luego no tuvo más remedio que hablar del escándalo desde el púlpito.</p>
<p class="text" align="justify">La reacción no se hizo esperar: el amante de la Bellot, despechado, falsificó la letra del santoy puso en circulación -mediante una trama de engaños- una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad haciéndose cruces. Las calumnias y las habladurías fueron en aumento y un día apareció un cartel sobre la puerta del convento que decía: &#8220;serrallo del Obispo de Ginebra&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">Un amigo, indignado por todo aquello, quiso batirse en duelo con el que había escrito aquellas falsedades. San Francisco se lo impidió: &#8220;tenía por principio –escribe su biógrafo- que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero que si la acusación se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio&#8221;. Así que le dijo a su amigo que él no era el autor de aquella carta y se quedó tan tranquilo. Juana de Chantal, de carácter fogoso y vehemente, no comprendía aquella tranquilidad; quería denunciar a los falsificadores y llevarlos hasta los tribunales.</p>
<p class="text" align="justify">El santo la calmó. Había que rezar por ellos y perdonarles. Un día se encontró con el autor del cartel y le dijo: &#8220;Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no hace falta que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">Historias semejantes podrían contarse de Tomás Moro, Pedro Claver, del Cura de Ars o Teresa de Ávila . Realmente, no ha habido santo libre de murmuraciones, trapisondas y enredos. Y no han sido sólo cosa de los comienzos de la Iglesia o frutos pasajeros de un momento. La murmuración se ha ensañado con almas de reconocida santidad. Un mediodía caluroso la chusma de Roma contempló un espectáculo inesperado: dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi, hacia las prisiones del Santo Oficio. Le habían detenido de repente, al mediodía, sin darle tiempo a ponerse el sombrero. Andaba incierto, encorvado y tambaleante. Se llamaba José de Calasanz.</p>
<p class="text" align="justify">El despecho murmurador llegó en el siglo diecinueve hasta Ars, una aldea miserable, donde un humilde párroco conmovía a toda Francia con su amor a Dios. &#8220;Durante este tiempo -escribía- vivía esperando que de un momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo&#8221;.</p>
<p class="text" align="justify">¿Causas de la murmuración? ¿La envidia? ¿El despecho? Es imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones contra los que se entregan a Dios. Murmuraciones de ese tipo llegaron hasta la corte de Isabel II. Se cuchicheaba en todos los corros palaciegos: &#8220;¿no sabes? la de Jorbalán, la mismísima vizcondesa de Jorbalán se ha vuelto loca: se dedica a reeducar mujeres de mala vida&#8221;. Y no faltaban las suposiciones maliciosas: ¿y no será que en vez de reeducarlas lo que hace es&#8230;?&#8221;</p>
<p class="text" align="justify">Hasta que una <em>persona prudente</em>, un marqués amigo de la vizcondesa de Jorbalán –santa Micaela- se la encontró en la antesala de un ministerio, y empezó a gritarle: &#8220;Pero, ¿es posible que haya perdido usted la cabeza hasta ese punto? Déjese de tonterías, vuélvase a los suyos, que están desconsolados con sus locuras y no le busque Vd. cinco pies al gato&#8230;&#8221; Afortunadamente, la santa no le hizo demasiado caso.</p>
<p>Esas murmuraciones contra las almas entregadas a Dios no parecen descansar nunca, ni arredrarse ante la santidad más floreciente: con motivo del centenario de la muerte de san Juan Bosco, algún articulista italiano intentó derramar sobre su vida santa, que tantos frutos ha dado a la Iglesia, las sospechas más torpes y las calumnias más bajas. Y esto mismo le pasó en vida a santa Teresa –a la que acusaron de todo durante sus andanzas por Castilla- y le ha seguido pasando en estas últimas décadas, cuando ciertos &#8220;analistas&#8221; la han querido presentar como una neurótica y&#8230; ¿para qué seguir?</p>
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		<title>Conviene ayudar a los jóvenes para:</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Oct 2009 09:40:13 +0000</pubDate>
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<li> que se sepan y  sientan hijos de Dios.</li>
</ul>
<ul>
<li>que sean conscientes de que no pueden avanzar sin la ayuda de la gracia &#8220;sin mí no podéis hacer nada&#8221; (Io. 15, 5).</li>
<li>que actúen como hermanos de todos los hombres.</li>
<li>que vayan realizando su ideal en lo pequeño, día a día, sin desánimos. La santidad no consiste en lograr una meta, sino en esforzarse <strong>en lo pequeño por amor a Dios</strong>.</li>
<li>hacerles ver la necesidad de <strong>vivir habitualmente en gracia de Dios</strong>.</li>
<li>ayudarles a comenzar y recomenzar en su vida cristiana, acudiendo al sacramento de la Reconciliación.</li>
</ul>
<blockquote><p>&#8220;Cristo ha instituido el Sacramento de la Confesión para liberar el corazón de oscuridad, para levantarlo tras los tropiezos; para volver al hombre a la vida de la gracia cuando la hubiera perdido por el pecado mortal y para perdonarle también sus pecados veniales; para que pueda vencer la inclinación al pecado, para que en él sólo habite Dios (&#8230;).</p>
<p>Con la confesión no desaparecen las dificultades de esta vida, que es una prueba, pero sí se anula la asfixia de la tristeza, esos nubarrones negros que hacen de la vida un túnel. Pone en el corazón la esperanza, con la fe y con el amor, y da fuerzas para continuar, volviendo siempre a empezar&#8221; (<span class="Estilo22">Juan Pablo II </span>a los universitarios, p. 49, Eunsa, Pamplona 1980).</p></blockquote>
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		<title>Por lo que se refiere al facilitamiento de la sinceridad</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Oct 2009 08:50:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>catequesis</dc:creator>
				<category><![CDATA[FORMACION CRISTIANA-CONOCIMIENTO FE]]></category>
		<category><![CDATA[amor a dios]]></category>
		<category><![CDATA[bromas ironicas]]></category>
		<category><![CDATA[delicadeza formacion]]></category>
		<category><![CDATA[esperanza cristiana]]></category>
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		<description><![CDATA[— ¿Doy consejos a los jóvenes acerca de la vida cristiana en frío, sin procurar encender antes sus almas en amor a Dios? — ¿Mi forma de hablar facilita la sinceridad? ¿Suelo pedir permiso, con delicadeza (“Perdóname, me gustaría sugerirte&#8230;”) o utilizo fórmulas autoritarias y categorícas? — ¿Uso la ironía, o hago esas bromas irónicas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>— ¿Doy consejos a los jóvenes acerca de la vida cristiana en <em>frío</em>, sin procurar encender antes sus almas en amor a Dios?</p>
<p>— ¿Mi forma de hablar  facilita la sinceridad? ¿Suelo pedir permiso, con delicadeza (“<em>Perdóname, me gustaría sugerirte&#8230;</em>”) o utilizo fórmulas autoritarias y categorícas?</p>
<p>— ¿Uso la ironía, o hago esas bromas irónicas que crean tantas distancias entre los jóvenes y sus padres y educadores?</p>
<p>— Cuando hablo con los jóvenes de vida cristiana, ¿se sienten comprendidos, animados, alentados?</p>
<p>— ¿Se dar muestras patentes y <strong>sinceras</strong> de confianza, o tiendo a pensar: <em>éste me está engañando; yo ya me las sé todas</em>?</p>
<p>— ¿Pongo interiormente etiquetas simplistas, o trato a los jóvenes como <em>simples casos</em>? (<em>Este hijo mío es un caso&#8230;</em>)</p>
<p>— ¿Expongo el mensaje cristiano con franqueza, o sigo procedimientos tan <em>tácticos</em> como artificiosos?</p>
<p>— ¿Transmito la verdadera esperanza cristiana? ¿Ayudo a esos jóvenes que <em>no saben qué hacer con sus miserias</em>, para que se sirvan de ellas para amar más a Dios?</p>
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		<title>Paciencia con los demás</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Oct 2009 07:26:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>catequesis</dc:creator>
				<category><![CDATA[RECIEDUMBRE-FORTALEZA-LEALTAD HUMANA-FIDELIDAD]]></category>
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		<description><![CDATA[El cristiano debe esforzarse en vivir la paciencia con los demás, que es fruto del amor a Dios y de la caridad. Es muy necesaria para la convivencia.San Pablo: &#8220;la caridad es paciente, es servicial&#8230; no se irrita, no piensa mal&#8221; (1 Co. 13, 4-5). No hay que olvidar que con frecuencia los defectos (reales [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="Estilo16">
<ul>
<li>El cristiano debe esforzarse en vivir la paciencia con los demás, que es fruto del amor a Dios y de la caridad. Es muy necesaria para la convivencia.<span class="Estilo17">San Pablo:</span> &#8220;la caridad es paciente, es servicial&#8230; no se irrita, no piensa mal&#8221; (1 Co. 13, 4-5)<strong>. </strong>
<p>No hay que olvidar que con frecuencia los defectos (reales o supuestos) que más nos molestan de los demás son los defectos que nosotros mismos tenemos y en un grado aún mayor.<strong></strong></li>
</ul>
<blockquote><p>Esa paciencia -con los defectos propios y ajenos-puede costar, cuando los defectos se repiten a diario. Esta virtud nos lleva a perdonar una y otra vez, con generosidad, sin caer en la crítica o en el distanciamiento.</p>
<p>Unas veces habrá que corregir; y siempre, hay que saber sonreír, alentar y comprender.</p></blockquote>
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