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3. Amor a Cristo

No obstante, el celibato no puede ser definido únicamente de un modo negativo.

Si lo miramos tan sólo como una renuncia o negación, tendremos una percepción equivalente a la de aquél que, estando frente a un jardín, sólo ve la reja que lo cierra o de quien, al hablar del tenis, sólo piensa en el dolor muscular que este deporte puede causar. ¡Si actuáramos así, no habríamos comprendido nada de la belleza y de la grandeza del celibato cristiano!

Quien lo escoge, no se decide por una existencia fría y cruda. Por el contrario, elige una comunidad de amor especial: una vida con Cristo y con su Iglesia; él (o ella) demuestra que puede dirigir todo su amor a Dios. Por supuesto, renuncia a una determinada forma de realización del amor humano; pero renuncia por un amor más grande. ¡El valor de nuestro amor y de nuestro esfuerzo depende, sobre todo, de a quién amemos y por quién efectuamos ese esfuerzo! Y, en este caso, es el mismo Dios el objeto inmediato de todo nuestro amor y nuestro esfuerzo. San Agustín advierte a las mujeres consagradas: “Si vosotras les debierais un gran amor a vuestros maridos, ¿cuánto más amor debéis a Aquél por quien no tenéis marido?”[3]

El teólogo José Arquer señala: “Para ser lo que debe ser, (el celibato cristiano) tiene que ser vida en común con Dios, entrega consciente a Dios. Hacia afuera, parece una renuncia; en sí mismo, es íntima oración incesante”.[4]

Como sabemos, el matrimonio se funda también en el misterio de la alianza de Cristo con su Iglesia. Pero no es el mismo esa relación, sino que sólo la representa. Mediante la decisión de vivir el celibato, el hombre y la mujer se encuentran en cierta forma incorporados en el misterio de esa relación esponsal.[5] El mysterium caritatis que, en el matrimonio está sólo insinuado, se encaja directamente en su vida y permite su plenitud a un nivel muy superior al natural. El hombre y la mujer viven una entrega total a un Tú, una relación directa entre Tú y yo, no a través de otra persona humana. Como personas, se unen al Cristo vivo y presente, en una relación directa e inmediata sólo con Dios.

El Papa Juan Pablo II lo señala con claridad: “Dejarlo todo y seguir a Cristo … no puede compararse con el simple quedarse soltero o célibe, pues la virginidad no se limita únicamente al ínoí, sino que contiene un profundo ísíí en el orden esponsal: el entregarse por amor, de un modo total e indiviso”.[6] Quien vive el celibato, lo hace porque ha descubierto que Dios le ha querido por sí mismo y él (o ella) responde a ese amor divino con todas las energías del alma y del cuerpo.

“La persona que se sabe tan amada por Dios, se entrega sólo a El”.[7] Su seguimiento de Cristo es radical. El celibato cristiano no tiene nada que ver con la mera soltería, tal vez involuntaria y que es llevada como un lastre, así como la virtud cristiana de la pobreza, tampoco tiene nada que ver con la miseria real, dolorosa e involuntaria.

En algunos ambientes, se considera moderno considerar tales pensamientos como una extravagancia idealista. Sin embargo, ello no nos puede paralizar. Debemos tener presente que, al inicio de la “explosión apostólica” que tuvo lugar en los primeros siglos del Cristianismo, era natural que muchas personas escogieran el celibato.[8] En la joven Iglesia, el celibato era considerado como un luminoso testimonio de fe, comparable al martirio. En aquel entonces, se veía en él una expresión del amor a Cristo, de la vitalidad del Pueblo de Dios.

[3] Aurelius Augustinus, cit. en Josef Arquer, “ZšlibatŠr leben bringt doch überhaupt nichts!. Die charismathische Ehelosigkeit und ihre Bedeutung für die Gesamtkirche”, en Michael Müller (editor), “Kirche und Sex”, Aachen 1994, p. 262.

[4] Arquer, loc. cit.

[5] Cfr. Juan Pablo II: Carta apostólica “Mulieris Dignitatem”, 1988, N¡ 20.

[6] Juan Pablo II, loc. cit.

[7] Karol Wojtyla, “Liebe und Verantwortung”, München 1979, p. 218.

[8] Cfr. Marc TrŽmeau, “Der gottgeweihte Zšlibat”, Wien 1981, pp. 17-30.