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Dos buenos amigos del siglo IV: Alipio y Agustín

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En la vida de Agustín, nacido en el 354, en el siglo IV, la amistad ocupó un lugar excepcional. El gran amigo de su vida fue su paisano Alipio.

“Era como yo, de Tagaste -cuenta en su autobiografía, Las Confesiones– y procedía de una de las familias más conocidas de la ciudad… Me apreciaba muchísimo porque me consideraba un hombre honrado y culto; y yo también le quería mucho, porque él sí que era verdaderamente un hombre bueno”.

Alipio era un hombre bueno, como señala Agustín, pero en aquellos momentos estaba dominado por un gran vicio: los juegos del Circo. Su amigo y profesor Agustín -aún sin ser cristiano- hacía lo posible para apartarle de aquellos juegos degradantes, sin conseguirlo. Hasta que un día, durante una clase, Agustín comenzó a criticar abiertamente unas diversiones que embrutecían a tantos jóvenes de la ciudad. “Yo no tenía la intención -contaba Agustín- de corregirle; pero él se creyó que lo había dicho pensando en él, y como era de carácter tan noble, en vez de enfadarse conmigo, se enfadó consigo mismo; y a partir de entonces, me tuvo mucho más aprecio.”

Como suele suceder con frecuencia, aquella corrección, en vezde distanciarles, les unió más. Y tiempo después, cuando Agustín se planteó seriamente la posibilidad de bautizarse, su amigo Alipio tuvo una intervención decisiva en su vida.

Un día fue a visitarles un paisano suyo, Ponticiano, a la casa donde estaban Agustín y Alipio. Ponticiano era buen cristiano, y al ver que tenían en la casa un texto de san Pablo, les estuvo hablando de la fe. Sus palabras fueron el “detonante” para que Agustín se plantease seriamente la crisis de la conversión: tenía que decidirse a llevar, de una vez por todas, -se dijo- una vida decididamente cristiana. Su amigo Alipio, como de costumbre, le acompañaba.

“Nos sentamos lo más lejos posible de la casa. Yo gritaba en mi interior, enfurecido y con una rabia terrible”. Alipio se dio cuenta de que aquel era un momento decisivo en la vida de su amigo, y -cuenta Agustín- “sacando lo mejor de sí mismo, me habló de forma tan profunda, que vi en mi corazón toda la mezquidad de mi vida. Mi alma estalló en una gran tormenta, con un torrente de lágrimas, y me alejé todo lo que pude de él, para llorar en solitario”.

Tuvo lugar a continuación el conocido episodio de la conversión de Agustín, en la que escuchó una voz “Toma y lee”, y acudió al Evangelio. Tras leer el párrafo “Ve, vende todo lo que tienes…”, decidió convertirse.

Su amistad con Alipio fue un instrumento del que Dios se sirvió para acercarlos a los dos a la gracia de la fe. Nada más experimentar aquel cambio interior, Agustín corrió enseguida, como de costumbre, a contárselo a su amigo: “Me dijo entonces que le estaba pasando lo mismo, cosa que yo no sabía. Y comenzó a leer unas palabras que venían a continuación en las que yo no me había fijado: “Recibid al débil en la fe”.

Se aplicó aquellas palabras a sí mismo, y confortado por ellas, sin nigún tipo de turbación interior”, cuenta Agustín, Alipio decidió convertirse también.

Para conocer mejor la vida y la obra de San Agustín y de san Alipio