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Samuel Camhi, judío, benefactor, cooperador del Opus Dei

El hijo de Samuel Camhi relata la historia de su padre



Relato recogido por A. Rodríguez Pedrazuela en Un mar sin orillas (Rialp)

“Nació en Esmirna en 1900, con el siglo, en el seno de una pobre familia sefardita. Cuando tenía dos años murió su padre, Abraham Dozzetos, y su madre, Reyna Benchoam, decidió ir con sus tres hijos a Jerusalem, donde residía su hermano Moisés.

Allí se enfrentaron con graves problemas económicos. Y como el trabajo del hijo mayor, Rubén, nos les daba para subsistir, su madre decidió darlo en adopción, cuando tenía cuatro años, a un matrimonio sefardita: don Jacobo Camhi y doña Sol Levy.

Los Camhi habían perdido dos hijos y ya no podían tener más, y le dieron a papá todo el cariño del mundo, pero… aquella separación fue una herida que sangró siempre en su corazón.

Pocos años después, durante la Gran Guerra, enfermó gravemente: se contagió con la que llamaron la ‘gripe española’, y estuvo delirando durante casi dos semanas. Los Camhi tuvieron que vender su casa por un cuarto de su valor para salvarlo…

Durante esos años sufrió mucho: se le quedaron grabadas para siempre las imágenes de los niños desnutridos, con el rostro macilento, vagando por las calles de Jerusalem pidiendo un mendrugo de pan…

Él nunca sufrió a causa del hambre, pero sí por la falta de escuela. Y es que sólo pudo ir a unas clases que daban en la Alianza Francesa, que estaba patrocinada por el barón de Rothschild… Pero cuando los gobiernos turco y alemán ocuparon Jerusalem cerraron la escuela, porque era de origen francés. Y perdido una oportunidad de estudiar en París… Esa fue otra de las grandes frustraciones de su vida. Fue una desgracia, y otra, y otra…

A comienzos de los años 20 murieron don Jacobo y doña Sol. Se quedó otra vez solo. En esas circunstancias muchos se llenan de resentimiento. Él, no: ‘todos los años -escribió- en el día del perdón rezo en memoria de los dos padres y las dos madres en el templo’. Y se prometió a sí mismo: ‘¡Si alguna vez tengo dinero haré todo lo posible para ayudar a los niños necesitados!’

Y fue labrándose el futuro gracias a su trabajo y a su ingenio. Era un muchacho muy avispado: nos contaba que cuando doña Sol le daba dinero para comprar naranjas, se iba al mercado y regateaba, regateaba… hasta que las conseguía más baratas; luego las vendía, las compraba y las volvía a vender, hasta que regresaba a casa con las naranjas… ¡y algunos centavos para él!

Cuando se quedó solo decidió venirse a América, a la aventura… Llegó hasta Veracruz con la idea de instalarse en México, pero eran los tiempos de Plutarco Elías Calles y la revolución mexicana, y un doctor que conoció en el barco, don Mauricio Guzmán, le convenció para que viniese a Guatemala; y aquí llegó, sin nada, el 13 de septiembre de 1924.

Al principio comenzó a hacer viajes por la costa Norte y Sur vendiendo corbatas, pañuelos, cinchos… En 1927 puso una tienda pequeñita, en la esquina de la Quinta Avenida y Quince Calle, el Almacén {Mi Amigo}, y cuando el negocio comenzaba a marchar… se desató la crisis mundial de 1929, y se encontró con un déficit de 17.000 dólares.

Ya estaba dispuesto a declararse en quiebra, a pagar a los acreedores, y a liquidarlo todo en tres días, cuando una noche, cuando caminaba por la Sexta Avenida, vio que en el cine Palace, estaba dando una conferencia Habid Estéffano, un gran orador judío, sobre El Camino de la Vida. Y entró. Aquellas palabras cambiaron su existencia.

El Camino de la Vida

‘Había un Califa -contaba Habid- que al morir repartió su herencia entre sus cuatro hijos. Al mayor le dejó su caballo; al segundo, su lanza; al tercero su anillo; y al pequeño le dijo: A ti no tengo que darte. Pero éste le prometió: ¡No importa! ¡Yo lucharé! ¡Y con mi esfuerzo lo conseguiré todo! ¡Mi caballo, mi espada y mi anillo! Poco después se suscitó una guerra entre las tribus árabes y durante la lucha, cayó herido; y cuando ya se acercaba su enemigo, y se daba por vencido, recordó la promesa que había hecho a su padre; y se levantó, peleó y venció…’

Aquella historia le impresionó mucho y estuvo platicando con Habid, que le dijo: ¡Luchá! ¡Comenzá de nuevo! ¡Dile a tus acreedores que te den tiempo!’ Se llenó de optimismo; pidió dinero a un amigo que confió en su honradez, y siguió trabajando, con todas sus fuerzas, desde las siete de la mañana hasta las once de la noche. Y Dios le favoreció: en 1935 salió de todas sus deudas, y más tarde fundó un negocio de ropa de niños, otro de juguetes y una fábrica de tejidos.

El resto de la historia, don Antonio, ya la conoce usted: a comienzos de los años sesenta, don Salomon Elías, su apoderado, le presentó al doctor Cofiño, que le pidió unas becas para los universitarios de escasos recursos de Ciudad Vieja. Papá vio un camino abierto para ayudar a tantos muchachos que, como él, no podían estudiar por falta de medios, y se hizo muy amigo del doctor Cofiño. Tanto, que en casa le llamábamos ‘Tío Neto’. Llegaron a quererse como hermanos.

Poco después, don Julio Matheu le pidió que prestara una casa que tenía en la calle Martí para poner una escuela con obreros. Y así se comenzó Kinal. Y en 1963 le llevaron para que conociese Junkabal, en la zona tres, junto al basurero. Le enseñaron las clases de Cocina, de Primeros Auxilios, de Puericultura, de esas cosas…, y le contaron el problema que tenían: no alcanzaban para pagar el alquiler y se estaban planteando marcharse de allí… A papá le agradó ver la escuela tan cuidada y tan limpia. ‘Donde hay limpieza hay trabajo’, pensó, y les dijo:

-No se preocupen. Yo compro la casa. ¡Junkabal se quedará aquí!

Y no es que le sobrara el dinero. Lo hizo por generosidad, para ayudar a los demás. Pidió un préstamo y lo fue amortizando con las rentas que cobraba de unos terrenos. Llegó a hipotecar en garantía varias de sus tiendas; pero no le importó: sabía que aquello estaba en buenas manos. Y cuando creó la Fundación Samuel Camhi puso una condición expresa: que la formación moral de Junkabal se encomendase al Opus Dei.

‘¿Por qué hizo eso? -me preguntan a veces-. Ninguno de ustedes son católicos’. Es cierto, todos nosotros somos hebreos de raza y de religión; papá vivió y murió judío; pero sabía que de ese modo se garantizaba en Junkabal un ambiente sin discrimaciones. ‘Si allí está el Opus Dei -pensaba- habrá libertad religiosa’.

Hace tiempo hice una escultura para Junkabal: son dos manos que arropan y protegen a un niño desvalido. Son las manos de papá. Quise expresar cual era el oriente de su vida: ayudar a los que trabajan con los más necesitados.

En una ocasión visitó a Monseñor Escrivá, que le agradeció la ayuda que prestaba. Entonces papá le dijo: ‘Monseñor, yo quiero recordarle, en primer lugar, que no soy católico. Y en segundo lugar… ¡que soy judío!’ Pero para Monseñor eso no significaba ninguna barrera. ‘¡Ven a mis brazos!’ le dijo, mientras le abrazaba.

A partir de entonces Monseñor nos escribía siempre; por el cumpleaños de papá o en fechas especiales. Y afirmaba papá que nunca nadie le había tratado con tanto cariño.

Ahora, cuando pienso en su vida, comprendo su alegría cuando se inauguró Junkabal: había cumplido, por fin, la promesa de su niñez. Fue, sin duda, uno de los días más felices de su vida”

Fue el 15 de mayo de 1971, y asistieron al acto el Cardenal Casariego, Kyra Nuila, la directora del Centro, Olga de Mirón, la presidenta del Patronato, y ¿cómo no?, el doctor Cofiño que hizo un florido elogio de su amigo Samuel:

-Don Samuel -dijo el doctor- ha sido un comerciante de clara visión, que ha logrado llevar mucho dinero a su caja de caudales… Pero esos caudales han ido saliendo por la puerta de su corazón para hacer buenas obras: lleva pan donde hay hambre; alegría donde hay lágrimas; y posibilidad de mejoramiento donde se necesita, como en esta escuela de Junkabal. Por eso, cuando conoció el espíritu de servicio que anima las obras del Opus Dei, cuando conoció Junkabal, se enamoró de esta iniciativa y desde 1964 ha prestado toda su colaboración. Gracias a don Samuel hemos terminado Junkabal, destinada a todos los que aspiran a mejorar, sin tomar en cuenta diferencias de raza, condiciones sociales, económicas o religiosas.

Ha cumplido aquí lo que se prometió en Jerusalén, cuando era niño, demostrando que tiene un gran corazón; y que un hombre vale lo que vale su corazón.

Don Samuel le escuchaba emocionado. Y se le saltaron las lágrimas cuando se descubrió una placa, en bronce oscuro, junto al gran patio con arcadas de ladrillo, donde se lee:

Fundación Samuel Camhi

El Patronato, las profesoras

y las alumnas de Junkabal

a

DON SAMUEL CAMHI

En homenaje perenne

por su generosidad, altruismo

sensibilidad social y desvelo

por la juventud.

“Este día es muy especial para mí -comentó don Samuel al descubrir la placa- porque Dios me ha dado la vida y la oportunidad de poder cumplir mis promesas de ayudar a los pobres.

Agradezco de todo corazón lo que he recibido del Divino Creador del Universo.

Los hebreos y los católicos deben cumplir con el mandato divino: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’.

El egoísmo humano impide tantas veces que se cumpla; pero si todos pudiéramos disminuir el egoísmo y amarnos más, el mundo cambiaría”.