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4. Amistad:

lleva a ser amigo siempre, “a las duras y las maduras”, a ser leal en situaciones difíciles; a no utilizar, no instrumentalizar la amistad para beneficio personal, porque la amistad es un bien en sí misma. (Soy amigo de éste de mi clase para conseguir que me invite a la casa que tiene en la playa).

La amistad lleva a compartir, a comunicar. No es buen amigo, por ejemplo, el que celebra los cumpleaños de los demás, pero no quiere que le celebren a él: la amistad se goza sobre todo en el gozo del otro.

La amistad lleva a seguir cultivando los lazos de afecto con el paso del tiempo, sin perder amigos por simple abandono. Exige aprender a comunicarse, a saber compartir alegrías y penas (y no sólo una de estas dos posibilidades).

Cuando uno es amigo de sí mismo,
lo es también de todo el mundo.

Séneca

La Iglesia: la evangelización del mundo y la amistad

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La Iglesia recomendó en el Vaticano II el cultivo de la verdadera amistad

«A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres» (Decreto sobre el apostolado de los laicos, 3).

Un medio para la realización de esta tarea es la amistad personal: «De este modo, ayudándose unos a otros espiritualmente por la amistad y la comunicación de experiencias, se preparan para superar los inconvenientes de una vida y de un trabajo demasiado aislados y para producir frutos mayores en el apostolado» (1. c., 17).

El cristiano debe estar siempre alegre

siemprealegre_clip_image002JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL Miércoles 12 de febrero de 1986


Queridos hermanos y hermanas:

1. Antes de exponer un breve pensamiento sugerido por la liturgia del Miércoles de Ceniza, quiero manifestar mi viva gratitud a Dios, que ha sostenido mis pasos por los caminos de la noble nación India y me ha concedido visitar, en 14 ciudades de ese inmenso país asiático, a muchos hermanos y hermanas en la fe reforzando, a la vez, el diálogo con las religiones no cristianas del lugar.

Doy las gracias a los obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos por el interés con que han preparado a los cristianos para estos encuentros de fe y de alegría; expreso mi deferente gratitud a las autoridades civiles; quedo muy agradecido además a los representantes de las otras religiones por la cortés acogida; doy las gracias en particular al buen pueblo indio, del que he apreciado el tradicional sentido de hospitalidad y religiosidad.

Me reservo volver sobre este tema en la próxima audiencia general, después de practicar los ejercicios espirituales.

2. El “Miércoles de Ceniza” está marcado tradicionalmente por dos prácticas entrañables a la piedad cristiana: la imposición de la ceniza y el ayuno: dos gestos que afectan al cuerpo, pero que llegan al espíritu. Dos gestos significativos, que representan una realidad interior. Ayunar de alimentos, ayunar de pasiones, ayunar de las vanidades del mundo que pasa, para una toma de conciencia más clara de nuestra condición de pecadores, de criaturas necesitadas de Dios: necesitadas de convertirnos a Él, que es nuestra verdadera alegría. Dios, bien infinito y que no pasa.

Este es, pues, un “tiempo saludable”, en el que estamos invitados a entrar de nuevo en nosotros mismos, para volver a descubrir los valores verdaderos sobre los que se debe apoyar nuestra vida. Es un tiempo de reflexión y de profundización, en el que cada uno debe comprometerse a una valiente revisión de vida, que le permita tomar conciencia de los varios puntos en los que su conducta no está en sintonía con el Evangelio. La finalidad, en definitiva, es dar a la propia vida una impronta más cristiana, reafirmando el primado del espíritu con relación a una materia que con frecuencia nos domina demasiado.

En particular, la Cuaresma que comienza hoy nos invita a escuchar humildemente estas severas palabras del Apóstol Santiago: “Lavaos las manos, pecadores, y purificad vuestros corazones, almas insinceras. Sentid vuestras miserias, llorad y lamentaos; conviértase en llanto vuestra risa, y vuestra alegría en tristeza. Humillaos delante del Señor y Él os ensalzará” (Sant 4, 8-10). No escapemos a esta llamada. Todos estamos implicados. Y más aún, seremos tanto más aceptos al Señor, cuanto más sintamos esta llamada como dirigida a nosotros.

La Cuaresma nos invita a reflexionar de modo especial en torno a nuestra fragilidad, en torno a nuestro “ser polvo” y en torno a la precariedad de los bienes terrenos, sobre los que resultaría vano querer basar nuestra felicidad, la que, por el contrario, sólo se encuentra en nuestra relación de sinceridad y de amistad con Dios, bien verdaderamente sumo y absoluto.

La Cuaresma nos invita a dolernos y arrepentirnos por que nos hemos alejado de Dios. Nos exhorta a tornar a Él. Nos invita a tomar conciencia de los efectos dolorosos y hasta trágicos de esta separación de Él.

3. La Cuaresma nos sugiere sentimientos de saludable aflicción. Nos hace recordar que Jesús llama “bienaventurados a los afligidos” (Mt 5, 4), y amenaza con la condenación, por el contrario, a los que ahora están “saciados” y “ríen” (cf. Lc 6, 25). ¿Esto por qué? Porque el dolor, vivido como arrepentimiento y expiación, lleva a la salvación y a la bienaventuranza; mientras que la alegría necia del que no sabe elevar la mirada más allá de este mundo, llevará al “llanto” amargo e inconsolable de la perdición eterna (cf. Mt 8, 12; 13, 42, etc.).

La Cuaresma es ocasión propicia para interrogarnos sobre la calidad y el motivo de nuestras alegrías. Para aclarar si nacen de una tensión y conversión a Dios, o de un ilusorio contentarse y apoltronarse en perspectivas secularistas y terrenas.

La Cuaresma nos invita a dolernos, esperando en la misericordia del Padre y haciendo nuestra la obra redentora del Hijo. Entonces, el dolor se mitiga con la esperanza de que, escuchando el Evangelio y haciendo obras de penitencia, conseguiremos el perdón divino y alejaremos los merecidos castigos. Los alejaremos para nosotros y para el prójimo.

El cristiano, como nos exhorta San Pablo (1Tes 5, 16), debe estar siempre alegre. Pero la alegría cristiana no es huida de las propias responsabilidades. No es un aturdirse con los placeres fugaces del presente. La alegría cristiana consiste en encontrar la propia dignidad perdida, tras haber entrado de nuevo en nosotros mismos y haber escuchado la Palabra de Cristo. La Cuaresma es el tiempo apto para llevar a cabo esta recuperación, este nuevo encuentro de nuestro “yo” auténtico. Nuevo encuentro que se da en una seria escucha de la invitación evangélica a la conversión. En un ejercicio ferviente de las obras de misericordia, que nos disponen a recibir misericordia.

4. La tradición espiritual nos enseña que las principales obras del tiempo cuaresmal son tres: la oración, la limosna y el ayuno. La oración nos llama a una relación más intensa con Dios. La limosna significa una atención más generosa a los hermanos necesitados. El ayuno representa un firme propósito de disciplina moral y de purificación interior.

Se trata evidentemente de aspectos esenciales de la vida cristiana y -como tales- necesarios en todo tiempo. Hay, sin embargo, los tiempos “fuertes”, que nos va presentando el desarrollo del año litúrgico: momentos en los que se nos exhorta a un compromiso más intenso y -con esta finalidad-, los ritos y textos sagrados nos ofrecen una mayor luz y una gracia más abundante.

Son tiempos en los que podemos y debemos acelerar el camino o -si lo hubiéramos abandonado- son tiempos propicios para emprender de nuevo dicho camino con fruto y buenos resultados. Aprovechamos, pues, este “tiempo favorable” (cf. 2Cor 6, 2). Este tiempo de misericordia.