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5. ¿Qué enseña la Iglesia sobre la dirección espiritual?

El Concilio Vaticano II recomienda el acompañamiento espiritual a todos: sacerdotes, religiosos y laicos que buscan la santidad en medio de los afanes del mundo.

  • El Catecismo de la Iglesia enseña en el punto 2695 que la “dirección espiritual” asegura en la Iglesia una ayuda para la oración.

Se lee en el punto 2690:

El Espíritu Santo da a ciertos fieles dones de sabiduría, de fe y de discernimiento dirigidos a este bien común que es la oración (dirección espiritual). Aquellos y aquellas que han sido dotados de tales dones son verdaderos servidores de la Tradición viva de la oración:

Por eso, el alma que quiere avanzar en la perfección, según el consejo de San Juan de la Cruz, debe “considerar bien entre qué manos se pone porque tal sea el maestro, tal será el discípulo; tal sea el padre, tal será el hijo”. Y añade: “No sólo el director debe ser sabio y prudente sino también experimentado… Si el guía espiritual no tiene experiencia de la vida espiritual, es incapaz de conducir por ella a las almas que Dios en todo caso llama, e incluso no las comprenderá” (Llama estrofa 3).

El corazón de la amistad


  • El corazón de la amistad es la donación desinteresada de uno mismo (tiempo, preocupaciones, intereses…).Como decía Aristóteles, “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”.
  • Los dos ejes fundamentales de la amistad son la confianza y la lealtad. La amistad verdadera lleva a abrir el corazón con el amigo, en una relación de igual a igual, donde cada uno da y comparte lo mejor que tiene.

Un amigo es una persona con la que se tiene especial confianza; con la que se habla en el mismo lenguaje, aunque se parta de presupuestos muy distintos. Dos amigos pueden ser cristianos los dos o no; pueden compartir la misma visión de la vida o no; pero si son amigos, compartirán la confianza y el afecto.

Un amigo es aquel al que se le pueden confiar secretos y preocupaciones; al que se le habla con franqueza.

La verdadera amistad se conquista con hechos y cuesta, porque exige darse a los demás, venciendo el egoísmo.

«El amigo verdadero no puede tener, para su amigo, dos caras: la amistad, si ha de ser leal y sincera, exige renuncias, rectitud, intercambio de favores, de servicios nobles y lícitos. El amigo es fuerte y sincero en la medida en que, de acuerdo con la prudencia sobrenatural, piensa generosamente en los demás, con personal sacrificio. Del amigo se espera la correspondencia al clima de confianza, que se establece con la verdadera amistad; se espera el reconocimiento de lo que- somos y, cuando sea necesaria, también la defensa clara y sin paliativos» (J. Escrivá, Carta, 11 mar. 1940, en “Amistad”,G.E.R).

  • La amistad es para siempre. Dice san Ambrosio que la amistad que puede acabar no fue nunca verdadera amistad (Tratado sobre los oficios de los ministros).
  • La amistad es costosa: hay que cultivarla y mantenerla en el tiempo; por eso el cristiano procura no perder amigos.
  • La amistad es desinteresada. Un amigo está a las duras y a las maduras: si la amistad no llega al sacrificio, no es verdadera amistad. Un amigo, por eso, no sirve para nada; es una persona a cuyo lado estamos y que está a nuestro lado. Un amigo no sirve para conseguir participar en un deporte, para formar parte de un equipo o para ampliar un círculo de conocidos. Un amigo no es un peldaño, un contacto, un medio
  • La amistad lleva a aprender a escuchar, a ponerse en la piel del otro, sin querer darle lecciones constantemente, aprendiendo de él todo lo bueno.
  • La verdadera amistad está llena de un profundo respeto a la libertad del otro, compatible con el deseo de ayudarle siempre.

La amistad lleva a comprender, disculpar, ayudar. “Ofrecemos incienso: los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar una vida noble, de la que se desprenda el bonus odor Christi, el perfume de Cristo. Impregnar nuestras palabras y acciones en el bonus odor, es sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las vidas de los demás hombres, para que nadie se encuentre o se sienta solo. Nuestra caridad ha de ser también cariño, calor humano”.(Es Cristo que pasa, En la epifanía del Señor, 36)