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Egoísmo y corazón

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La soberbia y el egoísmo humano –como fruto del pecado- se oponen a esa entrega del corazón, y empequeñecen el corazón y la capacidad de amar.

  • El hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, es la única criatura que Dios ha amado por si misma. Dios crea cada alma dándole un alma inmortal, capaz de recibir las gracias y dones de Dios.
  • Además, Dios le ha concedido al hombre un don que lo diviniza: el don de la filiación divina, por el que recibe la mayor dignidad imaginable: la dignidad de ser hijo de Dios.

  • Pero nuestros primeros padres rechazaron ese don, con el pecado original. Ese pecado, libremente cometido, generó nuestro sufrimiento y nuestra miseria.
  • Dios se compadeció de nuestra miseria y su Hijo se hizo hombre para redimirnos y salvarnos. La redención por Cristo nos da una gracia que cura las consecuencias del pecado y nos devuelve la dignidad de los hijos de Dios.

  • Es decir: Dios, que se hizo verdadero hombre sin dejar de ser Dios, nos quiere divinizar, sin que dejemos de ser hombres.

    Dice Santo Tomás: “El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres” (Opusc. 57 in festo Corporis Christi).

  • Debemos alegrarnos por la dignidad que Dios nos ha dado y disponernos a morir a nosotros mismos para vivir en Dios. Cristo debe entrar dentro de nuestro yo para liberarnos de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo y de nuestra soberbia.