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123. Dios ama al que da con alegría


Dentro de este marco del desprendimiento total que el Señor nos pide, os señalaré otro punto de particular importancia: la salud. Ahora, la mayor parte de vosotros sois jóvenes; atravesáis esa etapa formidable de plenitud de vida, que rebosa de energías. Pero pasa el tiempo, e inexorablemente empieza a notarse el desgaste físico; vienen después las limitaciones de la madurez, y por último los achaques de la ancianidad. Además, cualquiera de nosotros, en cualquier momento, puede caer enfermo o sufrir algún trastorno corporal.

Sólo si aprovechamos con rectitud -cristianamente- las épocas de bienestar físico, los tiempos buenos, aceptaremos también con alegría sobrenatural los sucesos que la gente equivocadamente califica de malos. Sin descender a demasiados detalles, deseo transmitiros mi personal experiencia. Mientras estamos enfermos, podemos ser cargantes: no me atienden bien, nadie se preocupa de mí, no me cuidan como merezco, ninguno me comprende…

El diablo, que anda siempre al acecho, ataca por cualquier flanco; y en la enfermedad, su táctica consiste en fomentar una especie de psicosis, que aparte de Dios, que amargue el ambiente, o que destruya ese tesoro de méritos que, para bien de todas las almas, se alcanza cuando se lleva con optimismo sobrenatural -¡cuando se ama!- el dolor. Por lo tanto, si es voluntad de Dios que nos alcance el zarpazo de la aflicción, tomadlo como señal de que nos considera maduros para asociarnos más estrechamente a su Cruz redentora.

Se requiere, pues, una preparación remota, hecha cada día con un santo desapego de uno mismo, para que nos dispongamos a sobrellevar con garbo -si el Señor lo permite- la enfermedad o la desventura. Servíos ya de las ocasiones normales, de alguna privación, del dolor en sus pequeñas manifestaciones habituales, de la mortificación, y poned en ejercicio las virtudes cristianas.

124. Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha. Precisamente porque no consiste la pobreza de espíritu en no tener, sino en estar de veras despegados, debemos permanecer atentos para no engañarnos con imaginarios motivos de fuerza mayor. Buscad lo suficiente, buscad lo que basta. Y no queráis más. Lo que pasa de ahí, es agobio, no alivio; apesadumbra, en vez de levantar .

Al descender a estos consejos, no me baso en situaciones extrañas, anormales o complicadas. Sé de uno que usaba, como registros para los libros, unos papeles en los que escribía algunas jaculatorias que le ayudaran a mantener la presencia de Dios. Y le entró el deseo de conservar con cariño aquel tesoro, hasta que se dio cuenta de que se estaba apegando a aquellos papelajos de nada. ¡Ya veis qué modelo de virtudes! No me importaría manifestaros todas mis miserias, si os sirviese para algo. He tirado un poco de la manta, porque quizá a ti te sucede otro tanto: tus libros, tu ropa, tu mesa, tus… ídolos de quincallería.

En casos como ésos, os recomiendo que consultéis a vuestro director espiritual, sin ánimo pueril ni escrupuloso. A veces bastará como remedio la pequeña mortificación de prescindir del uso de algo por una temporada corta. O, en otro orden, no pasa nada si un día renuncias al medio de transporte que habitualmente empleas, y entregas como limosna la cantidad que ahorras, aunque sea muy poco dinero. De todos modos, si tienes espíritu de desprendimiento, no dejarás de descubrir ocasiones continuas, discretas y eficaces, de ejercitarlo.

Después de abriros mi alma, necesito confesaros también que tengo un apegamiento al que no querría renunciar nunca: el de quereros de verdad a todos vosotros. Lo he aprendido del mejor Maestro, y me gustaría seguir fidelísimamente su ejemplo, amando sin límites a las almas, comenzando por los que me rodean. ¿No os conmueve esa caridad ardiente -¡ese cariño!- de Jesucristo, que utiliza el Evangelista para designar a uno de sus discípulos?: quem diligebat Iesus , aquel a quien El amaba.

125. Terminamos con una consideración que nos ofrece el Evangelio de la Misa de hoy: seis días antes de la Pascua, vino Jesús a Betania, donde había muerto Lázaro, a quien Jesús resucitó. Allí le prepararon una cena: servía Marta, y Lázaro era uno de los que estaban con El a la mesa. Entonces María tomó una libra de ungüento de nardo puro y de gran precio, y lo derramó sobre los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos, llenándose la casa de la fragancia del perfume. ¡Qué prueba tan clara de magnanimidad el derroche de María! Judas se lamenta de que se haya echado a perder un perfume que valía -con su codicia, ha hecho muy bien sus cálculos- por lo menos trescientos denarios .

El verdadero desprendimiento lleva a ser muy generosos con Dios y con nuestros hermanos; a moverse, a buscar recursos, a gastarse para ayudar a quienes pasan necesidad. No puede un cristiano conformarse con un trabajo que le permita ganar lo suficiente para vivir él y los suyos: su grandeza de corazón le impulsará a arrimar el hombro para sostener a los demás, por un motivo de caridad, y por un motivo de justicia, como escribía San Pablo a los de Roma: la Macedonia y la Acaya han tenido a bien hacer una colecta para socorrer a los pobres de entre los santos de Jerusalén. Así les ha parecido, y en verdad obligación les tienen. Porque si los gentiles han sido hecho partícipes de los bienes espirituales de los judíos, deben también aquéllos hacer partícipes a éstos de sus bienes temporales .

No seáis mezquinos ni tacaños con quien tan generosamente se ha excedido con nosotros, hasta entregarse totalmente, sin tasa. Pensad: ¿cuánto os cuesta -también económicamente- ser cristianos? Pero, sobre todo, no olvidéis que Dios ama al que da con alegría. Por lo demás, poderoso es el Señor para colmaros de todo bien, de suerte que, contentos siempre con tener en todas las cosas lo suficiente, estéis sobrados para ejercitar todo tipo de obras buenas .

Al acercarnos, durante esta Semana Santa, a los dolores de Jesucristo, vamos a pedir a la Santísima Virgen que, como Ella , sepamos también nosotros ponderar y conservar todas estas enseñanzas en nuestros corazones

ANUNCIO DE LA ALEGRIA CRISTIANA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO (Pablo VI)

La alegría cristiana es por esencia una participación espiritual de la alegría insondable, a la vez divina y humana, del Corazón de Jesucristo glorificado. Tan pronto como Dios Padre empieza a manifestar en la historia el designio amoroso que El había formado en Jesucristo, para realizarlo en la plenitud de los tiempos, esta alegría se anuncia misteriosamente en medio al Pueblo de Dios, aunque su identidad no es todavía desvelada.

Así Abrahán, nuestro Padres, elegido con miras al cumplimiento futuro de la Promesa, y esperando contra toda esperanza, recibe, en el nacimiento de su hijo Isaac, las primicias proféticas de esta alegría. Tal alegría se encuentra como transfigurada a través de una prueba de muerte, cuando su hijo único le es devuelto vivo, prefiguración de la resurrección de Aquel que ha de venir: el Hijo único de Dios, prometido para un sacrificio redentor. Abrahán exultó ante el pensamiento de ver el Día de Cristo, el Día de la salvación: él “lo vio y se alegró”.

La alegría de la salvación se amplía y se comunica luego a lo largo de la historia profética del antiguo Israel. Ella se mantiene y renace indefectiblemente a través de pruebas trágicas debidas a las infidelidades culpables del pueblo elegido y a las persecuciones exteriores que buscaban separarlo de su Dios. Esta alegría siempre amenazada y renaciente, es propia del pueblo nacido de Abrahán.

Se trata siempre de un experiencia exaltante de liberación y restauración -al menos anunciadas- que tienen su origen en el amor misericordioso de Dios para con su pueblo elegido, en cuyo favor El cumple, por pura gracia y poder milagrosos, las promesas de la Alianza. Tal es la alegría de la Promesa mosaica, la cual es como figura de la liberación escatológica que sería realizada por Jesucristo en el contexto pascual de la nueva y eterna Alianza.

Se trata también de la alegría actual, cantada tantas veces en los salmos: la de vivir con Dios y para Dios. Se trata finalmente y sobre todo, de la alegría gloriosa y sobrenatural, profetizada en favor de la nueva Jerusalén, rescatada del destierro y amada místicamente por Dios.

El sentido último de este desbordamiento inusitado del amor redentor no aparecerá sino en la hora de la nueva Pascua y del nuevo Exodo. Entonces el Pueblo de Dios será conducido, por medio de la muerte y resurrección de su Siervo doliente, de este mundo al Padre; de la Jerusalén figurativa de aquí abajo a la Jerusalén de lo alto: “Cuando tú estés abandonada, dolida y descuidada, yo te haré objeto de orgullo perennemente y motivo de alegría de edad en edad… Como un joven toma por esposa a una virgen, así tu autor te desposará, y como un marido se alegra de su esposa, tu Dios se alegrará de ti”