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Mucho se alegrará

Sin embargo, lo habitual es que tras una primera reacción negativa, si los hijos responden generosamente a su vocación, los padres acaben aceptándola y queriéndola, y sea para ellos fuente de gozo y de alegría. “Mucho se alegrará el padre del justo -dice la Sagrada Escritura- y el que engendró a un sabio se gozará en él. Alégrense, pues, tu padre y tu madre”.

Por citar un ejemplo de relativa actualidad: el cardenal Höffner comentaba en una entrevista la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos. “Un matrimonio -declaraba el Cardenal- escribe: ‘somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei’.

Otro padre escribe:

‘por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa. También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad. Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos. Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra'”.

Siguió leyendo testimonios que confirman la alegría de los padres y la gran unión espiritual, misteriosa y fortísima, que se establece, entre hijos y padres: “La madre de otro miembro me escribe: ‘mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. Nuestras relaciones son excelentes y yo estoy muy contento de que pertenezca a la Obra, pues sé que ahí le ayudan a vivir como cristiano’.

La madre de otro miembro me escribe: ‘mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. En este tiempo no se ha separado de nosotros… se ha convertido en una persona alegre con una profunda convicción religiosa. Mi marido y yo respetamos y estamos contentos con su camino’. En otra carta puede leerse: ‘como padres estamos muy, pero que muy agradecidos por el influjo positivo que ha ejercido y ejerce el Opus Dei sobre nuestros hijos'”.

Estos testimonios – extensibles a tantas instituciones de la Iglesia- confirman una realidad universal: el gozo de los padres -incluso de aquellos que se opusieron al principio tenazmente a la vocación de sus hijos- al verlos fieles en su camino.

En el invierno de 1856, Mamma Margarita cayó enferma. Viéndose morir, llamó a su hijo –don Bosco- y le dijo: “Bien sabe Dios, hijo mío, lo mucho que te he querido, pero espero quererte aún más en el cielo”.

Sus palabras testimonian una consoladora realidad: el gozo de los padres que han sido generosos con sus hijos no acabará aquí. Los padres de los santos y de las almas entregadas a Dios los querrán aún más en la otra vida y contemplarán, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas. ¡Qué gozo el de Luís Martín, al ver desde el cielo “la lluvia de rosas” que provocó la entrega de su hija! ¡Qué alegría incomparable la de mamá Margarita al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo! ¡Qué confusión llena de entusiasmo la de Juan Bautista Sarto al comprobar como él, un simple alguacil de pueblo, había contribuido decisivamente, sin saberlo, a enriquecer la Iglesia universal de forma incalculable!

También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Bertrán, a Fernando Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, y a Pedro Bernardone y a tantos y tantos otros, que gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos, y darán gracias a Dios porque, pese a sus lloros y lamentos, a sus amenazas y algún caso “pruebas”, sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contaríanni con santo Tomás de Aquino, ni con santa Catalina de Siena, san Luís Bertrán, san Luís Gonzaga, san Juan Crisóstomo, san Francisco de Asís y tantos otros.

Resulta casi inimaginable el empobrecimiento que hubiesen acarreado -de conseguir sus propósitos- a la Iglesia, en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina… Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron en sus oídos con más fuerza que las de sus padres: “¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”