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Sugerencias para ayudar a vivir la virtud de la sinceridad

Acudir a los Ángeles

  • Recomendar una antigua tradición de la Iglesia: pedir ayuda a los Ángeles Custodios, para que colaboren en la purificación de la conciencia y en el esfuerzo para ser sinceros con Dios y con los demás.

No confundir sinceridad con espontaneidad

  • No hay que confundir la sinceridad – virtud que lleva a ser plenamente sincero con Dios, consigo mismo y con los demás- con la simple espontaneidad, que lleva a manifestar lo “que se me ocurre en este momento”. Una persona puede ser muy espontánea, pero poco sincera, porque se engañe a si misma o a los demás.
  • La sinceridad lleva a decir toda la verdad, no sólo una parte.
  • Para educar a los hijos, por ejemplo, en esta virtud, se requiere tiempo y paciencia. La sinceridad, en este sentido es “algo de dos personas”. Es difícil ser sincero con una persona que no facilita la sinceridad. Se requiere confianza por parte del que vive la virtud —que va dejando que la luz del Espíritu Santo ilumine su conciencia— con la persona que le acompaña espiritualmente y le ayuda a vivir la vida cristiana.

Explicar qué es el pecado; qué acciones son pecaminosas y en qué consiste estar en gracia de Dios

  • Para eso se necesita emplear una terminología adecuada y común: las dos personas (padre-hijo) deben hablar con unos términos de significado preciso, con la confianza de que están hablando realmente de lo mismo. Para algunas personas sin formación cristiana las ofensas graves a Dios, los pecados, no son más que simples faltas.
  • Conviene saber si la joven o el joven conoce las disposiciones que enseña la Iglesia para recibir los Sacramentos y su verdadero sentido.
  • Hay algunos jóvenes cristianos que se instalan en un cómodo estado de duda: no quieren formarse la conciencia, ni ahondar en su conocimiento de la fe por miedo a descubrir que deben cambiar de conducta, ya que intuyen o saben que no están obrando rectamente. La sinceridad consigo mismos y con los demás les ayudará a salir de ese estado y a conocer la Verdad de Cristo.
  • Esa sinceridad lleva –en todas las virtudes, pero de modo singular en ésta- a llamar a las cosas por su nombre.

  • Es conveniente que los jóvenes sepan que cuando falta la alegría cristiana –compatible con el cansancio, la contrariedad y el dolor- conviene sincerarse con el confesor, el padre, la madre o la persona que le acompaña espiritualmente, ya que todo efecto tiene su causa, aunque ésta se desconozca en ocasiones.
  • Hay inquietudes y oscuridades interiores que pueden proceder muchas veces de una conciencia cristiana mal formada (por desconocimiento, soberbia, complicación interior, etc.)
  • En una sociedad como la actual, con un enorme déficit de catequesis cristiana, es conveniente que los padres (y luego los sacerdotes, catequistas, etc.) no den nada por supuesto.
  • No es conveniente dar la falsa impresión de que se castiga la sinceridad. Conviene recordar siempre la misericordia de Dios; que todos somos pecadores; y que los sacerdotes no tienen inconveniente en perdonar una y otra vez de los mismos pecados a una misma persona. El médico es para los enfermos: y la gracia de Dios es la mejor medicina para el alma.

Juan Pablo II:

“Abrid vuestros corazones y vuestras conciencias ante Aquél que os conoce mejor que vosotros mismos… Dios responde también con la más gratuita entrega de sí mismo, don que en el lenguaje bíblico se llama gracia. – Tratad de vivir en gracia de Dios!” (Carta a los jóvenes, 1985, 14).

La generosidad con Dios, fuente de las más altas alegrías

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La generosidad con Dios y con los demás es fuente de alegría.

Recordaba san Basilio, hablando del joven rico que se marchó triste por no ser generoso con el Señor: “El mercader no se entristece gastando en las ferias lo que tiene para adquirir sus mercancías; pero tú te entristeces (hace referencia al joven rico) dando polvo a cambio de la vida eterna (Catena Aurea, val. VI, p. 313)

San Gregorio Nacianceno: “Quien practique la misericordia-dice el Apóstol-, que lo haga con alegría”: esta prontitud y diligencia duplicarán el premio de tu dádiva. Pues lo que se ofrece de mala gana y por fuerza no resulta en modo alguno agradable ni hermoso (Disert. 14 sobre amor a los pobres).

  • Hay que aprender a dar y darse con alegría

San Agustín: Si dieres el pan triste, el pan y el mérito perdiste (, Coment. sobre el Salmo 48).

  • Los cristianos tenemos la alegría de saber que Dios no nos abandona, no nos deja nunca solos

Vuestras pequeñas cruces de hoy pueden ser sólo una señal de mayores dificultades futuras. Pero la presencia de Jesús con nosotros cada día hasta el fin del mundo (Mt 28, 20) es la garantía más entusiasta y, al mismo tiempo, más realista de que no estamos solos, sino que Alguien camina con nosotros como aquel día con los dos entristecidos discípulos de Emaús (cfr. Lc 24, 13 ss) (Juan Pablo II, Discurso. IIII-1980).

  • Mientras vivamos en esta tierra no tendremos la alegría plena, que solo se da en el Cielo

El amor trae consigo la alegría, pero es una alegría que tiene sus raíces en forma de cruz. Mientras estemos en la tierra y no hayamos llegado a la plenitud de la vida futura, no puede haber amor verdadero sin experiencia del sacrificio, del dolor (J. Escrivá, Es Cristo que pasa, 43).

“La característica inconfundible de la alegría cristiana es que puede convivir con el sufrimiento porque se basa en el amor. Efectivamente, el Señor que ‘está cerca de nosotros’ hasta el punto de hacerse hombre, nos infunde su alegría, la alegría de amar. Solo así se entiende la serena alegría de los mártires en medio de los suplicios, o la sonrisa de los santos de la caridad frente a los que sufren: una sonrisa que no ofende sino que consuela”.

Causa nostrae laetitiae,

Causa de nuestra alegría,
¡ruega por nosotros!
Enséñanos a saber captar, en la fe,
la paradoja de la alegría cristiana,
que nace y florece en el dolor,
en la renuncia,
en la unión con tu Hijo crucificado:
¡haz que nuestra alegría
sea siempre auténtica y plena
para podérsela comunicar a todos!
Amén.

Alegría y dolor: la bienaventuranza cristiana

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  • El camino del cristiano es un camino de alegría espiritual, que es compatible con el dolor en lo humano.
  • La alegría del amor a Dios y el dolor aceptado por amor a Dios son como dos esquís con los que, ayudados por el impulso de la gracia divina, el cristiano llega al Cielo

La alegría cristiana no es fisiológica: su fundamento es sobrenatural, y está por encima de la enfermedad y de la contradicción.

—Alegría no es alborozo de cascabeles o de baile popular.

La verdadera alegría es algo más íntimo: algo que nos hace estar serenos, rebosantes de gozo, aunque a veces el rostro permanezca severo. (Forja, nº 520)

  • La felicidad del Cielo es para los que aprenden a ser felices en la tierra, junto a Dios.
  • El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda cual es la Bienaventuranza Cristiana

1720 El Nuevo Testamento utiliza varias expresiones para caracterizar la bienaventuranza a la que Dios llama al hombre: la venida del Reino de Dios (cf Mt 4,17); la visión de Dios: “Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8; cf 1 Jn 3,2; 1 Co 13,12); la entrada en el gozo del Señor (cf Mt 25,21.23); la entrada en el Descanso de Dios (He 4,7-11):

Allí descansaremos y veremos; veremos y nos amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que acontecerá al fin sin fin. ¿Y qué otro fin tenemos, sino llegar al Reino que no tendrá fin? (S. Agustín, civ. 22,30)

1721 Porque Dios nos ha puesto en el mundo para conocerle, servirle y amarle, y así ir al cielo. La bienaventuranza nos hace participar de la naturaleza divina (2 P 1,4) y de la Vida eterna (cf Jn 17,3). Con ella, el hombre entra en la gloria de Cristo (cf Rom 8,18) y en el gozo de la vida trinitaria.

1722 Semejante bienaventuranza supera la inteligencia y las solas fuerzas humanas. Es fruto del don gratuito de Dios. Por eso la llamamos sobrenatural, así como la gracia que dispone al hombre a entrar en el gozo divino.

“Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. Ciertamente, según su grandeza y su inexpresable gloria, “nadie verá a Dios y vivirá”, porque el Padre es inasequible; pero según su amor, su bondad hacia los hombres y su omnipotencia llega hasta conceder a los que lo aman el privilegio de ver a Dios… “porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios” (S. Ireneo, haer. 4,20,5).

1723 La bienaventuranza prometida nos coloca ante elecciones morales decisivas. Nos invita a purificar nuestro corazón de sus instintos malvados y a buscar el amor de Dios por encima de todo.

Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino en Dios solo, fuente de todo bien y de todo amor:

El dinero es el ídolo de nuestro tiempo. A él rinde homenaje “instintivo” la multitud, la masa de los hombres. Estos miden la dicha según la fortuna, y, según la fortuna también, miden la honorabilidad…Todo esto se debe a la convicción de que con la riqueza se puede todo. La riqueza por tanto es uno de los ídolos de nuestros días, y la notoriedad es otro…La notoriedad, el hecho de ser reconocido y de hacer ruido en el mundo (lo que podría llamarse una fama de prensa) ha llegado a ser considerada como un bien en sí misma, un bien soberano, un objeto de verdadera veneración (Newman, mix. 5, sobre la santidad).


Buen humor hasta en la hora de la muerte

Santo Tomás Moro murió con el mismo espíritu de fidelidad a Cristo y buen humor con los que había vivido. Después de escribir una carta a la familia, escribió su última oración:

“Dios Todopoderoso, apiádate de mí y de todos los que me odian y quisieran causarme mal; sus faltas, junto con las mías, por los fáciles medios, llenos de ternura y misericordia que tu infinita sabiduría encuentre aptos para procura corregir y enderezar, y haz que nuestras almas se reúnan felices en el cielo, donde podamos vivir y amar, unidos a Ti y a tus bienaventurados santos. ¡Oh gloriosa Trinidad!, ¡por la dolorosa Pasión de Cristo, dulce salvador nuestro! Amén”

Cuando llegó al cadalso le pidió al que le acompañaba que le ayudase a subir, porque para bajar, le dijo, no necesitaría ayuda…

Subió sereno, recitando el salmo penitencial y una vez arriba, dijo: En la Fe y por la Fe Católica, buen servidor del Rey, pero primero de Dios.

Y antes de poner el cuello para que se lo cortaran, le dio una propina a su verdugo, encargándole que tuviese cuidado con no cortarle la barba, porque ella no era culpable de nada