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La luz de la vocación


La vocación es una luz, es una visión nueva de la vida

Hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarle (Mt II, 2.). Es nuestra misma experiencia. También nosotros advertimos que, poco a poco, en el alma se encendía un nuevo resplandor: el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de tomarnos a Dios en serio.

Si cada uno de vosotros se pusiera ahora a contar en voz alta el proceso de su vocación sobrenatural, los demás juzgaríamos que todo aquello era divino.

Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento de que también es necesaria –y no sólo posible– la santidad en medio de las tareas profesionales, sociales…

San Josemaría, Es Cristo que pasa, 32

La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.

Dios nos saca de las tinieblas de nuestra ignorancia, de nuestro caminar incierto entre las incidencias de la historia, y nos llama con voz fuerte, como un día lo hizo con Pedro y con Andrés: Venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Mt IV, 19.), seguidme y yo os haré pescadores de hombres, cualquiera que sea el puesto que en el mundo ocupemos.

El que vive de fe puede encontrar la dificultad y la lucha, el dolor y hasta la amargura, pero nunca el desánimo ni la angustia porque sabe que su vida sirve, sabe para qué ha venido a esta tierra. Ego sum lux mundi –exclamó Cristo–; qui sequitur me non ambulat in tenebris, sed habebit lumen vitae (Ioh VIII, 12.). Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras, sino que poseerá la luz de la vida.

Para merecer esa luz de Dios hace falta amar, tener la humildad de reconocer nuestra necesidad de ser salvados, y decir con Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú guardas palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios (Ioh VI, 69–70.). Si actuamos de verdad así, si dejamos entrar en nuestro corazón la llamada de Dios, podremos repetir también con verdad que no caminamos en tinieblas, pues por encima de nuestras miserias y de nuestros defectos personales, brilla la luz de Dios, como el sol brilla sobre la tempestad.

San Josemaría, Es Cristo que pasa, 45


¿Qué añade la vocación al Opus Dei a la vocación bautismal?

  • No añade nada: Es una especificación, una particularización, una delimitación, una determinación de la vocación cristiana común.
  • Las personas del Opus Dei viven esa vocación cristiana común dentro, en una realidad de la Iglesia, con un determinado espíritu, y con unos medios de formación concretos, que son fuerza y auxilio para el cumplimiento de la misión que Dios les confía


Conclusión: agradecer la vocación y cuidarla como un tesoro


  • La vocación, entendida en sentido amplio (la vocación bautismal) o en sentido concreto (la vocación bautismal en el Opus Dei o en cualquier realidad de la Iglesia) no depende de mis méritos personales: es un don inmerecido que Dios da y que hay que agradecer con frecuencia.
  • Agradezcamos a Dios Padre, a Dios Hijo, a Dios Espíritu Santo y a Santa María, por la que nos vienen todas las bendiciones del cielo, este don que, junto con el de la fe, es el más grande que el Señor puede conceder a una criatura: el afán bien determinado de llegar a la plenitud de la caridad, con el convencimiento de que también es necesaria –y no sólo posible– la santidad en medio de las tareas profesionales, sociales… (San Josemaría, Es Cristo que pasa, 32)

  • Mi aspiración de entrega a Dios en el Opus Dei no puede ser fruto de una admiración hacia una persona; gusto por un ambiente determinado; consecuencia de una ilusión infundada, de un desconocimiento de la realidad cotidiana de la entrega, o de un sentimiento pasajero. Debo irla madurando, humana y espiritualmente. Decía san Josemaría que la entrega cristiana en el Opus Dei no es un estado de ánimo, una situación de paso.
  • La vocación es el ciento por uno, el tesoro escondido que vale más que todas las cosas de este mundo, el Amor con mayúsculas por el que vale la pena dejarlo todo. Con nuestra entrega no le hacemos ningún favor a Dios.

    “vosotros y yo ¿qué hemos hecho para merecer esta maravilla de amor? Pues nada, no hemos hecho nada; es un gran regalo del Señor, que nos ha buscado, que nos ha hecho conocer esta manera santa de ser eficaces, de amar a todas las creaturas de Dios y darles paz y alegría”. (San Josemaría).

  • Evangelio de San Mateo: [19] No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban. [20] Amontonad en cambio tesoros en el Cielo, donde ni polilla ni herrumbre corroen, y donde los ladrones no socavan ni roban. [21] Porque donde está tu tesoro allí estará tu corazón.[44] El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.

    [45] Asimismo el Reino de los Cielos es semejante a un comerciante que busca perlas finas [46] y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.

Un farol encendido

Indígenas con los huipiles tradicionales

Vicente Martinez impulsó, como Secretario general de SUI, numerosas iniciativas de solidaridad con los niños marginados. Excursiones, clases, festivales de Navidad, deportes, etc. Siempre con respeto a la libertad de esos chicos y con profundo sentido cristiano: durante una Semana Santa promovió la representación, por parte de esos muchachos de una obra de teatro sobre la Pasión del Señor, a la que asistieron, gozosos, sus padres.

Sabía, como enseña san Josemaría, que todo aquello era su camino de santidad: sus clases en el colegio de Los Olmos, donde era especialmente querido; sus estudios de doctorado que llevaba con rigor; su vibración apostólica.

Su afán evangelizador nacía de su oración. “El apostolado se hace siendo santos”, anotó el 26 de enero de 1994 en su agenda. Y escribió el 25 de abril: “Que ningún día pase en balde para el apostolado”.

Agradecía con frecuencia su vocación al Señor. ” El farol encendido por Dios -anotó el 18 de febrero-. Dios nos ha llamado para atraer. Lo único importante de mi vida”.

Niña indígena cakchiquel

Durante el último periodo de su vida, se fue uniendo cada vez más fuertemente con el Señor. Tenía la misma urgencia y vibración espiritual interior que cuando pidió la admisión en el Opus Dei, y sentía un afán por acercarse a Dios, por hacer el bien a los que le rodeaban.

Durante el mes de agosto de 1994 viajó a Guatemala para promover una escuela agrícola impulsada por miembros del Opus Dei en el área de Tecpán, una de las zonas más necesitadas de Guatemala, en la que los habitantes -inditos cakchiqueles- viven en una situación de extrema pobreza.

Al mismo tiempo se dio una extensa catequesis para cientos de niños, junto con clases de prevención del cólera y de apoyo escolar. Hizo para esos días este propósito: “santificar el momento y no esperar circunstancias ideales”; y se puso este punto de lucha: “espíritu de servicio”.

A lo largo de ese mes dedicó sus mejores esfuerzos a dar catequesis y clases a los indigenas, aunque para ello hubiese que recorrer varias horas en furgoneta por unos caminos malos de piedra y tierra, entre precipicios. Se daban clases de conceptos sanitarios elementales contra el cólera; de alfabetización; de promoción de las hijas (en esa zona la mujer sufre un grave desprecio social); etc. Era un programa intenso, muy complejo, que se dirigía a niños, a jóvenes y a personas maduras.

Preparaba con mucho sentido profesional todas esas actividades y los trabajos de voluntariado de cada día, tanto con los pequeños como con los mayores: “hacerlo bien -escribió en su agenda-. Trabajar como el mejor. Rectitud de intención”.

Campesinos de Tecpán, durante la promoción de la escuela agrícola Utz Samaj

El día 30 de julio anotó en su agenda: “Mortificación: últimas piedras. Estar dispuesto a lo que sea”.

El domingo día 31 de julio se trasladó a la ciudad de Guatemala junto con un sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Durante el viaje hicieron un rato de oración, y estuvo considerando un texto en el que aparecía varias veces la frase: “Vive hoy como si fuera el último día de toda tu vida”.

Estaba leyendo un libro titulado En la intimidad con Dios y tenía marcado el pasaje que habla de la Muerte y la Pasión de Cristo en la Cruz. En los Evangelios había señalado la página en el pasaje de la Resurección de Lázaro.