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Una solicitud que no acaba nunca

Cuando un hijo se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse de su educación, pensando que en otras instancias ya se ocupan de él, sino al revés: tienen la responsabilidad bendita de afianzar y sostener su entrega, especialmente cuando es aún joven. Han de seguir exigiéndole y ayudándole a desarrollar las virtudes humanas, a obtener buenas calificaciones, a ser ejemplares, etc. Deben acoger con una estima grande esa actitud generosa de su hijo, y apoyarle con su oración y su cariño, esté cerca o lejos.

Decía San Josemaría: “Algunos de vosotros tenéis a los hijos lejos. Han ido lejos a coger la mies de Dios. Yo os digo que os quiero con toda mi alma. Y os doy la enhorabuena, porque Jesús ha tomado esos pedazos de vuestro corazón –enteros– para El sólo… ¡para Él sólo! Padres y madres de estos hijos que también son míos: ¡no habéis terminado vuestra misión en la tierra! Ellos –ellas– han venido a entregarse a Dios, a servir a la Iglesia (…) y los tenéis metidos en tantos rincones del mundo, en África, en Asia, en toda Europa, en toda América, desde Canadá hasta la Tierra del Fuego; pronto, el año que viene, en Australia. Bien. No habéis acabado la misión: tenéis una gran labor que hacer con vuestros hijos; una labor maravillosa, paterna y materna: santificarlos. —Padre, ¡que estoy muy lejos! —¡Con tu oración! —Padre, ¡que estoy lejos! —¡En la vida profesional, poniendo en cada momento la última piedra, haciendo las cosas bien y por amor, y con el pensamiento en esos hijos!” (Un mar sin orillas)