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Los buenos padres cristianos

El comportamiento de los buenos padres cristianos de todas las épocas supone un buen punto de referencia:

  • No se mueven por un falso respeto a la libertad. No argumentan así: si mi hijo ha decidido irse de casa para seguir un mal camino, yo no debo hacer nada, salvo esperar a que venga, porque decirle algo sería coaccionarle). Los buenos padres intentan resolver todos los problemas con los medios a su alcance y confían más el cariño, en el afecto personal, que en los principios educativos generales.

  • Para ayudar a los jóvenes que dan los primeros pasos en su camino cristiano, no basta con tener con ellos conversación esporádica. Sería como un profesor de natación que se contentara con dar una clase teórica en una pizarra a las personas que desea aprender a nadar.
  • La atención de esos hijos, de esos alumnos, de esos jóvenes, deberá ser diaria o casi diaria, con un seguimiento constante, como hacen los buenos monitores de natación.
  • No se trata de pedir cuentas, ni de resaltar fallos, sino de enseñar a los jóvenes a moverse con autonomía y agilidad en su vida cristiana; mostrándoles modos concretos para vivir en cristiano en un mundo pagano.

  • No se trata sólo de enseñarles a apartarse del mal (no ahogarse, mantenerse a flote), sino de enseñarles a nadar a contracorriente: los padres y educadores deben mostrarles como pueden llevar a Cristo la sociedad en la que viven -con frecuencia, una sociedad alejada de Dios-, sin mimetizarse con ella.

  • Convendrá tener con ellos conversaciones distendidas que les ayuden a superar sus dificultades en el camino cristiano, buscando el momento oportuno para esas conversaciones.

  • Un buen acompañamiento espiritual por parte de los padres, de los educadores, del sacerdote, etc., debe llevar a:

    — estimularles en su apostolado personal y en su afán de almas.

    — preguntarles con oportunidad por las dificultades con las que se encuentran, dándoles sugerencias y consejos prácticos para su vida concreta, no sólo indicaciones generales de mejora.

    — ayudarles a organizar su vida cotidiana.

    — pedirles su opinión: tomarles en serio, sea cual sea su edad.

¿Cómo transmitir a los demás el ímpetu apostólico y el afán evangelizador que nos pide Jesús?

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ALGUNOS INTERROGANTES:

    • ¿Procuro ayudar a las personas que reciben estas clases en su carácter y en su mejora personal?
    • ¿Me esfuerzo por conocer y comprender la mentalidad de los jóvenes?
    • ¿Pongo los medios para responder las preguntas que se formulan? ¿Intento meterme en la piel del adolescente?
    • ¿Cómo les ayudo a dar los primeros pasos en la vida cristiana?
    • ¿Estoy al tanto de las realidades culturales, de las figuras y movimientos artísticos actuales (literarios, musicales, etc.) que pueden ayudar positivamente a conformar una cabeza y un corazón cristiano en los jóvenes?
    • ¿Conozco los puntos más debatidos de la fe cristiana en la sociedad actual? Sé responder a las preguntas habituales que se formulan los jóvenes sobre esos puntos?
    • ¿Les ayudo para que mejoren en coherencia de vida?
    • ¿Conozco su lenguaje propio?
    • ¿Reflexiono habitualmente sobre mi tarea formativa, procurando mejorarla y actualizarla?
  • Recordaba Juan Pablo II:

    “Muy bien se aplican a ellos [san Cirilo y san Metodio] las palabras de san Pablo que acabamos de escuchar: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» . Abriendo su corazón a los cristianos de Corinto, el Apóstol expresa su conciencia de la necesidad y de la urgencia del anuncio evangélico.

    Lo siente como un gran don, pero también como una tarea irrenunciable: un verdadero «deber» , cuya responsabilidad le incumbe en comunión con los demás Apóstoles.

    Al hacerse “todo para todos” para salvar a toda costa a algunos, nos muestra cómo todo evangelizador debe aprender a adaptarse al lenguaje de sus oyentes, para entrar en sintonía profunda con ellos”. (15 de febrero de 1998)

Tres años en el Opus Dei

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Juan Carlos Menéndez Cubillo
Dependiente de una tienda de tejidos en Oviedo

(León, 24.XI. 1945- Oviedo, 11.XI.1964)

Una noche de insomnio

“Son las doce y media y no puedo dormir. Me levanto para escribir un poco…”

Intento imaginar, antes de continuar leyendo, qué sucedió aquella noche del 10 de noviembre. Juan Carlos lleva rato largo en la cama sin poder dormir. Reza. Piensa en sus diecinueve años de vida: su infancia en León; su trabajo actual en Oviedo como dependiente en una tienda de tejidos, donde pasa horas y horas atendiendo a los clientes tras el mostrador…

Piensa en los amigos del club de Avilés; en los partidos de fútbol;en su primera carta al Fundador solicitando la admisión en el Opus Dei…

“Padre: me he dado cuenta de que en mi vida había una fuerza que me llamaba hacia Dios, y aquí me tiene, dispuesto a luchar como el que más… le ruego que pida mucho por mí”.

Desde entonces han pasado ya tres años. Durante ese tiempo muchos amigos suyos se han acercado a Dios. Entre ellos, uno, Luís Ángel tiene especiales deseos de entrega a Dios en el Opus Dei, pero no acaba de decidirse. La próxima vez que se vean le gustaría decirle… Pasan los minutos. Intenta dormir de nuevo. Mira el reloj: las doce y cuarto.

Piensa en la conversación pendiente con Luís Ángel. Los dos tienen un carácter parecido, directo, claro. A los dos les gusta hablar a corazón abierto.

El sueño no acude. Las doce y media. Se levanta. Toma una cuartilla y un lápiz. Quizá escribiendo, podrá ordenar las ideas de esa conversación… Comienza:


“Son las doce y media y no puedo dormir. Me levanto para escribir un poco… ¿No te das cuenta de las maravillas que tenemos delante?

¿O es que estás tan sordo que no oyes la voz del Señor, tu Padre? Porque es tuyo, y mío y muy Padre…

¿O es que acaso no sientes en tus oídos esa llamada fuerte del Señor que te pide que seas generoso, que te des sin miedo, con generosidad, como Él lo dio todo, sin mirar atrás…?

Con el ejemplo y con el corazón en la mano, no con trozos… El Señor no quiere medias tintas: o todo, con caídas y victorias; o nada, porque Él es así.

Y tus ojos… ¿es que están tan espesos… que no ves las maravillas que el Señor nos está dando?

…Vale la pena abrir los ojos, porque al final de ese camino vas a encontrar la Vida llena de felicidad, llena de gloria y de dicha. ¿Te das cuenta como tienes que abrir los ojos y hacer que los demás los abran? Aunque sea a golpes, no te importe, pero lucha, lucha, que al final la victoria será tuya…

…Y tú, y yo, que nos creemos tan listos, ¿dónde tenemos la inteligencia, que pensamos nada más en lo humano todos los días y no vemos lo sobrenatural, la cantidad de milagros que se hacen todos los días?

Sí, ¡milagros!, porque milagros son el que un alma generosa, que un alma limpia -¡o sucia! no te importe- se entregue al Señor en cuerpo y alma, con todo lo que tiene o con nada, pero, eso sí, con un corazón muy grande, lleno de amor, lleno de cariño y lleno de juventud. ¿No es maravilloso? ¿No es para volverse loco? ¡Sí, loco! Bendita locura, ¿te das cuenta?

Y sin embargo, dejamos correr nuestra imaginación: si yo tuviera esto, si yo fuera lo otro… Porquería, todo basura que no sirve nada más que para manchar el corazón. Cosas mundanas, egoísmos, ambiciones… ¡Tíralo todo por la borda sin quedarte con nada!

Quédate muy pegado a la cepa, a esa cepa que es la cruz, es la cruz de cada día, la que pesa, la que cuesta llevar, la que te resulta molesta. Y llévala con generosidad, con la cabeza muy alta, con orgullo, como loco, porque es de locos, muy locos, el ser hijos de Dios.

Pero… ¡que buena es esa locura cuando es de amor, cuando es de gozo, porque se inunda el corazón, porque ya no puede más, porque notas que el pecho se hincha, que te va a estallar, y notas pena, y ganas de llorar, y ganas de reír, y de cantar, y de dar voces y gritos, y salir a las calles y decírselo a las gentes muy fuerte, con el alma en la mano!

Cuando sientas estas cosas dentro de ti es señal cierta de que has encontrado el camino: ese camino de santidad, ese camino de amor, y entonces, te vuelvo a decir: serás feliz.

Por eso te digo… que tenemos que quitar esas capas de nuestros ojos para poder ver, oír y pensar en la luz. Porque es luz en el camino, porque es cierto, el seguro; y en la vida, porque es la vida, tu vida; y tuya, porque sólo tienes esa, no la puedes cambiar como el que se cambia de camisa los domingos: es una para siempre.

Por eso te digo que la cuides y no la manches, que no la rompas, porque si la conservas, al final te pagarán bien: te la pagarán con santidad. Y no te marees pensando: es que yo tengo problemas, es que yo… es que yo… ¡siempre ese yo!

Tus preocupaciones se deben a que te preocupas mucho de ti mismo y te olvidas de los demás. Date a los demás. El darse a los demás es de tal eficacia que el Señor lo premia con una fe llena de humildad y de alegría…

“¿Acaso lo pensó Él cuando nos lo dio todo? Porque lo dio todo: no se quedó con nada, no pensó si tú o yo éramos merecedores de ello. Sólo pensó que éramos sus hijos, que nos quiere –pero ¡cómo nos quiere!- con calor, con fuego que quema en el pecho, con ese fuego que es el que se siente cuando lo tienes dentro, cuando lo llevas en el pecho. Piensa un poco a ver si no vale la pena el dar el Sí.

Pero un sí fuerte, un ¡quiero, Señor!

¡Quiero, porque no tengo miedo y porque no me importa morir, ya que para mí no será muerte, será cambio de casa; que aunque no soy nada, aunque soy como un cadáver, te quiero Señor, y no me importa seguir adelante, sin mirar atrás, con la vista en Ti, que lo eres todo!

Díselo tú también; díselo fuerte, que te oiga, que te ayude; y luego, perseverancia: que perseverar es de santos”.

En la tarde del día siguiente, 11 de noviembre de 1964, Juan Carlos falleció de improviso a causa de una trombosis que le sobrevino cuando estaba trabajando en la tienda. “Sacadme por la puerta de atrás”, dijo a los que acudieron a socorrerle. Era un buen cristiano y un buen profesional: quería evitarle ese mal trago a los clientes. Poco después entregó su alma a Dios.

Luís Ángel

Tiempo más tarde, su amigo, Luís Ángel García Rodríguez tuvo conocimiento de esta carta. Pidió que se la enseñasen, y tras rezarlo y meditarlo mucho, decidió entregarse a Dios en el Opus Dei. La gracia de Dios se sirvió de aquellas líneas para remover su corazón.

Fue poco el tiempo en que Luís vivió esa llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del trabajo: sólo nueve meses. Dios se lo llevó –de forma repentina, igual que a su amigo Juan Carlos-, el 13 de agosto de 1965.

Durante esos nueve meses, meditó con frecuencia las palabras de su amigo: “Pero un sí fuerte, un ¡quiero, Señor! ¡Quiero, porque no tengo miedo y porque no me importa morir, ya que para mí no será muerte, será cambio de casa; que aunque no soy nada, aunque soy como un cadáver, te quiero Señor, y no me importa seguir adelante, sin mirar atrás, con la vista en Ti, que lo eres todo!