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El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas, aunque no necesariamente.

Se sirve, muchas veces, de un afán bueno: del afán de mies de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.

Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.

Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan padres e hijos santos.

Un farol encendido

Indígenas con los huipiles tradicionales

Vicente Martinez impulsó, como Secretario general de SUI, numerosas iniciativas de solidaridad con los niños marginados. Excursiones, clases, festivales de Navidad, deportes, etc. Siempre con respeto a la libertad de esos chicos y con profundo sentido cristiano: durante una Semana Santa promovió la representación, por parte de esos muchachos de una obra de teatro sobre la Pasión del Señor, a la que asistieron, gozosos, sus padres.

Sabía, como enseña san Josemaría, que todo aquello era su camino de santidad: sus clases en el colegio de Los Olmos, donde era especialmente querido; sus estudios de doctorado que llevaba con rigor; su vibración apostólica.

Su afán evangelizador nacía de su oración. “El apostolado se hace siendo santos”, anotó el 26 de enero de 1994 en su agenda. Y escribió el 25 de abril: “Que ningún día pase en balde para el apostolado”.

Agradecía con frecuencia su vocación al Señor. ” El farol encendido por Dios -anotó el 18 de febrero-. Dios nos ha llamado para atraer. Lo único importante de mi vida”.

Niña indígena cakchiquel

Durante el último periodo de su vida, se fue uniendo cada vez más fuertemente con el Señor. Tenía la misma urgencia y vibración espiritual interior que cuando pidió la admisión en el Opus Dei, y sentía un afán por acercarse a Dios, por hacer el bien a los que le rodeaban.

Durante el mes de agosto de 1994 viajó a Guatemala para promover una escuela agrícola impulsada por miembros del Opus Dei en el área de Tecpán, una de las zonas más necesitadas de Guatemala, en la que los habitantes -inditos cakchiqueles- viven en una situación de extrema pobreza.

Al mismo tiempo se dio una extensa catequesis para cientos de niños, junto con clases de prevención del cólera y de apoyo escolar. Hizo para esos días este propósito: “santificar el momento y no esperar circunstancias ideales”; y se puso este punto de lucha: “espíritu de servicio”.

A lo largo de ese mes dedicó sus mejores esfuerzos a dar catequesis y clases a los indigenas, aunque para ello hubiese que recorrer varias horas en furgoneta por unos caminos malos de piedra y tierra, entre precipicios. Se daban clases de conceptos sanitarios elementales contra el cólera; de alfabetización; de promoción de las hijas (en esa zona la mujer sufre un grave desprecio social); etc. Era un programa intenso, muy complejo, que se dirigía a niños, a jóvenes y a personas maduras.

Preparaba con mucho sentido profesional todas esas actividades y los trabajos de voluntariado de cada día, tanto con los pequeños como con los mayores: “hacerlo bien -escribió en su agenda-. Trabajar como el mejor. Rectitud de intención”.

Campesinos de Tecpán, durante la promoción de la escuela agrícola Utz Samaj

El día 30 de julio anotó en su agenda: “Mortificación: últimas piedras. Estar dispuesto a lo que sea”.

El domingo día 31 de julio se trasladó a la ciudad de Guatemala junto con un sacerdote agregado de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

Durante el viaje hicieron un rato de oración, y estuvo considerando un texto en el que aparecía varias veces la frase: “Vive hoy como si fuera el último día de toda tu vida”.

Estaba leyendo un libro titulado En la intimidad con Dios y tenía marcado el pasaje que habla de la Muerte y la Pasión de Cristo en la Cruz. En los Evangelios había señalado la página en el pasaje de la Resurección de Lázaro.

¿Cómo transmitir a los demás el ímpetu apostólico y el afán evangelizador que nos pide Jesús?

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Para contestar a estas preguntas puede ser conveniente que la persona que va a impartir este curso de formación cristiana se plantee algunas de estas interrogantes:

    ¿Reflexiono habitualmente sobre mi tarea formativa, procurando mejorarla y actualizarla?

    ¿Procuro ayudar a las personas que reciben estas clases en su carácter y en su mejora personal?

    ¿Me esfuerzo por conocer y comprender la mentalidad de los jóvenes?

    ¿Pongo los medios para responder las preguntas que se formulan? ¿Intento meterme en la piel del adolescente?

    ¿Cómo les ayudo a dar los primeros pasos en la vida cristiana?

    ¿Estoy al tanto de las realidades culturales, de las figuras y movimientos artísticos actuales (literarios, musicales, etc.) que pueden ayudar positivamente a conformar una cabeza y un corazón cristiano en los jóvenes?

    ¿Conozco los puntos más debatidos de la fe cristiana en la sociedad actual? Sé responder a las preguntas habituales que se formulan los jóvenes sobre esos puntos?

    ¿Les ayudo para que mejoren en coherencia de vida?

    ¿Conozco su lenguaje propio?

    Recordaba Juan Pablo II:

    “Muy bien se aplican a ellos [san Cirilo y san Metodio] las palabras de san Pablo que acabamos de escuchar: «¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!» . Abriendo su corazón a los cristianos de Corinto, el Apóstol expresa su conciencia de la necesidad y de la urgencia del anuncio evangélico.

    Lo siente como un gran don, pero también como una tarea irrenunciable: un verdadero «deber» , cuya responsabilidad le incumbe en comunión con los demás Apóstoles.

    Al hacerse “todo para todos” para salvar a toda costa a algunos, nos muestra cómo todo evangelizador debe aprender a adaptarse al lenguaje de sus oyentes, para entrar en sintonía profunda con ellos”. (15 de febrero de 1998)