Archivo de la etiqueta: adolescencia

¿Y en los casos en los que una persona tenga fuerte inmadurez, es tan grave?

  • Son los confesores los que deben dar una valoración moral a cada caso.
  • La Iglesia enseña en “Persona humana” que la psicología “ofrece diversos datos válidos y útiles en el tema de la masturbación para formular un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral y para orientar la acción pastoral. Ayuda a ver cómo la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse más allá de ella, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre la conducta atenuando el carácter deliberado del acto y hacer que no siempre haya falta subjetivamente grave.
  • Sin embargo –concluye el Magisterio– no se puede presumir como regla general, la ausencia de responsabilidad grave. Eso sería desconocer la capacidad moral de las personas”.
  • En ese mismo sentido dice el Catecismo: “Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral” (2352).
  • Por esta razón conviene acudir al confesor, que dará los consejos oportunos en cada caso, aconsejando al penitente los medios para vencer, tras considerar el comportamemiento de cada persona en su totalidad, y ver si vive los medios naturales y sobrenaturales recomendados por la experiencia ascética cristiana para superar las tentaciones.

La edad del hombre

vocacionhijos_clip_image002_0001

La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas del champagne de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de la frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente niño! Otros no lo logran nunca, y producen ese ahogo de los retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, casi asfixiados sus gargantillas estrechas, por las exigencias de la etiqueta.

Por el contrario, qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser, no un niño ni un adulto prematuro, sino un adolescente; es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida con la mirada abierta hacia el futuro. Qué plenitud se da en la vejez cuando es quintaesencia de vida acumulada, consumación del ideal, culminación de una vida fecunda.

Si cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, los rostros de los santos dan un formidable testimonio de sí mismos Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, casi indestructible, juventud interior. Demuestran que la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad. Y que el calendario definitivo no es el que marca los días hacia la muerte, sino el que señala el camino hacia Dios.

Por eso, cuando Dios llama, qué importa la edad. Dios llama siempre en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez, pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa; Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera que le había puesto en una ocasión al pie de la horca.

No existe una “edad perfecta. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento. Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada: vivir es siempre estar a tiempo para la entrega, porque para Él no hay tiempo.

El amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en esa edad. La Virgen era una adolescente -¿catorce, quince, dieciséis años?- y José debía de ser joven, por mucho que hayan intentado envejecerlo pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. Como si la juventud no supiese vivir limpiamente, y no tuviésemos suficientes ejemplos de la lubricidad de algunos ancianos.

¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente. El resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor: treinta años. La iconografía los pinta solemnes y barbados, casi siempre ancianos. Pero la realidad fue distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos de Palestina estaban en la plenitud de la vida: la mayoría acababa de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja el sabor inconfundible de ardor, prisa y vibración de los jóvenes.

Por eso, no se entiende demasiado esa resistencia a la entrega de los jóvenes que se aprecia en algunos ambientes, por considerarlos perpetuos inmaduros. “Os escribo a vosotros, jóvenes -escribe el apóstol Juan en el atardecer de su vida-, porque sois fuertes”. Esa resistencia -resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos a Dios-, como otros rasgos de la sociedad actual, resulta paradójica.

Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es la delincuencia juvenil. Las bandas terroristas están compuestas también en su mayoría por jóvenes. El negocio de la droga y del sexo cuenta con ellos como una importante fuente de ingresos. La prensa recoge con dolorosa frecuencia noticias en este sentido. En algunos países se da el triste espectáculo de madres-niñas y de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos del divorcio, de familias desestructuradas unas veces, etc. Y sin embargo, en muchos de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa que considera que la edad en la que algunos programas oficiales estimulan (directa o indirectamente) a las relaciones sexuales prematrimoniales, es, paradójicamente, una edad en la que se encuentran “psicológicamente inmaduros para la entrega”.

Quizá esa actitud encuentre su explicación, en parte, en algunos condicionantes de nuestra sociedad contemporánea. El menor número de hijos de tantas familias lleva en ocasiones a la sobreprotección de “la parejita”, que conduce, de la mano del egoísmo que ha hecho limitar tantos nacimientos, al egoísmo de considerar que la vida entera de los hijos debe ser para sus padres. Si Dios pide esos hijos para Él, nacen a veces unos celos sorprendentes: celos de Dios, porque les arrebata… lo que es suyo.

Otro factor puede encontrarse en el envejecimiento general del mundo contemporáneo, que propicia una mentalidad de seguridad, de temor al fracaso –causa de tantas enfermedades- y de huida del riesgo. Ese “pasotismo” que caracteriza a cierta juventud parece la asunción cómoda y acrítica de los valores materialistas de la sociedad de consumo que han construido los adultos: se pasa de entrega, se pasa de generosidad, se pasa de sacrificio –se pasa de Dios, en definitiva-, aunque no se puede pasar sin determinados medios superfluos.

Pero la causa definitiva no es de orden sociológico ni coyuntural: se libra en el corazón de cada persona. Hoy como ayer, Dios llama a la puerta del corazón del hombre, le pide que le siga; le convoca al amor. Y las respuestas hoy, igual que ayer, dependen de cada hombre. Y se siguen formulando del mismo modo.

Hace muchos siglos -en el año 626 antes de Cristo- Dios llamó a un adolescente diciéndole: “antes de que te formara en el vientre te reconocí y antes de que salieras del seno te consagré” (Jer 1, 5). Pero estas palabras no le parecieron razón suficiente, como hoy no le parecen razón suficiente a determinados jóvenes. Y protestó, con una excusa muy habitual en nuestros días: “¡Ah, ‘Adonay Yahveh, no sé hablar, pues soy un muchachito”.

Pretendía escudarse en su juventud. Pero Dios no atiende a esos razonamientos puramente humanos. “Y díjome Yahveh -cuenta Jeremías-: no digas ‘soy un muchacho’; pues a todos a quienes yo te enviare has de ir y todo lo que te ordene hablarás. No los temas, porque contigo estoy Yo para librarte” (Jer, 1, 6-8).

La Iglesia, fiel a los requerimientos divinos, ha bendecido la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. “Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud”, escribió don Bosco pocos días antes de su muerte.

Entre los santos de la Iglesia católica hay personas detodos los estados, profesiones, temperamentos y culturas. Madres de familia, artistas, campesinos, juristas, religiosos, aventureros, reyes, mendigos, estadistas, obreros, sacerdotes… La mayoría de ellos se entregaron jóvenes. Basta repasar el santoral para ver cómo la Iglesia Católica rezuma alegría de juventud. No sólo no teme a la juventud, sino que la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, Bernadette, María Goretti… murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue beatificando a jóvenes, y muchos de ellos laicos, como una campesina polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.

Sorprende por eso que se ponga como excusa para no entregarse a Dios… ¡que se es joven! La juventud es la época del amor. Cualquier tiempo es bueno para la entrega, pero esa es la edad privilegiada. Se lee en Camino de san Josemaría Escrivá: “Me has hecho reír con tu oración impaciente. -Le decías: ‘no quiero hacerme viejo, Jesús… ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde. Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel'” (n. 111).

También en esto, los caminos del Señor son distintos de los nuestros. Cuando el Señor le dice a Samuel que busque al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé, éste actúa a lo humano: dejándose llevar por las apariencias. Y pensó que el más adecuado de entre todos sus hijos sería Elíab, el mayor. Pero el Señor le hizo ver a Samuel: “No mires a su buena presencia, ni a su grande estatura, pues no es ése el que he escogido”.

Después de Elíab, Jesé pensó en el siguiente, Abinadab. Pero “tampoco a éste ha elegido Yahveh”. Y así, cuenta la Escritura, fue haciendo pasar Jesé sus siete hijos delante de Samuel, pero Samuel le dijo: “No ha elegido Yahveh a ninguno de éstos”. “¿No tienes ya más hijos?”, le pregunta. Sí, Jesé, tenía un hijo más, el pequeño, en el que ni siquiera había pensado porqueera demasiadojoven: “Aún tengo otro pequeño -contesta Jesé- que está apacentando las ovejas. Lo llamaron. Era rubio y de buena presencia. “Úngele -dijo el Señor- porque ése es” (I Sam 16, 17).

Hablábamos antes de los jóvenes que han elegido el pasotismo como norma de su existencia. Pero hay otros que se rebelan contra esta manipulación publicitaria en la que se les presenta idóneos para el erotismo y la imbecilidad en todas sus formas e incapacitados mentales para los ideales altos.

Hace unos años un personaje norteamericano abordó a un joven al que veía todos los días tumbado tranquilamente en el césped. Le preguntó:

-¿Y tú no haces nada?

-¿Y qué podría hacer? -preguntó el joven, que seguía tumbado.

– Estudiar, por ejemplo.

-¿Para qué?

-Para sacarte un título y trabajar.

-¿Y eso para qué?

-Para ganar dinero.

-¿Para qué?

-Para comprarte una casa, un coche… ¡tantas cosas!

-¿Para qué?

-Para disfrutar en tu vejez y descansar a gusto.

-¡Pues eso es lo que estoy haciendo!

Muchos jóvenes –que se resisten a quedarse tumbados en el césped- ponen en tela de juicio la escala de valores, puramente materialista, que han recibido en el ámbito familiar y que no les proporciona motivaciones suficientes para levantarse, vivir y luchar. La sociedad no les ofrece, con frecuencia, más que un conformismo con la ideología dominante y lo políticamente correcto; y un seguimiento sumiso de la moda y los dictados del medio social y tantas veces apartado de Dios.¿Puede extrañar que tantos jóvenes se rebelen contra esa existencia sin sentido, materialista, abúlica y estéril?

El “tono adolescente” y la gran rebeldía

vocacionhijos_clip_image002_0002

Nunca como ahora se ha hablado tanto de la juventud; pero en gran medida son reflexiones de adultos, porque la juventud por sí misma tiende más a la acción que a la reflexión. El “tono adolescente y juvenil” de ciertas modas actuales -ropa, películas, gustos, expresiones-, lleva a veces a personas de edad a vestir como si tuvieran unos eternos diecisiete años. Ese “tono adolescente” generalizado es meramente formal: el mensaje materialista de esta sociedad, envuelto en ese celofán rutilante de “divertidos tonos juveniles”, hace tiempo que está podrido.

Frente a esta mentalidad acomodaticia se alza la verdadera rebeldía de la juventud: “¿por qué dudar -se preguntaba Berglar- de que así como hay jóvenes que son capaces de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son capaces de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza? No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posibilidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla”.

La respuesta a la llamada de Dios es la gran rebeldía: rebeldía ante el pecado, ante el aburguesamiento, ante la tibieza, ante la falta de ideal. Esa llamada acontece con frecuencia no sólo en la juventud, sino antes, en la niñez, aunque sólo pueda llevarse a cabo años más tarde, conforme a las prudentes prescripciones canónicas de la Iglesia. Un escritor contemporáneo, Luis Rosales, refiere en un largo texto una llamada de Dios a los doce años:

“Así era ella. Se llamaba María para jugar y entretenerse en algo y era la más pequeña de nosotros. Doce años bien cumplidos, pelicastaños, joviales (…).

Jugaba siempre a tener alegría, a no dejar cosas por hacer, a vivir en mañana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandonáramos demasiado a ser hombres. Tenía los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el cañaveral de alegría.

Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo vocación y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento. Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jugábamos con las columnas y los primos en el patio de casa. Aunque reía para nosotros, estaba disgustada porque a mí aquello del piano me pareció decisión para nunca. No sé lo que le dije; probablemente alguna tontería cuando no la recuerdo. Y ella siguió viviendo sus doce años como jugando al escondite con ellos; pero por las mañanas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo música celestial. Al principio, naturalmente, no consiguió que nadie tomara en serio su vocación. Todos culpábamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todavía tuvieran en los ojos alumbrado de gas. Nos decíamos, para quitarle importancia al asunto, que ellas debían haberla sonsacado, pero a sabiendas de que María no era fácil de sonsacar. Y así pasaron varios años.

Lo que más nos extrañaba al observarla, al conversar con ella, era advertir que no había habido ni el más ligero cambio en su carácter. Al contrario, la alegría se le fue haciendo más inmediata e irrestañable. Le nacía de más hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios seguían teniendo aquel desplante y aquella impávida terquedad de siempre. Dulce también lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisión que parecía subirse en una silla para ponernos los ojos en hora. Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burlón la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegué a saber que la tristeza no es cristiana (…).

Pero vamos a ver, María, ¿cómo estás tan segura, a tu edad, de tener vocación religiosa? Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombrío. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risueña y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que está esperando la llegada del tren (…).

Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme. Y no se equivocó. La vocación no se equivoca. Desde entonces todos los años que ha vivido se le reunieron en la luz de una mañana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perdíamos para siempre, no me dolieron sus palabras. Comencé a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel día ambos tenemos la misma edad: Hemos cumplido los mismos años de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocación: la certidumbre de estar pisando todavía sobre el último grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos -¿verdad, María?- que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocación”.

Esta larga cita revela una experiencia multisecular de la Iglesia: la respuesta a la llamada manifiesta la madurez de la persona entregada, que se expresa conforme a las características psicológicas propias de la edad. Por eso, no hay que contraponer estas manifestaciones frente a la entrega o la santidad. La madre de Jacinta y Francisco declaraba que sus hijos eran niños normales: “niños muy niños”. Sus hagiógrafos los presentan rezando a la Virgen y mortificándose por los pecadores, cantando casi sin parar, bailando, correteando y jugando, como todos los niños.

Los santos jóvenes fueron santos porque supieron vivir plenamente cara a Dios su juventud. Sabían que un santo triste es un triste santo y amaron heroicamente a Dios sin dejar de ser lo que eran: niños, jóvenes, con toda la alegría de su edad: ¿por qué no? Los padres de una chica española del Opus Dei, fallecida con fama de santidad, Montse Grases, evocaban en TVE la figura su hija y recordaban que había sido “de pequeña, muy revoltosa. Era una niña muy niña”. Su madre contaba cómo luego se convirtió en una joven “clara, transparente, sencilla y sin doblez”. Su padre corroboraba: “era una chica normal, con mucha serenidad”. Y sus amigas la recuerdan siempre sonriente, tocando la guitarra, jugando al baloncesto, haciendo excursiones con sus amigas: “muy deportista, muy vitalista”.

La mayoría de los santos jóvenes no fueron “jóvenes raros” sino jóvenes extraordinarios en lo ordinario. “Era tan normal -comentaba una amiga de Montserrat Grases- que cuando empezaron a pedir testigos de su vida, pensaba que no tenía nada extraordinario que declarar. Luego, con el transcurso de los años, la vida, la madurez, incluso la profesión -porque soy enfermera y trabajo en un centro médico-, me han hecho comprender que su normalidad era realmente extraordinaria. Porque que reaccionara así, en aquella adolescencia, una persona que sabía que tenía un cáncer de huesos, que tenía vida para poco tiempo… sin pensar en sí misma, preocupándose igualmente de los demás, sin cambiar de humor… Ha sido luego cuando he valorado realmente lo extraordinario de su comportamiento”.

Estos ejemplos nos muestran que los jóvenes santos vivieron la plenitud del Amor de Dios en la plenitud de su propia edad; y se cumplieron en ellos las palabras de la Escritura: super senes intelexi; entendieron a Dios mejor que los ancianos.

Por esa razón alentaba Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: “¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del mor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!”

El ideal cristiano de entrega desconcierta a ciertos sectores contemporáneos. Los jóvenes que se entregan a Dios no están demasiado bien vistos. No es nada nuevo: Carlos Borromeo comentaba que “no conviene desanimarse por habladurías de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo y luego que cada cual diga lo que quiera”. (Aunque a veces, no todo se queda en palabras: uno de sus detractores le disparó a quemarropa con un arcabuz mientras rezaba, afortunadamente sin consecuencias mortales. También a don Bosco, que opinaba de forma parecida, le dispararon, intentaron acuchillarle; y recurrieron al veneno; más tarde trataron de matarle a palos… Y estos casos no fueron los únicos).

En la vida de san Francisco de Sales, como en la de la mayoría de los santos, hay un largo capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. Desgraciadamente, muchas de las insidias que sufrieron provenían de personas que habían abandonado la vocación. San Franciscode Sales había logrado convertir de su mala vida a una talBellot, que tras pasar una temporada en el convento de la Visitación, regido por santa Juana de Chantal, volvió a sus andanzas y se convirtió en la amante de un señor de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó dimensiones colosales. San Francisco intentó hacerla cambiar, al principio privadamente; pero luego no tuvo más remedio que hablar del escándalo desde el púlpito.

La reacción no se hizo esperar: el amante de la Bellot, despechado, falsificó la letra del santoy puso en circulación -mediante una trama de engaños- una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad haciéndose cruces. Las calumnias y las habladurías fueron en aumento y un día apareció un cartel sobre la puerta del convento que decía: “serrallo del Obispo de Ginebra”.

Un amigo, indignado por todo aquello, quiso batirse en duelo con el que había escrito aquellas falsedades. San Francisco se lo impidió: “tenía por principio –escribe su biógrafo- que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero que si la acusación se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio”. Así que le dijo a su amigo que él no era el autor de aquella carta y se quedó tan tranquilo. Juana de Chantal, de carácter fogoso y vehemente, no comprendía aquella tranquilidad; quería denunciar a los falsificadores y llevarlos hasta los tribunales.

El santo la calmó. Había que rezar por ellos y perdonarles. Un día se encontró con el autor del cartel y le dijo: “Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no hace falta que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro”.

Historias semejantes podrían contarse de Tomás Moro, Pedro Claver, del Cura de Ars o Teresa de Ávila . Realmente, no ha habido santo libre de murmuraciones, trapisondas y enredos. Y no han sido sólo cosa de los comienzos de la Iglesia o frutos pasajeros de un momento. La murmuración se ha ensañado con almas de reconocida santidad. Un mediodía caluroso la chusma de Roma contempló un espectáculo inesperado: dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi, hacia las prisiones del Santo Oficio. Le habían detenido de repente, al mediodía, sin darle tiempo a ponerse el sombrero. Andaba incierto, encorvado y tambaleante. Se llamaba José de Calasanz.

El despecho murmurador llegó en el siglo diecinueve hasta Ars, una aldea miserable, donde un humilde párroco conmovía a toda Francia con su amor a Dios. “Durante este tiempo -escribía- vivía esperando que de un momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo”.

¿Causas de la murmuración? ¿La envidia? ¿El despecho? Es imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones contra los que se entregan a Dios. Murmuraciones de ese tipo llegaron hasta la corte de Isabel II. Se cuchicheaba en todos los corros palaciegos: “¿no sabes? la de Jorbalán, la mismísima vizcondesa de Jorbalán se ha vuelto loca: se dedica a reeducar mujeres de mala vida”. Y no faltaban las suposiciones maliciosas: ¿y no será que en vez de reeducarlas lo que hace es…?”

Hasta que una persona prudente, un marqués amigo de la vizcondesa de Jorbalán –santa Micaela- se la encontró en la antesala de un ministerio, y empezó a gritarle: “Pero, ¿es posible que haya perdido usted la cabeza hasta ese punto? Déjese de tonterías, vuélvase a los suyos, que están desconsolados con sus locuras y no le busque Vd. cinco pies al gato…” Afortunadamente, la santa no le hizo demasiado caso.

Esas murmuraciones contra las almas entregadas a Dios no parecen descansar nunca, ni arredrarse ante la santidad más floreciente: con motivo del centenario de la muerte de san Juan Bosco, algún articulista italiano intentó derramar sobre su vida santa, que tantos frutos ha dado a la Iglesia, las sospechas más torpes y las calumnias más bajas. Y esto mismo le pasó en vida a santa Teresa –a la que acusaron de todo durante sus andanzas por Castilla- y le ha seguido pasando en estas últimas décadas, cuando ciertos “analistas” la han querido presentar como una neurótica y… ¿para qué seguir?