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LA MIRADA Y LA INTELIGENCIA

Ya hemos advertido que la vista es el sentido más cercano al entendimiento, el que le sirve mejor y con más frecuencia. “El más noble”, dirían los clásicos. Cuando no somos capaces de comprender algo, recurrimos a la expresión “no lo veo”. El intelecto impulsa a mirar más que a sentir de cualquier otro modo. Y cuando se trata de entender objetos invisibles — desde un átomo hasta al mismo Dios, puro Espíritu — nos forjamos una imagen, una idea interior “visible”, dibujada por la imaginación.

El espíritu humano se nutre, sobre todo, de cosas “vistas”. Y, por otro lado, se manifiesta también visiblemente, en el hombre. Nuestro cuerpo visible revela cosas invisibles: afectos, sentimientos, actitudes, ideas… Y esta manifestación — admirable y misteriosa — del espíritu en la carne, funda y matiza todas las relaciones humanas.

Lo visto, además, es lo que suele dejar una huella más indeleble en el alma. Se conservará su imagen allá, en el archivo de los recuerdos, para emerger quizá cuando menos lo esperamos. Y, mientras tanto, agazapado, en aparente inactividad, va formando un sedimento que puede constituir un substrato rico y fecundo para el pensamiento y para la vida, o, por el contrario, un poso sórdido y envilecedor. Los ojos nos descubren la maravilla del mundo, y también su inmundicia.

Ambas cosas, de algún modo penetran en el espíritu y nos afectan siempre, más o menos, en un sentido o en otro. El caso es que una mirada es importante para quien mira y también para aquel que con ella se cruza.

Dante, en virtud de la mirada — sonriente, luminosa — de Beatriz, siente que su espíritu se eleva: se encuentra transportado al paraíso en que Beatriz estaba, alcanza su altura. Vale la pena atender a este acontecimiento que también es cotidiano. Si la mirada es casi el alma hecha fluido, no es de maravillar que las personas de espíritu puro, limpio, generoso, difundan un ambiente de idénticas características, que alcance hasta lo hondo de los que se hallen en su ámbito con suficiente capacidad receptiva.

Una mirada ajena, al revelarnos los misterios insondables del interior de otra persona puede enriquecer todos nuestros sentimientos. Pero también envilecerlos. Esto, claro, depende a su vez de nuestro propio espíritu. Si el mejor de los perfumes se arroja en un estercolero, se pierde irreparablemente. Podemos ganar y perder nuestra alma en sólo una mirada.

Si se quiere conservar una mirada limpia que permita ver las cosas en puridad — y guardar incontaminado nuestro espíritu –, se hace preciso seleccionar, en lo que cabe, los objetos de nuestra mirada. Debemos guardarla, reservarla para lo que enriquece el alma, guardarla bien — sin despilfarros letales –, protegerla de lo que la puede enturbiar. Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado, dice Dios. Si tu ojo es sencillo — libre de extrañas mixturas –, si tu ojo es puro, todo tu cuerpo — todo tú, se entiende — estará lleno de luz, serás puro.

¡Grandes palabras! Palabras que nos instan a cuidar nuestra mirada y guardarla como se guarda un tesoro, como ha de guardarse el alma, que es, en rigor, la que mira, la que fluye a través de sus ventanas. ¡Que no se pierda! ¡Que no se diluya en lo sórdido! ¡Que no se embrutezca! Debe ser limpia el alma, pura, que es de Dios — sólo es de Dios –, y Dios es la Pureza. Nada suyo puede estar manchado.

Se entiende ahora lo que quieren decir los escritores espirituales, cuando nos recomiendan guardar la vista. Siempre es posible “no mirar”, aunque a veces no lo sea “no ver”. Guardar la vista es tanto como guardar el alma para nosotros mismos, para nuestros semejantes, y — lo que más importa — para Dios.

Está claro que la tarea no es fácil. En el siglo de la ecología, en el que es delito contaminar la atmósfera, el espacio exterior, los pulmones — al menos los de los demás –, resulta que ensuciar y devastar los mundos interiores — mucho más hermosos y delicados — de la persona, se presenta casi como un derecho de la economía de mercado. De modo tiránico, hipócritamente, en nombre de la democracia, se nos fuerza a una actitud de continua alerta. La ola pornográfica inunda ciudades, hogares, aulas… y no precisamente poco a poco. Si uno no está siempre “en guardia” puede perder su pureza, su mirada limpia en pocos instantes. Se hace urgente una protesta correcta pero vigorosa — con el ejemplo y con la palabra — para que el mundo redescubra la importancia del sentido del pudor y de la modestia.

Los tiempos han cambiado…

  • Objeción: hay algunos criterios morales que tienen un margen de relatividad, por ejemplo en el terreno del pudor y de la modestia. En tiempos de nuestras abuelas había algunos criterios distintos
  • Una respuesta:

  • Es cierto que algunos usos y costumbres sociales concretos han cambiado; es cierto que en tiempo de nuestras abuelas había algunas costumbres distintas, pero mucho menos de lo que parece: sigue habiendo, hoy como ayer, un límite real, no relativo, entre lo decente y lo indecente, lo reconozca o no la legislación, la opinión pública, etc.
  • Una persona que se esfuerza por vivir cristianamente distingue sin dificultad la modestia de la inmodestia, y el pudor de la desvergüenza.
  • En la actualidad existe un código –conocido por todo el mundo- (compuesto por expresiones, palabras, comportamientos, actitudes y modos de vestir) que incluye todo lo provocativo desde el punto de vista sexual.

    Un cristiano se esfuerza para que su lenguaje corporal no incorpore ninguno de los elementos de ese código.


22. Orden:

esta virtud tiene muchas manifestaciones, según los diversos ámbitos de la vida: hay personas muy ordenadas con su tiempo y desordenadas con las cosas.
Para cultivarla es conveniente establecer una buena escala de prioridades: Dios, los demás, yo. Los desórdenes en la vida cotidiana provienen con frecuencia por la transgresión de esa escala.