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La madurez

  • Poco a poco se va alcanzando la madurez con:

    • La aceptación humilde de las limitaciones.
    • La aceptación de los propios defectos, contra los que se tendrá que luchar siempre, con espíritu deportivo, comenzando una y otra vez, con la gracia de Dios.
    • La aceptación de que no se tienen las capacidades que se necesitan para realizar unos determinados proyectos e ilusiones, descubriendo, por el contrario, capacidades que se desconocían.
    • Todo esto tiene especial relevancia para la vida cristiana:
      Para ser santo, es necesario querer ser santo, porque como afirma Philippe, “a fin de cuentas, Dios nos da lo que nosotros deseamos, ni más ni menos. Pero para ser santos tenemos que aceptarnos como somos”.

      Este deseo de cambiar y de mejorar, debe ir unido a la aceptación humilde y gozosa de uno mismo, con todas las imperfecciones: no son dos actitudes incompatibles.

      ¿Cómo se armonizan estas dos actitudes entre sí?

      “El secreto es muy sencillo –responde Philippe: se trata de comprender que no se puede transformar de un modo fecundo lo real si no se comienza por aceptarlo; y se trata también de tener la humildad de reconocer que no podemos cambiar por nuestras propias fuerzas, sino que todo progreso, toda victoria sobre nosotros mismos, es un don de la gracia divina.

      Esta gracia para cambiar no la obtendré si no la deseo, pero para recibir la gracia que me ha de transformar es preciso que me acoja y me acepte tal como soy.” (La libertad interior)

  • La madurez lleva a desarrollar nuestra personalidad conforme a nuestras capacidades reales.

    Por eso, conviene analizar cuales son los criterios de autoevaluación que usamos con nosotros mismos porque están equivocados.