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El sufrimiento, la enfermedad y la muerte Javier Echevarría

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“El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. Estas palabras del Señor, que expresan la plenitud con que llama a su seguimiento, indican, sin medias tintas, que el cristiano ha de estar dispuesto a gastar su propia vida con la misma disposición de entrega de Jesús, es decir, a amar la existencia concreta que Dios quiera para él, con las dificultades y los malos tragos que pueda traer consigo.
Y, en consecuencia, que ha de estar dispuesto a asumir con sentido sobrenatural el dolor, los sufrimientos, la enfermedad y, en último término, la muerte, porque todo esto va inseparablemente unido a la condición humana sobre la tierra. Tarde o temprano, bajo una modalidad u otra, el sufrimiento aparece en nuestra vida, y ante él tenemos que adoptar una actitud que refleje la de Cristo, sabiendo también que contamos con su auxilio.

Eso significa la expresión “tomar la cruz”: enfrentarnos a nuestro camino, con lo que comporte, empeñándonos en todo y por encima de todo en cumplir la Voluntad de nuestro Padre Dios.

La actitud que adoptemos ante el dolor -que no se debe buscar temerariamente, pero que no dejará de presentarse- indicará, de modo muy particular, cómo estamos acogiendo la invitación a ir en pos de Cristo que Él mismo nos dirige. Porque el misterio del dolor se entrecruza con el de la libertad y con el del sentido de la vida. A unos, el sufrimiento les acerca a Dios, ya que saben recibirlo con fe, reconociendo en esa sacudida una llamada a unirse a la Cruz redentora.

A otros, les aleja, pues les lleva a dudar de la bondad del Señor que -siendo omnipotente- permite el sufrimiento; llegan incluso a aducir esa dolorosa experiencia como motivo para negar la existencia del Creador o, sin llegar a tanto, para cerrarse a la posibilidad de confiar en su amor paternal. La verdad está en que Dios, amándonos, permite esa prueba porque -aunque sea por razones que se nos escapan- constituye parte del camino del hombre hacia la felicidad.

La pregunta por el dolor y su porqué

Indudablemente, el padecimiento propio y ajeno, la muerte de los seres queridos, las grandes tragedias de las que, por una u otra vía, todos somos partícipes, suscitan preguntas inquietantes: ¿por qué?, ¿por qué ahora?, ¿por qué a mí?, ¿por qué a esas personas concretas?, ¿qué sentido encierra esto?, ¿cómo afirmar que Dios me ama, si tolera esas penalidades?”

La Sagrada Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento”, ha escrito Juan Pablo II en la Carta ApostólicaSalvifici doloris. El mensaje cristiano, en efecto, incluye una respuesta a todas esas cuestiones, aunque ciertamente se trata de una contestación que no resulta comprensible a quienes persigan soluciones simples o técnicas para alcanzar una perfecta impasibilidad.

No es por esa vía como puede lograrse una comprensión de la realidad del dolor, ni -a decir verdad- de ninguna de las cuestiones capitales de la existencia humana. Debemos mirar con otros ojos a nuestro alrededor, como debemos leer el Evangelio con óptica muy diversa. Cristo no niega la existencia del dolor, ni promete hacerlo desaparecer en esta vida. Nadie ignora que curó a muchos enfermos, que alivió dolencias y penas y que condenó las injusticias que pueden ser causa inmediata de tantos padecimientos. Pero a la vez afirmó que cada uno tiene que “tomar su cruz” y, con su ejemplo en el Calvario, mostró el realismo de esa expresión en su más hondo sentido, al tiempo que nos señalaba cómo y con qué disponibilidad hemos de tomar y cargar la Cruz.

Nada más propio del cristiano que poner los medios, con el auxilio divino, para eliminar o atenuar el sufrimiento, tanto el personal -no por egoísmo, sino para trabajar y servir más y mejor- como especialmente el ajeno, ya que ese dolor -afecte a personas cercanas o distantes- no debe dejarnos nunca indiferentes. Pero no es menos claro que el hijo de Dios, en el fondo de su alma, ha de fomentar siempre el deseo de aceptar las pruebas que se le presenten. Poco se habría dejado iluminar por Cristo Crucificado quien, ante el sufrimiento, no concibiese otra actitud que la rebelión o la rabia.

El hombre no ha sido creado para sufrir; tampoco para ser despojado de lo bueno, o de su misma vida. Al contrario, la criatura humana está convocada a la felicidad. De ahí que el sufrimiento, la enfermedad y la muerte planteen preguntas como las antes mencionadas. La fe enseña, además, que el mundo fue creado por Dios bueno y armonioso, y que el sufrimiento y la muerte se introdujeron en la historia sólo a causa del pecado original de nuestros primeros padres, Adán y Eva, en quienes estaba representada toda la humanidad.

El relato del Génesis, que nos habla del primer pecado, nos revela a la vez que el dolor, en cuanto castigo o consecuencia del mal, no tiene la última palabra. Dios ha prometido vencer al pecado y cuanto con esa transgresión ha adquirido carta de ciudadanía en la historia.Ahí aparece una primera y fundamental respuesta, sobre la que será preciso volver. Pero conviene continuar el repaso de la Escritura, puesto que ese “gran libro sobre el sufrimiento” arroja una gran luz para nuestra inteligencia, que termina de perfilarse con la palabra y con la vida de Jesús.

Se evoca muchas veces, a lo largo del Antiguo Testamento, la idea -que no había desaparecido en tiempos del Señor- de que el sufrimiento que arrastra cada hombre es consecuencia de sus propios pecados o de los de quienes se hallan más cerca de él. Ante el ciego de nacimiento, los Apóstoles interrogan: “¿Quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?”.

El pensamiento de una retribución terrena e inmediata por el bien realizado y un castigo también terreno e inmediato por el pecado ofrece una explicación causal del sufrimiento, muy vinculada a una estrecha noción de justicia, que proporciona una cierta tranquilidad. Además, esa postura abre un camino para una relativa esperanza: si nos liberásemos o fuésemos liberados del pecado, nos veríamos también libres del sufrimiento, ahora mismo. Se explica que este modo de pensar arraigara en el pueblo de Israel, al igual que en otras religiones, especialmente cuando se completaba -como ocurría entonces- con otra consideración muy desarrollada por la tradición sapiencial, que presentaba el sufrimiento como una corrección paterna que ayuda a madurar, recomponiendo lo que habíamos malogrado por superficialidad o malicia.

Esas dos ideas contienen una indudable verdad, tanto en un plano meramente humano como desde la perspectiva de la fe. Sin embargo, la lógica de la retribución temporal directa no explica todo. De hecho, entra en crisis al escuchar la narración de diversos textos del Antiguo Testamento, y más concretamente con la lectura del libro de Job. En diálogo con ese varón justo, al que se priva de todo y sobre el que recaen los mayores dolores, sus amigos intentan presentar las torturas que le afligen como castigo por algún grave pecado que el propio Job se resiste a reconocer. Pero el mismo Dios desmiente tales acusaciones: Job es inocente. La lógica de la retribución -comenta Juan Pablo II- no se puede “aplicar de manera exclusiva y superficial. Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo”.

Esos razonamientos, y los textos bíblicos de que parten, implican la superación de la doctrina de una retribución mecánica, pero plantean una cuestión nueva y particularmente grave: la del sufrimiento del inocente, que en muchos ha provocado y provoca escándalo o, al menos, una gran dificultad de comprensión. El libro de Job no ofrece, propiamente hablando, respuesta a este interrogante, pues termina con la advertencia de que los hombres no debemos pretender conocer y juzgar los ocultos designios de la sabiduría divina; es decir, concluye apelando a un acto de fe, que está más allá de razones puramente humanas. En otros pasajes, el Antiguo Testamento ofrece elementos que permiten vislumbrar una luz nueva. Con frecuencia menciona el valor del sufrimiento de los elegidos de Dios: Moisés, Elías, Oseas, Jeremías, y tantos otros justos de cuyas lamentaciones queda constancia en la literatura profética o en los Salmos.

Todo culmina en la figura del Siervo de Yavé, como la presenta el profeta Isaías: “Tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades; aunque nosotros le reputamos como un leproso, y como un hombre herido por Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fue él llagado, y despedazado por nuestras maldades; el castigo de que debía nacer nuestra paz descargó sobre él, y con sus heridas fuimos nosotros curados”.En esos textos, continúa estableciéndose una relación entre el sufrimiento y el pecado, pero diversa de la que aparecía al hablar de la retribución directa: ahora se expone el sufrimiento de un inocente, elegido y amado por Dios, que sana la culpa de los pecadores.

Cabe vislumbrar una analogía entre lo que Isaías anuncia y el llanto de David por la muerte de su hijo Absalón. Absalón se había rebelado contra su padre, le había ofendido y humillado, se había alzado en armas contra él y le había obligado a huir. No obstante, apenas recibida la noticia de la muerte de ese hijo, David rompió a llorar, diciendo: “¡Hijo mío Absalón! ¡Absalón, hijo mío! ¡Quién me diera, Absalón, hijo mío, que yo muriera por ti!”. Quizás, en David mismo, esas palabras no pasaran de un desahogo humano; pero, precisamente porque son la expresión de un amor que empuja a querer sufrir en lugar de otro, anuncian de algún modo la posibilidad de que Dios, movido por su amor paterno, se adelante hasta el extremo de hacerse hombre y dar la propia vida por los hijos rebeldes.Lo que en el Antiguo Testamento es anuncio y conjetura, en el Nuevo se plasma en realidad y en respuesta cumplida. Cristo sufre y muere por amor.

El Padre envía al Hijo para que, al entregar su vida, dé testimonio definitivo del amor y fluya de Él, de la Cruz, el Espíritu que hará posible la fe y, con ese don divino, la salvación. El misterio del dolor permanece, pero queda situado en un contexto, el de la compasión y el amor infinitos de Dios, que ofrece, dentro del claroscuro de la fe, la posibilidad de la confianza. Como escribió el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, ante el sufrimiento, ante la enfermedad y la muerte, “el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete.

Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia”. Ante la realidad innegable del dolor -concluye- “el remedio es mirar a Cristo”.

Debemos aprender a contemplar a Jesucristo en la Cruz; mejor dicho, debemos aprender la ciencia de la Cruz. El sufrimiento de Jesús nos sitúa ante el núcleo del plan divino de nuestra redención: la destrucción del pecado en virtud del amor infinito de Dios, que se manifiesta en la entrega total. Por eso, el desgarramiento de Nuestro Señor no constituye la última palabra del Evangelio, como tampoco el anuncio del castigo era la última palabra en el relato del Génesis. La Pasión y la Muerte de Cristo están unidas a la Resurrección.

“Entonces -explica San Lucas al narrar una de las apariciones de Jesús resucitado-, les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día»”. Estas frases del Señor, paralelas a las pronunciadas ante los discípulos de Emaús, recuerdan que Dios es el Dios del amor y de la vida: un Dios que vence al pecado, al desamor, y a la muerte que del desamor deriva, precisamente con su Amor, y que nos hace renacer de esa forma a una vida nueva que no tendrá fin.

La participación del cristiano en el misterio del dolor

Mirar a Cristo clavado en la Cruz: ése es el camino, decía hace un momento. La zozobra ante la realidad del dolor, la inquietud intelectual ante su porqué, permanecen y permanecerán mientras sigamos en la tierra, tal vez porque tampoco alcanzamos a percibir el abismo de mal que implica el pecado.

Pero contemplando la Cruz, donde la infinitud del amor de Dios relumbra con esplendor, nos sentimos acompañados. Dios no es ni será jamás un Dios ajeno a nuestro dolor, sino un Dios que lo ha asumido en Cristo y lo ha hecho suyo.

También al mirar a Jesucristo en la Cruz nos adentramos -aunque estemos lejos de poder abarcarlo- en su amor por nosotros, pues ha buscado todos esos padecimientos porque siempre ha deseado nuestro bien, nuestra salvación.

Y nada más cierto que no hay amor sin dolor, sin sacrificio.”Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”, proclamó Jesús en el sermón de la montaña. Ya antes el profeta Isaías, en uno de sus textos más netamente mesiánicos, había escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido (…) para consolar a todos los que lloran”. Sólo en el Cielo alcanzaremos la felicidad perfecta.

Pero ya ahora Cristo, con su entrega, nos aporta el gran consuelo de su cariño, de su compartir nuestro dolor; y no de cualquier modo, sino asumiéndolo en su totalidad y otorgándole así un nuevo sentido.Porque el sufrimiento y la muerte del Señor han operado una transformación radical de la realidad de nuestro sufrimiento y de nuestra propia muerte. Jesucristo no los ha eliminado en quienes peregrinamos por la tierra; pero los ha transformado, incorporándolos voluntariamente, por amor, en su humanidad de hombre perfecto. Después de Cristo, los dolores y el tránsito último y definitivo no son lo que eran antes de Él.

Atendiendo a su realidad más profunda, el dolor no aparece ya para nosotros como castigo, sino como camino de salvación y de divinización. La muerte no significa ya bajada al Seôl, al abismo donde hay sólo una vida umbrátil y donde no cabe alabar a Dios, sino puerta que nos introduce para siempre en la casa del Padre, donde se goza de Él y de la compañía de los hermanos.

A la luz de esta nueva y profunda realidad, se termina de perfilar la actitud del cristiano ante el sufrimiento y la muerte. El dolor, en sus múltiples expresiones, incluso cuando llega como consecuencia de equivocaciones que hemos detestado después, se vuelve ascenso de identificación con Cristo, vía para la progresiva realización de nuestra condición filial, señal de que Dios nos acepta como hijos y nos invita a participar en la obra redentora. San Pedro nos exhorta a recorrer sin miedo el camino de nuestra existencia, también con lo que guarda de pena y dolor, “pues para esto fuisteis llamados, ya que también Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis sus huellas”.

Y el Beato Josemaría, en su libro Via Crucis, comenta: “Dios es mi Padre, aunque me envíe sufrimiento. Me ama con ternura, aun hiriéndome. Jesús sufre, por cumplir la voluntad del Padre… Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme, si encuentro por compañero de camino el sufrimiento? Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo”.Quien vive de fe sabe descubrir -en la prueba que se incrusta en su alma o en su cuerpo- la Cruz con mayúscula; es decir, una Cruz que, identificándose con la de Cristo, contribuye a la salvación.

Y, aunque en tantas ocasiones se le salten abundantes las lágrimas, puede repetir con íntimo y gozoso convencimiento las palabras de San Pablo a los Colosenses: “Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia”.

Vale la pena apuntar una última consideración. La historia de las penalidades experimentadas y causadas por los hombres pone en evidencia la gran potencia del mal: injusticias, opresiones, violencias, guerras, homicidios. El modo elegido por Dios para liberarnos del océano de iniquidad que brota del pecado, pasa a través del sufrimiento que Cristo voluntariamente buscó y aceptó; y que es aceptado después también por quienes le siguen. No porque el dolor suponga un castigo, con el que se aplaca a quien reclama una satisfacción llevada hasta el extremo (no es ésa la actitud de Dios), sino porque su aceptación voluntaria -en cuanto potencia destructora del pecado- se identifica con el mismo amor. El Señor lo explicó indicando que “nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos”.

También para los hombres y mujeres, especialmente para todos nosotros, “el Dolor es la piedra de toque del Amor”, como leemos en Camino. La contrición subraya el dolor del alma, y destruye la culpa, porque se trata de un pesar que expresa el amor de quien, en el pasado, había preferido libremente la desobediencia y el pecado.

El dolor se traduce en amor que se purifica y purifica. Considerado de este modo, el sufrimiento muestra toda su hondura existencial, desde la que interpela a la libertad: para unos es escándalo; para otros, voluntaria identificación con el amor salvífico de Dios. Que tome una dirección u otra, depende de la fe, de la respuesta a la llamada que Jesucristo nos dirige, entregando su vida -con dolor y con amor- por nuestra salvación.