Archivo de la etiqueta: accion evangelizadora

Dos extremos erróneos en la acción evangelizadora

index_clip_image002_0010


Hay dos extremos equivocados, que parten de un concepto erróneo de la libertad:

A. El extremo de los que -en base a una malentendida libertad- se desentienden de los demás, y los dejan en su ignorancia y alejamiento de Dios, olvidándose de que, por su condición de bautizados y testigos de Cristo, tienen el derecho y el deber de difundir el mensaje evangélico, con mismo entusiasmo apostólico de los primeros cristianos.

El cristianismo verdadero no puede reducir su vida a un “intimismo espiritual”, ni recluirse en una torre de marfil, porque el Mandamiento Nuevo lleva a salir de sí mismo, a darse a los demás por amor de Dios.

Juan Pablo II recordaba en la Redemptoris missio: “La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!”

B. El extremo de los que desprecian la libertad y piensan que es lícito usar cierta coacción para ganar almas para Cristo.

San Josemaría reaccionaba ante este extremo, recordando: «las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo» (Conversaciones, 9 ed. Madrid 1973, n° 104).


No me atrevo

  • La virtud de la valentía es muy necesaria en la acción evangelizadora, que exige fortaleza en la fe. La cobardía de Pedro ante la criada puede estar presente en nuestra vida, disfrazada de falsa prudencia o acomodación a las circunstancias. Son los llamados respetos humanos.

  • La falta de fe en Dios se traduce, para el apóstol, en miedo:
      • Miedo a quedar mal, a “andar en lenguas ajenas”.
      • Miedo a la murmuración: a los comentarios injuriosos o a las bromas denigratorias de amigos y compañeros.
      • Miedo a “significarse”, a dejar de ser uno más dentro del conjunto social.
      • Miedo a “parecer bueno” cuando ciertamoda lleva a “parecer malo”.
      • Miedo a alejarse del patrón social y de lo políticamente correcto, de lo que en la actualidad se acepta o se denigra.
  • El miedo es la más grande falta del apóstol, según el Siervo de Dios cardenal Wyszynski:

    La falta más grande del apóstol es el miedo.

La falta de fe en el poder del Maestro despierta el miedo: y el miedo oprime el corazón y aprieta la garganta. El apóstol deja entonces de profesar su fe. ¿Sigue siendo apóstol? Los discípulos que abandonaron al Maestro aumentaron el coraje de los verdugos. Quien calla ante los enemigos de una causa, los envalentona.

El miedo del apóstol es el primer aliado de los enemigos de la Causa.

“Obligar a callar mediante el miedo”, es lo primero en la estrategia de los impíos. El terror que se utiliza en toda dictadura está calculado sobre el mismo miedo que tuvieron los Apóstoles.”

“El silencio posee su propia elocuencia apostólica solamente cuando no retira el rostro ante quien le golpea. Así calló Cristo. Y en esa actitud suya demostró su propia fortaleza. Cristo no se dejó aterrorizar por los hombres. Saliendo al encuentro de la turba, dijo con valentía: Soy yo” (citado en ¡Levantaos! ¡Vamos! de Juan Pablo II)

El tiempo en el apostolado. Paciencia y urgencia apostólica: es Dios quien marca el ritmo

index_clip_image002_00062


El apóstol procura vivir en el presente, sabiendo que las personas que le rodean constituyen la generación que debe acercar a Cristo.De ahí nace la urgencia apostólica del apóstol.

Pero los tiempos son de Dios: el apostolado no es una carrera de rallyes: se trata de ir al paso de Dios, al ritmo de Dios, por sus circuitos, tomando las curvas con Él.

Santa Teresa de Lisieux, Novissima verba: No podré descansar hasta el fin del mundo, mientras haya almas que salvar

¡A cuántos hombres es preciso llevar todavía a la fe! ¡A cuantos hombres es preciso reconquistar para la fe que han perdido, siendo esto más difícil que la primera conversión a la fe! Sin embargo, la Iglesia, consciente siempre del don de la Encarnación de Dios, no puede nunca detenerse, no puede pararse jamás” (Juan Pablo II)
Pero la urgencia apostólica, si nace de Cristo, lleva a actuar con paciencia y serenidad, que no quiere decir lentitud.

Es propio del cristiano apóstol conjugar la urgencia evangelizadora con el saber esperar, poniendo los medios necesarios, día tras día, con paciencia y fortaleza, porque la Evangelización no se puede realizar mediante esfuerzos tibios. Eso debe llevarle:

-a no precipitar los hechos: salvo casos excepcionales, como el de André Frossard, que experimentó una conversión repentina fruto de una gracia excepcional, lo habitual es que las personas sigan un itinerario de acercamiento a Cristo con fases graduales.

San Josemaría enseñaba que, si se ayuda a las almas con un trato apostólico constante, “las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo” (Amigos de Dios, 78).

– a ir al paso de Dios. Como la acción evangelizadora no una táctica, sino fruto del amor a Cristo, el apóstol debe esperar, con plena confianza y sin desánimos.

Cada alma tiene su propio tiempo. Porque confía en la gracia, el apóstol debe tener la humildad de ser siempre optimista. El Señor tiene sus caminos para cada alma: caminos personales y misteriosos: unas veces, rápidos y veloces; otras veces, lento.