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Los padres y la vocación de los hijos

padres_clip_image002La llamada divina, un gran don de Dios



La vocación es un don divino completamente inmerecido para cualquier persona; y para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una caricia muy especial de Dios. Cuando Dios llama a un hijo para que se entregue plenamente a su servicio (en cualquiera de sus formas: en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la entrega plena en medio del mundo, etc.), inmediatamente brota en el alma un acto de acción de gracias, pues supone un verdadero privilegio.

“Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos” (Catecismo Iglesia Católica, n. 2233).

Los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.

“La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 53).

¿Cómo se puede rezar?

  • Se puede:
    • hacer oración interior, es decir, rezar mentalmente (sólo con la mente).
    • se puede rezar vocalmente, con la palabra, que es la expresión externa de la oración interior (cfr. Catecismo, 2702).

      Esa oración vocal es muy importante. Escribe Santa Teresa: “Sé que muchas personas, rezando vocalmente (…) las levanta Dios, sin saber ellas cómo, a subida contemplación” (Camino de perfección, 30, 7)

  • la oración litúrgica es la oración oficial y pública de la Iglesia. Conviene nutrir la oración personal con las oraciones de la liturgia.
  • En la Santa Misa se cumplen de un modo supremo los cuatro fines de la oración (cfr. Catecismo, 2639).:
  • adorar a Dios
  • darle gracias
  • pedirle bienes
  • pedirle perdón por nuestros pecados personales

La contemplación es la expresión más sencilla de la oración: consiste en mirar amorosamente a Dios -como los enamorados- y saberse mirado, amado, por Dios; es una mirada de fe, de escucha de la palabra de Dios y recogimiento interior (cfr. Catecismo, 2713 y 2715-2717).

Ser alma de oración

Un alma de oración no es sólo una persona que acude todos los días a rezar durante un tiempo ante el Señor en una iglesia, en un oratorio o una capilla, sino un persona que tiene verdadera intimidad con Dios en su alma.

Estas preguntas pueden servir para plantearse algo decisivo en la vida de un cristiano: ¿Soy alma de oración?

  • ¿Rezo verdaderamente? ¿Dialogo, hablo, con Jesucristo? ¿Le escucho?

    “La oración -escribe san Gregorio de Nisa– es una conversación o coloquio con Dios”.

  • ¿Me voy enamorando de Dios? ¿Se lo doy todo? ¿Qué le estoy negando a Dios? ¿Deseo quererle cada vez más?·Existe otra oración interior y continua -recuerda

    san Agustín– que es el deseo. Aunque hagas cualquier otra cosa, si deseas el reposo en Dios, no interrumpas el deseo. Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo” (Comentarios sobre los Salmos).

    A la Expiración de Cristo

    Pues dulcísimo Jesús,
    si después de pies y manos
    también dais el corazón,
    ¿quien podrá el suyo negaros?

    Lope de Vega (1562-1635)

  • ¿Le cuento al Señor las cosas que he hecho hoy, en qué he ocupado mi cabeza, mi corazón… cuáles son mis ilusiones?

Santa Teresa de Jesús define la oración como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

  • ¿Medito el Evangelio?
  • ¿Tomo notas que aviven mi oración, de un texto de la Liturgia, por ejemplo?
  • ¿Hago actos de amor? Por ejemplo:“Jesús, te quiero y me gustaría quererte cada día más…”.

    San Josemaría: “Me has escrito: «orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?» -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!»”.

  • ¿Le doy gracias? “Gracias, Jesús, porque esto y aquello me ha salido bien, y he sido capaz de vencerme –con tu ayuda– en aquello que me costaba…”.

  • ¿Le pido por alguna persona? “Jesús, te pido por este hermano mío, que no va a Misa, por este amigo mío, que lo está pasando mal por unos problemas que tiene…”.

  • ¿Le pido ayuda con sencillez? Recomienda san Agustín: “cuando reces, abre paso a la piedad, no a la palabrería”. “Jesús, quiero ser santo, ayúdame a conseguirlo…”.

  • ¿Me desahogo con Él?”“Jesús, estoy cansado, un poco harto de esto o de lo otro…, ayúdame”. Decía san Josemaría que la oración “es la hora de las intimidades santas y de las resoluciones firmes”.

  • ¿Le hablo de mis deseos, le cuento mis ilusiones?“Me gustaría acordarme más veces de Ti durante el día…”.

  • ¿Me abandono en Él? “Jesús, no he sido capaz de vencerme en este detalle en el que te había dicho que iba a poner más empeño. confío en Ti: sé que juntos lo conseguiremos…”.

  • ¿Le pregunto?“¿Cómo podría hoy demostrarte mi amor? ¿En qué te gustaría que fuera más generoso esta semana?

  • ¿Le digo jaculatorias con el corazón?

Las jaculatorias, flechazos al Cielo

Van Thuan:”Entre los medios que mantienen vivo el espíritu de oración están esos brevísimos flechazos al Cielo, la jaculatorias, que nada en el mundo puede detener, porque son inspiraciones del alma, latidos del corazón”

Ejemplos de jaculatorias:

Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo.

¡Señor Mío y Dios mío!

Corazón de Jesús, en Vos confío