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La unión con Cristo por la gracia. El bautismo

Dios ha revelado su voluntad de salvar a los hombres en Cristo. Esta voluntad obra eficazmente en el Bautismo, por el que «somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión»[i].

Por el Bautismo, el creyente participa en la muerte de Cristo, es sepultado y resucita con Él: «¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-4).

El hombre renacido en el Bautismo es una nueva criatura (cf. 2Co 5, 17). Se trata, en efecto, de un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 3) por el que la persona adquiere una nueva vida -la vida sobrenatural-, la cual debe crecer y desarrollarse hasta poder afirmar con San Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).


[i] Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 1213.

La vocación del cristiano

La vocación del hombre está claramente señalada por San Pablo en la Carta a los Efesios: Dios nos eligió en Cristo «antes de la creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por el amor; nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su gracia, con la cual nos hizo gratos en el Amado, en quien, mediante su sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia» (Ef 1, 4-7).

La doxología final de las plegarias eucarísticas constituye la síntesis de la vocación a la que todos los hombres están llamados: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria…»

Dar gloria al Padre, siendo hijos en el Hijo, mediante el Espíritu Santo: he aquí en pocas palabras el verdadero sentido de la vida del hombre.

La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor

Glosario de algunos términos utilizados en esta clase


Se explican algunos términos que se emplean en esta clase. Convendrá comprobar que las personas que la reciben comprenden realmente el significado de estos términos y su alcance.

La siguiente explicación es una simple divulgación, dirigida a jóvenes; por eso se han eliminado muchos matices y connotaciones históricas y teológicas.

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Abnegación


Significa negarse al pecado para afirmar a Cristo en nuestra vida, para identificarse, hacerse uno con Cristo. Es un ejercicio de amor y de fortaleza. No significa represión de ningún tipo, sino afirmación de la propia libertad y dominio interior que dirige la propia voluntad y la propia vida hacia donde desea y quiere.

La abnegación no es fruto de la falta de autoestima, ni lleva a una anulación de la personalidad, sino a la plenitud humana y espiritual de la persona que deja que Cristo viva en ella.

Con la ayuda de la gracia, mediante la abnegación (que no es un fin, sino un medio), el cristiano se identifica con Cristo, Perfecto Dios y Perfecto Hombre y se acerca al proyecto de persona que Dios tiene para cada uno.

Cuanto más abnegado decida ser yo, seré más yo, porque seré, con la gracia de Dios, libremente, lo que Dios quiere que yo sea. La abnegación lleva a la afirmación de mí mismo como cristiano, como hijo de Dios en Cristo.

Los grandes santos —que fueron profundamente abnegados— eran personas de gran carácter y personalidad.