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Amor a la verdad, sinceridad, sencillez, naturalidad

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Consideraciones previas


  • Conviene explicar las diferencias que existen entre la virtud de la veracidad y la virtud de la sinceridad. Son dos virtudes distintas.

    La virtud de la sinceridad añade, a la virtud de la veracidad,  el esfuerzo por darse a conocer, el querer que sepan cómo somos (en este caso, principalmente en el ámbito del acompañamiento espiritual).

La virtud de la veracidad distingue situaciones (personas, circunstancias) en las que no existe el deber de decir toda la verdad. Santo Tomás Moro, dio un buen ejemplo de esta virtud en el último periodo de vida.

Ayudar a vivir la sinceridad y a quitarse la careta delante de Dios

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Algunas ideas para los padres y educadores que desean facilitar la virtud de la sinceridad.

  • La sinceridad crece en un clima de confianza, pero la confianza no se presupone ni se impone: hay que ganársela poniendo medios: aficiones, intereses comunes.
  • El educador genera confianza cuando potencia la libertad personal, corriendo los riesgos de la libertad -como el riesgo de ser engañado-: porque el que desconfía del otro no puede esperar que el otro le confíe sus problemas.
  • La sinceridad y la confianza necesita el lenguaje y el tono propio de la libertad: porque la verdad no se impone, se propone (Juan Pablo II)
  • ¿Tú que opinas? (No: tú, cállate, escucha, y haz lo que te digo sin pensar)
  • Mira, y o te doy este consejo… pero piénsatelo, valóralo y decide tú. (No: déjate de historias, y haz lo que te digo yo)
  • Sobre este punto, yo te sugiero que consultes estas fuentes, te lo pienses y tomes una decisión… (No: ¡no pienses, ¡hazlo!)

    La ironía, el humor punzante, el tono autoritario o excesivamente paternalista distancian y acaban impidiendo la relación de confianza.

  • Conviene ayudar a vivir esta virtud de la sinceridad tiene varios ámbitos:

  • Sinceridad en el comportamiento. No es sincera la persona que actúa movida sólo por el deseo de quedar bien en un determinado momento y ambiente, sin un convencimiento íntimo y personal, aunque sus hechos y palabras externas sean, aparentemente adecuados.
  • Sinceridad en las intenciones. No se puede confundir la petición de consejo con la dejación de la propia responsabilidad, delegándola en otra persona: con frecuencia se acaban achacando luego los propios erroresa los consejos que recibió de esa persona.

  • Sinceridad en las palabras

Cristo es la Verdad y la Vida

Los primeros cristianos. testigos de la Verdad hasta el martirio


Martirio de los santos de Escilia, una aldea de Numidia, Africa septentrional

El proceso contra los cristianos de Escilio tuvo lugar en el verano del 180 d. de J. C., en los comienzos del imperio de Cómodo. Este texto es posiblemente el acta del proceso -es decir, un documento público-, a la que el transcriptor habría añadido, como comentario, la última parte. Es el primer testimonio sobre el martirio de los cristianos africanos. El rostro es el retrato de un joven de la época, posiblemente pagano, contemporáneo de aquellos sucesos.

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“Siendo cónsules Presente, por segunda vez, y Claudiano, dieciséis días antes de las calendas de agosto (= el 17 de julio), fueron convocados a la presencia de la autoridad judiciaria Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Segunda y Vestia.

El procónsul Saturnino les dijo: ‘Pueden merecer la indulgencia de nuestro soberano, si vuelven a pensamientos de rectitud’.

Esperato respondió: ‘No hemos hecho nada malo, no hemos cometido ninguna iniquidad, ni hablado mal de nadie, por el contrario hemos siempre devuelto bien por mal; obedecemos, pues, a nuestro emperador’.

Dijo todavía el procónsul Saturnino: ‘También nosotros somos religiosos y sencilla es nuestra religión. Juramos por el genio de nuestro soberano y dirigimos a los dioses súplicas por la salvación de él , cosa que también ustedes han de hacer’.


Respondió Esperato: ‘Si me prestas atención con calma, te explicaré el misterio de la sencillez’.

Replicó Saturnino: ‘No te voy a escuchar en esta iniciación en la que ofendes nuestros ritos; juren más bien por el genio de nuestro soberano’.

Respondió Esperato: ‘Yo no conozco el poder del siglo, sino que estoy sujeto a ese Dios al que ningún hombre vio jamás ni puede ver con sus ojos. No cometí nunca un robo, sino que cada vez que concluyo un negocio pago siempre el tributo, porque obedezco a mi soberano y emperador de los reyes de todos los siglos’.

El procónsul Saturnino dijo a los otros: ‘Desistan de tal convicción’.

Repuso Esperato: ‘Es un mal sistema amenazar con matar si no se jura en falso’.

Dijo también el procónsul Saturnino: ‘No adhieran a esta locura’.

Dijo Citino: ‘No hemos de temer a nadie sino a nuestro Señor que está en los cielos’.

Añadió Donata: ‘Honor a César como soberano, pero temor, a Dios solamente’.

Prosiguió Vestia: ‘Soy cristiana’.

Dijo Segunda: ‘Lo que soy, yo quiero ser’.

El procónsul Saturnino le preguntó a Esperato: ‘¿Persistes en declararte cristiano?’

Respondió Esperato: ‘Soy cristiano’ y todos asintieron a sus palabras.

Preguntó también el procónsul Saturnino: ‘¿Quieren un poco de tiempo para decidir?’

Respondió Esperato: ‘En una cuestión tan claramente justa, la decisión ya está tomada’.

Preguntó después el procónsul Saturnino: ‘¿Qué tienen en esa cajita?’

Respondió Esperato: ‘Libros y las cartas de san Pablo, varón justo’.

Dijo el procónsul: ‘Tienen una prórroga de treinta días para reflexionar’.

Esperato repitió: ‘Soy cristiano’, y todos estuvieron de acuerdo con él.

El procónsul Saturnino leyó el decreto de lo actuado: ‘Se decreta que sean decapitados Esperato, Nartzalo, Citino, Donata, Vestia, Segunda y todos los demás que han declarado vivir según la religión cristiana, porque, a pesar de serles dada facultad de tornar a las tradiciones romanas, lo han rehusado obstinadamente‘.

Esperato dijo: ‘Demos gracias a Dios’. Nartzalo añadió: ‘Hoy seremos mártires en el cielo. ¡Sean dadas las gracias al Señor!’

El procónsul Saturnino hizo proclamar la sentencia por el pregonero: ‘Esperato, Nartzalo, Citino, Veturio, Félix, Aquilino, Letancio, Genara, Generosa, Vestia, Donata, Segunda han sido condenados a la pena capital’.

Dijeron todos: ‘¡Sean dadas las gracias a Dios!’ y en seguida fueron degollados por el nombre de Cristo” (de las Actas de los mártires escilitanos, publicadas por primera vez por C. Baronio en los Annales Ecclesiastici, 1588-1607).