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Los primeros cristianos ante el mundo pagano

index_clip_image002_00063San Justino habla sobre la castidad de los primeros cristianos

“Sobre la castidad, (Cristo) dijo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandoliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5, 2829).

Y el que se casa con una divorciada de otro marido, comete adulterio (Mt 5, 32) (…). Así, para nuestro Maestro, no sólo son pecadores los que contraen doble matrimonio conforme a la ley humana, sino también los que miran a una mujer para desearla.

No sólo rechaza al que comete adulterio de hecho, sino también al que lo querría, pues ante Dios son patentes tanto las obras como los deseos.

Entre nosotros hay muchos y muchas que, hechos discípulos de Cristo desde la niñez, permanecen incorruptos hasta los sesenta y los setenta años, y yo me glorío de que os los puedo mostrar de entre toda raza humana.

Y esto, sin contar a la ingente muchedumbre de los que se han convertido después de una vida disoluta y han aprendido esta doctrina, pues Cristo no llamó a penitencia a los justos y a los castos, sino a los impíos, a los intemperantes y a los inicuos.

Así lo dijo: no he venido a llamar a penitencia a los justos, sino a los pecadores (Lc 5, 32

Un ejemplo de fortaleza cristiana: Alojzije Stepinac

stepinac_clip_image002El Cardenal Alojzije Stepinac fue beatificado el 3 de octubre de 1999 por Juan Pablo II, a sólo 38 años de su muerte.

Fue un luchador incansable por la paz durante la Segunda Guerra Mundial, además de un valiente defensor de la dignidad del hombre y protector de la Iglesia en Croacia durante el régimen comunista.

Juan Pablo II llamó a Stepinac “baluarte de la Iglesia croata”, que “resistió el yugo del comunismo en nombre de los derechos humanos y de la dignidad cristiana”.

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El resto de su vida en la cárcel por no ceder al chantaje

Stepinac asumió la sede del Arzobispado de Zagreb el 7 de diciembre de 1937, en condiciones sumamente difíciles respecto de la religión, la sociedad, la política y la economía, tanto en Croacia como en todo el mundo. En la vorágine de los hechos bélicos, Stepinac, arriesgando su vida tanto ante los nazis como ante los comunistas, continuó luchando por el valor indudable de su nación croata, y al mismo tiempo se transformó en un luchador intrépido de los derechos fundamentales de cada hombre y cada nación, defensor de la verdad y de la moral, protector de todas las personas amenazadas, sin tener en cuenta su pertenencia nacional y religiosa.

Cuando llegó el nuevo gobierno, Stepinac continuó trabajando en forma impávida, según lo dictaba su conciencia. Los comunistas sabían que no podían acusarlo de nada, por lo que lo dejaron trabajar en las nuevas condiciones. Sin embargo, se decepcionaron cuando vieron que no podían ponerlo de su parte ni convencerle de separar a la Iglesia Católica en Croacia de la Santa Sede, aun después de quince meses de nuevo gobierno.

El 12 de junio de 1946 Stepinac fue detenido. Acusado de colaboracionismo con el régimen ustacha, se le preparó una farsa de juicio. El tribunal popular admitió 58 testigos en contra del acusado y sólo siete a su favor, pese a que la defensa había propuesto 35.

Uno de los siete era un serbio ortodoxo, Milutin Radetic, director de la clínica universitaria de Zagreb, a quien, en la guerra, los ustacha habían apresado y condenado a muerte por haber prestado asistencia médica a partisanos. Se salvó de la ejecución por la intervención personal de Stepinac. Su testimonio no fue tenido en cuenta por los jueces, que lo expulsaron de la sala llamándolo “clero fascista”. Parecida suerte corrieron los otros testigos favorables. Poco después, Radetic perdió su puesto en la clínica.

El 11 de octubre Stepinac fue condenado a 16 años de trabajos forzados y cinco de privación de los derechos cívicos. Fue enviado a un campo de prisioneros en Lepoglava. Los carceleros no se atrevieron a imponer al arzobispo los trabajos que mandaba la sentencia: sabían que era un símbolo de la nación croata y cualquier violencia contra él podría provocar una revuelta por parte de los demás presos. Por ello, le mantuvieron encerrado en una celda pequeña, sin apenas ventilación.

En 1951, el arzobispo estaba muy enfermo. La presión internacional logró por fin que fuera dejado bajo arresto domiciliario. Estrechamente vigilado, permaneció recluido en la parroquia de Krasic hasta su muerte.

Aislado, Stepinac consiguió sin embargo hacer llegar su voz a numerosas personas a través de una abundante correspondencia. Durante los ocho años que pasó en Krasic, escribió más de cinco mil cartas. En algunas empleaba un tono especialmente enérgico, cuando tenía que exhortar a sus sacerdotes a resistir las presiones de los mandos políticos para que se sumaran a las asociaciones de clérigos controladas por el régimen. Veía el daño que tales manejos causarían a la catolicidad y unidad de la Iglesia, que para él era lo más sagrado.

Aunque rogaba a los destinatarios que destruyesen sus cartas, algunos las conservaron. Quizá lo más llamativo en la correspondencia de Stepinac está en sus referencias a los guardianes: rezaba por ellos constantemente. El proceso de beatificación ha confirmado que en los escritos del cardenal no se ha encontrado una palabra de resentimiento contra sus perseguidores.

En 1952, Pío XII anunció su decisión de hacer cardenal a Stepinac. El régimen yugoslavo reaccionó rompiendo las relaciones diplomáticas con la Santa Sede. Sin embargo, el Papa hizo efectivo el nombramiento al año siguiente.

Sin odiar a nadie, pero son miedo de nadie

El 5 de diciembre de 1959, Stepinac envió una carta al gobierno yugoslavo en la que hacía constar los malos tratos de que había sido objeto. En ella escribió: “Los guardias pueden continuar vigilándome, según vuestras instrucciones, para hacerme la vida imposible. Yo, con la gracia de Dios, seguiré adelante hasta el final, sin odiar a nadie, pero sin miedo de nadie”.

Murió dos meses después, el 10-II-1960. Para evitar que se encontraran pruebas que apoyaran los rumores de envenenamiento, se destruyeron las vísceras del cadáver. En 1996, los restos fueron exhumados y analizados por especialistas de la Congregación para las Causas de los Santos, que hallaron restos de veneno en sus huesos. Este descubrimiento fue el motivo de que la Congregación declarara mártir a Stepinac el 11-XI-1997.

El 14 de febrero de 1992, el Parlamento de la nueva Croacia independiente decidió por unanimidad rehabilitar la memoria del Card. Stepinac, junto con los demás condenados en los procesos políticos de aquella época, incluidos comunistas que fueron víctimas de las purgas.

Sobre Stepinac, el Parlamento afirmó que el cardenal “fue condenado, pese a ser inocente, porque había rehusado realizar el cisma eclesial que le ordenaban los gobernantes comunistas”, y “porque actuó contra la violencia y los crímenes de los gobernantes comunistas, como había hecho durante la II Guerra Mundial para proteger a los perseguidos, con independencia del origen étnico y de las convicciones religiosas”.

Un ejemplo de fortaleza cristiana

Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

madjanski_clip_image002_0000Durante la II Guerra Mundial murió el 20% de los 10.017 sacerdotes polacos, y muchos de ellos, como Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien, sufrieron todo tipo de torturas.

Madjanki fue arrestado por los nazis el 7 de noviembre de 1939 cuando era alumno del seminario de Wloclawek junto a otros alumnos y profesores del seminario, y encerrado en el campo de concentración de Sachsenhausen, en un primer momento, y de Dachau, después.

En Dachau fue sometido a criminales experimentos pseudocientíficos. Tras la guerra, fue ordenado sacerdote en París. Sus superiores le enviaron después a continuar sus estudios en Friburgo (Suiza). Al regresar a Polonia, fue nombrado vicerrector del seminario, obispo auxiliar de Wroclawek y arzobispo de Stettino-Kamien.

Participó en las sesiones de trabajo del Concilio Vaticano II y en 1975 fundó el pionero Instituto de Estudios sobre la Familia en Lomianki.
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Entrevista para Zenit de Vladimir Redzioch con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien

–Excelencia, ¿por qué le arrestó la Gestapo justo al inicio de la guerra?

— Fui arrestado, al igual que otros alumnos y profesores del seminario, porque llevaba sotana. Los alemanes que nos arrestaron no nos preguntaron nuestras señas (lo hicieron después, en la prisión). Se puede decir, por tanto, que fui arrestado como sacerdote católico.

–¿Cómo era la vida en el campo de concentración de Dachau?

— En la entrada del campo, estaba escrito «Arbeit macht frei» («El trabajo hace libres»), pero en realidad el trabajo inhumano en el frío del invierno y en el calor del verano, con insuficientes razones de comida, con golpes y humillaciones, buscaba destruir al hombre.

Al final, cuando la persona ya no era capaz de trabajar, era conducida con los así llamados «transportes de los inválidos» en las cámaras de gas.

–Usted fue uno de los prisioneros que fueron sometidos a experimentos médicos.

— Sí. En Dachau un tal profesor Schilling hacía pseudoexperimentos científicos. En pocas palabras, experimentaba con los prisioneros la reacción del hombre a las diferentes substancias que nos inyectaban.

Antes de ir a someterme a los experimentos, había pedido a mi profesor del seminario que informara a mis padres de mi muerte y le dejé mi «tesoro», dos rebanadas de pan duro.

Si sobreviví, fue un auténtico milagro. Por desgracia, el padre Jozef Kocot, mi compañero de habitación, profesor de filosofía en el seminario, murió en silencio, sufriendo de manera inenarrable.

–¿Qué significaba para ustedes, sacerdotes, el campo de concentración?

–Creíamos que habíamos vuelto a los tiempos de Nerón y Diocleciano, a los tiempos del odio por el cristianismo y por todo lo que representaba el cristianismo. El campo de concentración era la encarnación de la civilización de la muerte: no es casualidad que en los uniformes de los alemanes había calaveras.

Nuestros verdugos alemanes blasfemaban contra Dios, denigraban a la Iglesia y nos llamaban los «perros de Roma». Nos querían obligar a ultrajar la cruz y el rosario. Para ellos no éramos más que números que había que eliminar.

Nos quedaba la alianza con Dios, la oración recitada a escondidas, la confesión sin que nos vieran. Echábamos mucho de menos la Eucaristía. En esta «máquina de muerte», los sacerdotes eran llamados al sacrificio de la vida, a ser fieles hasta la muerte.

El padre Stefan Frelichowski y el padre Boleslaw Burian crearon una especie de alianza en la que sus miembros se comprometían a soportar de la manera más coherente con el Evangelio todas las humillaciones y sufrimientos del campo, y ha rendir cuentas de todo ello a la Virgen a las nueve de la noche.

El padre Frelichowski, cuando estalló la epidemia de tifus, se ofreció como voluntario para servir a los enfermos. Murió dando la vida por los demás, como san Maximiliano Kolbe (canonizado por el Papa).

–¿Vio morir a muchos compañeros?

— Murieron la mitad de los sacerdotes polacos encerrados en Dachau. Vi cómo morían muchos sacerdotes de manera heroica. Fueron fieles a Cristo, quien había dicho a sus discípulos: «Seréis mis testigos». Morían como sacerdotes católicos y como patriotas polacos.

Algunos hubieran podido salvarse, pero ningún negoció pactos: en 1942, las autoridades del campo ofrecían a los sacerdotes polacos la posibilidad de un trato especial, a condición de que declararan su pertenencia a la nación alemana. Ninguno dio el paso adelante.

Cuando al padre Dominik Jedrzejewski le ofrecieron la libertad si renunciaba a sus funciones sacerdotales, serenamente respondió «no». Y murió.

El martirio del clero polaco durante el infierno nazi fue una página gloriosa de la historia de la Iglesia y de Polonia. Es una pena que se haya cubierto con un velo de silencio.

Zenit, ZS04050205