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IV “Quiero ver a Dios”

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y se realizará en la visión y la bienaventuranza de Dios. “La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir” (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En el camino de la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quienes les escuchan (cf Ap 22,17), a la comunión perfecta con Dios:

Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos. Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros.

La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Lv 26,12)…Este es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ. 22,30).

Desprendimiento y generosidad, por el Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría

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Cuando el Hijo de Dios se hizo hombre, entró en el mundo rodeado de pobreza. Jesucristo –perfectus Deus, perfectus Homo– abrió sus ojos a la luz terrenal en un establo destinado a los animales.

Le acompañaban sólo dos criaturas excelsas, María y José, que le dieron el amor y el cariño que los hombres le habían negado, pero que no pudieron aportar comodidad alguna.

La vida cristiana es un itinerario de progresiva identificación con Jesús, de una conformación con el Maestro que va mucho más allá de la simple imitación exterior de la conducta: el bautizado está llamado a cultivar los mismos sentimientos de Jesucristo, a asumir su posición ante la vida, a participar en su misión y destino, de modo que se pueda llegar a afirmar, sin ambigüedad, que el cristiano está en Cristo y que Cristo está en el cristiano.

La pobreza como situación y como bienaventuranza

Cristo mora en el alma del bautizado. No es una frase bonita, sino una realidad. El mismo Dios, escribe San Pablo a los Gálatas, “ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba, Padre!”. Somos hijos de Dios en Cristo, en su Hijo hecho carne, y la vida de ese Hijo ha de reproducirse en nosotros.

Y en ese proceso, que posee muchas y ricas dimensiones, juega un papel decisivo el talante ante los bienes de la tierra; la actitud de desprendimiento, un desprendimiento efectivo, real, que designamos sencillamente como pobreza de espíritu; la disposición a la generosidad, el abandono radical y confiado en las manos de nuestro Padre Dios.

¿Cuál es, exactamente, el mensaje bíblico y cristiano sobre la pobreza? Vale la pena que espiguemos la Sagrada Escritura, aunque sea rápidamente, para penetrar siquiera un poco en la riqueza de la doctrina que nos transmite.

Los textos del Antiguo Testamento ponen de relieve que la pobreza era considerada en el pueblo de Israel con una doble valencia: los pobres aparecen como desheredados en el contexto social, pero también como privilegiados porque Dios se ocupa de ellos. Se describe la pobreza como una realidad dura y desafortunada, y también como una situación que reclama la ayuda y la protección de la comunidad.

Los profetas enfatizaron el riesgo que el poder y la riqueza entrañan de que el corazón se apegue a cosas caducas y se olvide de Dios; y con la misma fuerza, condenaron el abuso de autoridad, la explotación de las viudas y de los huérfanos, el fraude y la violencia, que provocan situaciones de injusticia y de miseria.

A la vez proclamaron que el amor de Dios se extiende al desvalido, al que nada posee, y anunciaron que también a ellos les están destinados los bienes mesiánicos; de hecho, entre los signos de la llegada del Mesías, Isaías menciona en lugar privilegiado la nota básica de que predicará “la buena nueva a los pobres”.

Diversos textos proféticos, así como bastantes Salmos, cantan, además, el hondo sentido espiritual de la pobreza. El pobre, en este contexto, no es tanto el que carece materialmente de bienes -aunque esa realidad no se excluye y en parte se presupone- sino el humilde, el hombre recto y justo que sufre y confía en Dios, a pesar de la miseria, del desamparo y de la prueba.

Más profundamente aún, el hombre de fe que, reconociendo su indignidad y su pecado, advierte la necesidad constante del perdón de Dios: “He buscado a Yavé, y me ha respondido: me ha librado de todos mis temores. Cuando el pobre grita, Yavé oye, y le salva de todas sus angustias”.

Con el impulso de la conciencia de la grandeza de Dios y de la confianza en Él, se pasa de la consideración de la pobreza como condición de hecho -dura y no deseable en sí misma- a un nivel más profundo en el que esa miseria y, en general, cualquier carencia o limitación, se transforma en ocasión para profundizar en el reconocimiento de nuestra situación existencial de indigencia y, por tanto, en la apertura y la entrega a Dios, es decir, en la virtud espiritual.

El Hijo de Dios asumió todas las realidades humanas -menos el pecado-; no le faltaron el calor y el frío, el hambre y la sed, el dolor y el abandono, la escasez y la pobreza. “Sin nada vino Jesús al mundo, y sin nada -ni siquiera el lugar donde reposa- se nos ha ido”, escribió el Beato Josemaría, resumiendo con esas palabras el principio y el final del paso de Cristo por la tierra.

Los evangelistas que nos han descrito la pobreza de Belén narran también el momento supremo, terrible y solemne, en el que Jesús, clavado en la Cruz, después de pronunciar las palabras proféticas del Salmo -“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”-, y de identificarse así con el indigente más desamparado, muere, manifestando una confianza total y completa en la voluntad y el amor del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Entre un acontecimiento y otro, entre el nacer en Belén y el morir en el Calvario, Jesús manifiesta una constante actitud de desprendimiento y entrega. No rechaza los bienes materiales, y convive sin estridencias con la gente de su tiempo, también con quienes ostentan una posición desahogada, como Marta, María y Lázaro; y Él mismo permanece treinta años en su propio hogar -la casa sencilla de Nazaret- y ejerce allí, junto con José, un trabajo que le permite desenvolverse como las otras familias de la zona.

En sus tres años de predicación, viste una túnica buena, elegante, sin costura. Pero a la vez observamos cómo sabe renunciar a todo, llevar un tenor de vida extremadamente sencillo, hasta el punto de que el propio Jesús, describiendo su conducta mientras recorre los caminos de Palestina, puede exclamar: “Las raposas tienen sus guaridas y los pájaros del cielos sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

La pobreza de Jesús nos interpela precisamente por su voluntariedad, ya que Dios decidió encarnarse con suprema libertad y también con suprema libertad eligió el modo. Al tomar nuestra naturaleza, escogió el camino de la pobreza total. El Señor no se ha acercado a los hombres por la vía del poder o de la riqueza, sino por la senda de un amor que se manifiesta también en el desprendimiento y en la entrega.

San Pablo lo subraya en el gran canto cristológico de la carta a los Filipenses: Cristo Jesús -escribe- “siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo”. Y dice también San Pablo a los cristianos de Corinto: Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

Hay una estrecha relación entre pobreza de espíritu y amor; entre desprendimiento de uno mismo -de cuanto contribuye a la propia autoafirmación- y capacidad de querer. Jesús, que lo expresó de modo patente con su vida, lo proclamó también con sus palabras.

Quizá ningún texto es más elocuente que el sermón de la montaña, y concretamente aquellas bienaventuranzas en las que el abandono y la confianza en Él, que Dios espera de cada persona, se ponen de relieve en un paradójico contraste, al confrontar la pequeñez de las aspiraciones humanas a ras de tierra y la grandeza de la oferta divina. La primera de esas bienaventuranzas es precisamente la que declara: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los cielos”.

Quien se encierra en sí mismo, en su ambición, en su afán de poderío o de riquezas, quien confía en sus propias fuerzas o en lo bienes de que dispone, limita -e incluso pierde del todo- la capacidad de amar. Quien avanza desprendido de sí y de las cosas creadas, abre su corazón para recibir el Reino de los cielos, es decir, el don de Dios y de su amor.

Poco después, en ese mismo discurso, Jesús reitera esa enseñanza al afirmar rotundamente que son incompatibles el servicio a Dios y el sometimiento a los bienes materiales: “No podéis servir a Dios y a las riquezas”.

A continuación, el Maestro exhorta al abandono en la providencia divina, a colocar la confianza en el amor que Dios nos presta, de modo que, superando preocupaciones y angustias, alcancemos, también nosotros, la libertad de amar. “¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y Yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?”.

La pobreza de espíritu hace posible la apertura del corazón y, con ésta, la dicha, el verdadero gozo; por el contrario, la avaricia material, el afán de depositar la seguridad y la esperanza en los bienes presentes se resuelve en fuente de desdicha y de tristeza. Un episodio aleccionador es la escena que suele denominarse “del joven rico”.

Ese muchacho declara que cumple la Ley, pero cuando Jesús lo coloca no ante una mera observancia de normas, sino ante una plenitud de entrega, corroborada con la renuncia a los bienes, “se marchó triste, porque -añade el evangelista- tenía muchas posesiones”. Y Jesús comenta: “En verdad os digo: difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos”. Los discípulos se quedan asombrados ante la radicalidad de lo que pide el Maestro: “Entonces, ¿quién puede salvarse?”.

Cristo no rebaja su exigencia -la disponibilidad y la entrega han de ir a la totalidad-, pero recuerda que la criatura humana no está sola: “Para el hombre esto es imposible; para Dios, sin embargo, todo es posible”. Y a Pedro que, tal vez sumido aún en la zozobra, le hace presente que él y los otros discípulos lo han abandonado todo para seguirle, le contesta: “Todo el que haya dejado casas, hermanas o hermanos, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna”.

Dios lo pide todo, reclama un corazón libre, sin apegamientos ni rémoras, pero siempre da más, porque -como afirmaba el Beato Josemaría- “no se deja nunca ganar en generosidad”.

Desprendimiento y generosidad

El Beato Josemaría empleó muchas veces, también para referirse a la relación con los bienes materiales, el vocablo “señorío”; es decir, dominio, agilidad para decidir, libertad, ausencia de ataduras y esclavitudes. “He aprendido -afirmaba de sí San Pablo- a vivir en la pobreza, he aprendido a vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Así debe concretarse la actitud del cristiano: apoyarse siempre en Cristo y asumir desde Cristo y en Cristo todas las situaciones que la vida traiga consigo.

Ese texto de San Pablo pone de manifiesto que el núcleo de lo que predica y reclama el Evangelio no se limita a situaciones exteriores -ni a la carencia ni a la abundancia, por repetir las palabras paulinas-, sino a la actitud con que el alma y el corazón se sitúan ante los bienes.

Con razón sintetizaba San Agustín: “Serás verdaderamente rico cuando no necesites de nada”. No se debe olvidar, sin embargo, que el desasimiento que se demanda al cristiano, cualquiera que sea la situación en la que se encuentre, no se reduce -si quiere ser sincero- a una actitud etérea y vacía: ha de presentar siempre consecuencias prácticas. Entre esas manifestaciones destacaré dos que nunca deberían faltar en la conducta de un hijo de Dios consciente de este título.

La primera es muy clara: la sobriedad, la vida austera, el control sobre sí mismo para evitar caprichos o comodidades superfluas. La segunda de esas exigencias se puede resumir con una palabra: generosidad, conciencia de que los bienes materiales que Dios coloca a nuestro alcance no sirven sólo para uno mismo, sino también para el servicio de los demás.

Los Hechos de los Apóstoles describen el tenor de vida de la primera comunidad cristiana con frases precisas: “Todos los creyentes estaban unidos y tenían todas las cosas en común. Vendían las posesiones y los bienes y los repartían entre todos, según las necesidades de cada uno”.

La institución de los siete diáconos -palabra que significa “servidores”- tenía como fin asegurar el servicio a los pobres. San Pablo, cuando la necesidad lo reclama, organiza colectas para que las comunidades se ayuden mutuamente. Presenta a los cristianos de Corinto el ejemplo de los de Macedonia, que, aun “en medio de una gran tribulación con que han sido probados, su rebosante gozo y su extrema pobreza se desbordaron en tesoros de generosidad”; y a continuación remite -con un texto que ya he citado- a un ejemplo más alto, el de Cristo mismo, “porque conocéis la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por vosotros para que vosotros seáis ricos por su pobreza”.

La tradición cristiana ha alabado y practicado siempre la limosna, la disposición de los bienes en beneficio de la penuria espiritual o material de otras personas, no sólo con lo superfluo, sino también con lo necesario: con aquellos medios cuya renuncia implica, en uno u otro grado, una disminución del propio nivel personal de vida.

La historia de la Iglesia está llena de ecos del ejemplo que dio la primitiva comunidad de Jerusalén: personas singulares e instituciones, desde órdenes y congregaciones religiosas, hasta los recientes grupos de voluntariado, que, con sacrificio personal y entrega, atienden a pobres, refugiados, damnificados por desastres naturales, drogadictos, enfermos o ancianos en soledad…

Su existencia constituye, sin duda alguna, una de las realidades más positivas de los tiempos pasados y de los presentes. Y es recordatorio de un espíritu, de una generosidad, que interpela a todos, también a quienes Dios no llama a recorrer esos caminos, sino otros. Poco cristianamente se conduciría, en efecto, quien se moviera con indiferencia ante la indigencia ajena y olvidara que Cristo le urge a esforzarse por remediarla o, al menos, por aliviarla.

Ya desde antiguo, los Padres de la Iglesia señalaron que quienes disponen de recursos materiales no deben poseerlos como dueños, sino como administradores, como un caudal que Dios les confía para que lo hagan rendir en servicio de la colectividad. Desde entonces, ese principio -con unas u otras palabras- ha sido constantemente recordado.

El Concilio Vaticano II lo ha transmitido también en la Constitución Gaudium et spes, en uno de sus pasajes más significativos: “Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa (…).

Sean las que sean las formas de la propiedad (…), jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechan a él solamente, sino también a los demás”.

Uno de los grandes retos de la sociedad contemporánea se presenta en la justa repartición y en el correcto uso de los recursos naturales, tanto en el interior de cada país como en el conjunto del planeta. El espíritu de pobreza cristiana debe impulsar a los responsables de la economía -empresarios y gobernantes, financieros y sindicalistas- a asumir actitudes y conductas ejemplares en su actuación y en sus decisiones, mostrando que conciben los medios naturales y técnicos como realidad que debe gestionarse en beneficio de todos y que ha de ser transmitida con recto incremento a las generaciones posteriores; jamás como patrimonio blindado, susceptible de explotación egoísta.

En el pasaje de la carta a los Corintios con el que promueve una colecta para ayudar a los hermanos necesitados, San Pablo añade: “No lo digo como una orden, sino que mediante el desvelo por otros, quiero probar también la autenticidad de vuestra caridad”. Ésa es -aquí como en todo- la raíz del actuar cristiano: el amor.

Por eso, el espíritu cristiano de pobreza no se agota en gestos exteriores, ni en simples sentimientos de solidaridad: penetra en lo más profundo de la persona, para erradicar la avaricia, grande o pequeña, y agrandar el horizonte de la inteligencia y del corazón, de modo que el alma llegue a identificarse con el querer de Dios y aprenda de Él a amar con obras.

Por la misma razón, la experiencia de la pobreza material, de la indigencia, se transforma en escuela de desprendimiento para el alma. Cuando la pobreza se acoge con actitud de fe y de amor, cuando se abre a Dios, al carecer de lo necesario se toca la trascendencia y la capacidad de infinito que se encierra en el corazón humano. Por eso el pobre, la persona que sufre la miseria, el dolor y el sufrimiento, confiando en el Señor, constituye en signo visible de la presencia de Dios en la historia.

Así lo ha entendido siempre la tradición cristiana, y de modo especial los santos: a la vez que se volcaban en atender al indigente y al desvalido, se confiaban a su oración.

No puedo por menos de recordar aquí al Beato Josemaría, a quien en más de una ocasión oí comentar que, en los años iniciales de su apostolado, para emprender la empresa que Dios le había desvelado, buscó la fuerza en los pobres y en los enfermos de las barriadas y hospitales de Madrid, a los que visitaba y atendía solícitamente en una labor sacerdotal que le ocupaba muchas horas diarias. De sus labios escuché también siempre una exhortación viva a atender generosamente al pobre y al enfermo, y a aprender de ellos.

Esforzándose por erradicar la pobreza material, al mismo tiempo que se respeta al menesteroso y se aprende a practicar la pobreza de espíritu, el cristiano afronta con hondura esta historia en la que nacemos y de la que somos protagonistas. El espíritu de desprendimiento, de generosidad, de preocupación -sentida y efectiva- por las necesidades de los demás, no se queda en una utopía, en una ilusión irrealizable. Está al alcance de todo el que abra su espíritu a la ayuda divina.

Configura siempre una exigencia para el discípulo de Cristo y un reto para el hombre de hoy, en ocasiones escéptico ante los problemas crónicos de la humanidad. El ejemplo de Cristo sana ese escepticismo, y la gracia del Espíritu Santo confiere la fuerza para plasmar en obras el amor y la generosidad.

De Itinerarios de Vida Cristiana, Planeta Testimonio, Barcelona 2001

Desprendimiento y perseverancia

tomasmoro_clip_image0013Del libro La agonía de Cristo, escrita por el Canciller de Inglaterra mientras estaba prisionero en la Torre de Londres, cuando esperaba a ser decapitado por orden del Rey Enrique VIII, por negarse a aprobar su divorcio y su casamiento con Ana Bolena.

Se han puesto algunos epígrafes para facilitar la lectura del texto de Moro, escrito originalmente en latín.

La fuga de los discípulos.

“Le seguía un joven, envuelto solamente con un lienzo sobre su cuerpo, y desprendiéndose de él, escapó desnudo”. Quién era este adolescente es algo que nunca se ha sabido con absoluta certeza. Algunos piensan que era Santiago, al llamaban hermano del Señor y distinguido con el sobrenombre de “Justo”. Dicen otros que era Juan evangelista, a quien el Señor amó siempre con predilección, y que debía ser entonces muy joven, pues llegó a vivir muchos años después de la muerte de Cristo (según Jerónimo murió sesenta y ocho años después de la pasión del Señor).

No faltan autores antiguos que afirman que este adolescente no era uno de los Apóstoles, sino uno de los servidores en la casa donde Cristo había celebrado aquella noche la Pascua. Personalmente, me siento más inclinado a aceptar esta opinión. Aparte de que no me parece verosímil que un Apóstol llevara por todo vestido un simple lienzo, y además, tan mal sujeto que pudiera desprenderse de repente, el contexto y los hechos de la historia, junto con las mismas palabras de relato, me llevan a opinar así.

Entre los que piensan que el joven era uno de los Apóstoles, la mayoría se inclina por Juan; mas no me parece a mí probable por las propias palabras de Juan: “Seguían a Jesús, Simón Pedro y otro discípulo que era conocido del pontífice., y así, entró con Jesús en el atrio del pontífice. Pero Pedro se quedó en la puerta. Salió, pues, el otro discípulo, el conocido del pontífice, y habló con la portera y consiguió que Pedro entrara.

Los que dicen que era el santo evangelista quien siguió a Cristo y huyó al ser hecho prisionero, tienen que hacer frente a una dificultad en su argumento, y es ésta: el hecho de que el joven arrojó la sábana y escapó desnudo.

En efecto, parece esto no concordar bien con lo que sigue, es decir, que Juan entró en el atrio del sumo sacerdote, introdujo a Pedro y siguió a Cristo en todo momento hasta el lugar de la Crucifixión, permaneciendo junto al Crucificado con la amadísima Madre de Cristo (junto a la Cruz, un hombre virginal y una Virgen purísima), y que cuando Cristo se la encomendó, la aceptó como Madre allí mismo. No cabe ninguna duda de que, en todo este tiempo y es esos distintos lugares, Juan iba vestido.

Era discípulo de Cristo, no uno de la secta de los cínicos. Por lo tanto, aunque tenía sentido común para no evitar la desnudez del cuerpo cuando las circunstancias así lo pidieran o la necesidad lo exigiera, sin embargo, difícil se me hace pensar que su pudor le permitiera ir desnudo en público, a la vista de todos y sin razón alguna.

Esos autores salen de la dificultad diciendo que, en algún momento, fue a otro sitio y consiguió vestidos. No discuto que no fuera posible, pero no me parece verosímil, sobre todo, cuando veo en este pasaje que siguió a Cristo con Pedro en todo momento y que entró junto con Jesús en la residencia de Anás, suegro del pontífice.

Hay, además, otro detalle que me inclina a estar con los que piensan que el joven no era uno de los Apóstoles, sino uno de los siervos. Me refiero a la relación que establece el evangelista Marcos entre los Apóstoles que se dieron a la fuga y el joven que quedó atrás; pues dice: “Entonces, su discípulos todos le abandonaron y huyeron. Pero un joven le seguía.” No dice que “algunos” huyeron, sino “todos”, y que la persona que se quedó siguiendo a Cristo no era ninguno de los Apóstoles (porque todos huyeron), sino adolescentem quemdam, “cierto joven”, es decir, un desconocido cuyo nombre Marcos ignoraba y juzgó no hacía falta mencionar.

Así las cosas, imaginaría yo los hechos de esta manera. Este muchacho, movido previamente por la fama de Cristo y al que acababa de conocer personalmente (pues servía a Cristo en la mesa con los discípulos), fue tocado por el soplo del Espíritu, sintiendo de inmediato el impulso de la caridad.

Movido así a una verdadera piedad, siguió a Cristo cuando éste salió de la casa, acabada la cena, y continuó siguiéndole a cierta distancia, más lejos quizás que los Apóstoles, pero, con todo, junto a ellos. Y con ellos permaneció hasta que, al aproximarse la muchedumbre, se perdió entre ella.

Más tarde, cuando el terror hizo que todos los Apóstoles escaparan de las manos de los soldados, este muchacho se atrevió a permanecer allí, tanto más confiado porque sabía que nadie era consciente del amor que sentía por Cristo. Mas, ¡qué difícil es disimular el amor que tenemos hacia alguien! Aunque se había entremezclado con quienes odiaban a Cristo , su porte y su expresión le traicionaron, dando claramente a entender que estaba a favor de Cristo, ahora abandonado por los otros, y que le seguiría, no para perseguirle y entregarle, sino como quien le sigue para entregarse a él..

Al ver la turba que los discípulos habían huido, y sólo este joven se atrevía a seguir a Cristo, rápidamente se echaron sobre él y le atraparon.

Y este hecho me hace pensar que también pretendieron capturar a todos los Apóstoles, y únicamente la sorpresa se lo impidió para que no quedara sin cumplir el mandato de Cristo: “Dejad que éstos se vayan”.

Estas palabras de Cristo se referían principalmente a los Apóstoles que él había elegido, pero no las limitó a ellos: quiso en su bondad extenderlas a quien, sin haber sido llamado, le había seguido sin por su propia cuenta introduciéndose en la santa compañía de los Apóstoles.

Mostraba Cristo su oculto poder, al mismo tiempo que aparecía la imbecilidad de la turba, porque no solo pudieron prender a los once, sino que ni siquiera pudieron retener entre todos a este muchacho, al que ya tenía atrapado y que estaba –puede uno imaginarse- completamente rodeado. “Le cogieron, mas él, arrojando el lienzo escapó desnudo de entre ellos”.

Tampoco dudo lo más mínimo que este muchacho que siguió a Cristo aquella noche y que no pudo ser apartado de Él sino por la fuerza de la violencia en el último momento y después que todos los Apóstoles habían huido, volvió después, en la primera ocasión que tuvo, a la grey de Cristo y vive ahora con Cristo en la gloria sempiterna.

A Dios pido y de Dios espero que también nosotros vivamos allí un día con este muchacho. El mismo nos dirá quién era, y conoceremos con gran gozo y satisfacción muchos otros detalles de las cosas que ocurrieron aquella noche y que no se recogen en la Escritura.

Mientras tanto, y para hacer más fácil y seguro el camino que allí conduce, no será de poco provecho recoger los consejos espirituales que se desprenden de la fuga de los Apóstoles antes de poder ser capturados y de la fuga de este joven después de haber sido capturado. Serán como provisiones para el camino. Advierten los antiguos padres de la Iglesia una y otra vez, para que no confiemos tanto en nuestras propias fuerzas, que no nos pongamos, voluntariamente y sin necesidad alguna, en peligro de pecado.

Si alguien se encontrara en una situación en que parezca ser muy posible que sea arrastrado por la fuerza hasta ofender a dios, debe hacer lo que hicieron los Apóstoles: huyendo evitaron ser atrapados. No digo esto como si se hubiera de alabar la fuga de los apóstoles; Cristo la permitió a causa de su debilidad, y Él mismo, lejos de alabarla, había predicho que esa noche sería ocasión de pecado y escándalo.

De todos modos, si sentimos que nuestro ánimo no es lo suficientemente fuerte, imitemos su huida siempre que podamos huir del peligro de pecado sin caer en el pecado. Ahora bien, si alguien escapa cuando Dios le manda permanecer y afrontar el peligro con confianza, bien por razón de su propia salvación o por la de aquéllos que le han sido encomendados a su cuidado, ese tal se comporta, sin ninguna dudad, muy insensatamente. Pero, ¿y si lo hace para salvar la vida?

También, porque, ¿qué puede ser más disparatado y necio que el preferir un breve tiempo de dolor y desgracia a una eternidad de felicidad? Si huye por salvar la vida, al pensar que si no lo hace puede ser forzado a ofender a Dios, se comporta no sólo mal, sino insensatamente. Enorme es el crimen de quien abandona su puesto, y si a esto añade la desesperación, resulta tan grave como pasarse al enemigo.

Pues, ¿quién puede pensar algo peor que desesperar de la ayuda de Dios, y escapando, entregar al enemigo el puesto que Dios os había asignado para guardar? ¿Qué locura mayor que buscar evitar un pecado meramente posible (si uno permanece en su sitio), mientras se comete con toda seguridad un pecado al escapar? Cuando la huida no encierra ofensa a Dios, el plan más seguro, ciertamente, es darse prisa por escapar, en lugar de retrasarlo tanto que sea atrapado y caiga en peligro de cometer un pecado horrendo. Fácil es, cuando se puede, escapar a tiempo; difícil y peligroso es luchar.

Desprendimiento y perseverancia

Enseña también este muchacho con su ejemplo qué tipo de hombre puede resistir más tiempo, con menos peligro y, escapar fácilmente de manos de sus enemigos, si éstos hubieran llegado a capturarle.

En efecto, aunque este muchacho fue el que más resistió siguiendo a Cristo durante un trecho hasta que le prendieron, sin embargo, y gracias a que no iba vestido con muchos y variados vestidos, sino que llevaba tan solo un simple lienzo, ni siquiera bien sujeto, sino echado sin mayor cuidado sobre su cuerpo, de tal modo que fácilmente podría desprenderse de él, pudo, en su momento, arrojar la prenda en manos de sus perseguidores y huir de ellos desnudo. Llevándose el meollo, les dejó con la cáscara.

¿Qué significa esto para nosotros? Qué otra cosa puede significar sino ésta: que así como un hombre barrigón, hecho torpe y lento por el peso de la tripa, o un hombre que lleva consigo una pesada carga de ropajes y vestidos, difícilmente está en condiciones de correr con rapidez, de la misma manera el hombre con un cinto de bolsas repletas de dinero, muy difícilmente podrá escapar cuando caigan súbitamente sobre él las angustias y los pesares.

Ni podrá correr muy deprisa o ir muy lejos si los vestidos que lleva, aunque sean ligeros, están tan atados y apretados que no puede respirar con comodidad. Con más facilidad podrá escapar el que, aunque lleva muchos ropajes, puede desprenderse de ellos en un momento, que otro hombre que lleve muy pocos, pero tan apretadamente atados que ha de arrastrarlos consigo donde quiera que vaya.

Se ven hombres (más raramente de lo que me gustaría, pero se les ve todavía, gracias a Dios) extraordinariamente ricos que preferirían perder todo cuanto poseen antes que ofender a Dios por el pecado. Tienen muchos vestidos, pero no están estrechamente “apegados”, y así, cuando el peligro les lleva a huir lo hacen con toda facilidad, simplemente arrojando los vestidos.

Se ve también a otros –más de los que uno quisiera- que tienen cosas y vestidos de muy poca calidad, pero que, sin embargo, tan apegados se encuentran a esas sus pobres riquezas, que más fácilmente se les podría arrancar la piel de su cuerpo que separarlos de sus posesiones. Un hombre así haría mejor en darse a la fuga con tiempo, pues, en cuanto alguien le coja por la vestimenta, preferiría morir antes que abandonar, la túnica.

En fin, aprendemos del ejemplo de este muchacho, que hemos de estar siempre preparados ante las contrariedades y dificultades que se presentan de improviso y que pueden hacer necesaria la huida; nos enseña, sin duda, que para estar preparado no es bueno estar cargado con muchos vestidos, ni tan apretujados y abrochados a uno solo que, cuando la ocasión lo urja, nos sea casi imposible arrojar la tela y escapar desnudos.

Si desea alguien seguir investigando un poco más podrá ver que lo que este joven hizo encierra otra lección todavía más profunda. Porque el cuerpo es como el vestido del alma; en un sentido, se pone el alma su cuerpo al entrar en el mundo y se separa de él al dejar este mundo y morir. Así como los vestidos valen mucho menos que el cuerpo, así el alma es mucho más preciosa que el cuerpo.

Tan loco de atar estaría quien diera su alma para salvar la vida corporal como quien optara por perder el cuerpo y la vida antes que perder el manto. Así habló Cristo del cuerpo: “¿No vale más el cuerpo que el vestido?”, pero cuanto más dijo del alma: ¿De qué te sirve ganar el universo entero si pierdes el alma? ¿Qué dará el hombre a cambio de su alma? Pero a vosotros os digo, amigos míos, no temáis a los que matan el cuerpo y, después, no pueden hacer nada más. Yo os mostraré a quien habéis de temer. Temed a aquel que, después de quitar la vida, puede arrojar al infierno. A éste, os repito, habéis de temer”.

Nos advierte además el ejemplo de este muchacho qué tipo de vestido debe ser el cuerpo `para que el alma cuando nos enfrentemos a tales pruebas. No ha de ser corpulento y gordinflón por causa del desenfreno, ni tampoco debilucho y flojo a causa de su vida disoluta, sino fino y esbelto como un mantel, con la grasa gastada y apurada por el ayuno. No estaremos así tan apegados que no podamos deshacernos de él, de buena gana, si la causa de dios lo exige.

Aquel joven, atrapado por esos miserables y antes de ser forzado a decir o hacer algo que pudiera ofender el honor de Cristo, abandonó su túnica y escapó desnudo de sus garras. No está de más recordar que, mucho tiempo antes, otro joven se había comportado de manera similar. En efecto, el santo e inocente patriarca José dejó a la posteridad un ejemplo singular, enseñando que hay que huir del peligro contra la castidad con la misma prontitud y decisión con que uno escapa de un intento de asesinato.

Era José varón de hermoso semblante y de esbelto porte. La mujer de Putifar, en cuya casa era José jefe de los siervos, puso en él sus ojos y cayó perdidamente enamorada. Tal era el furor y el frenesí de su que no solo llegó a ofrecerse ella misma al joven desvergonzadamente, con sus miradas y palabras, tentándole para vencer su aversión, sino que cuando este muchacho la rechazó, se agarró ella a sus vestidos ofreciendo el vergonzoso de una mujer pretendiendo a un hombre por la fuerza. Antes hubiera muerto José que cometer pecado tan abominable.

Sabía bien los peligros de entablar combate con las fuerzas de Venus, y no desconocía que la más segura victoria consiste en huir. De esta manera, abandonó José su manto en manos de la adúltera y se dio inmediatamente a la fuga.

Como decía, para evitar caer en pecado hemos de arrojar no solo la túnica o la camisa o cualquier otro vestido del cuerpo, sino hasta el mismo cuerpo, que es el vestido del alma.

Si al pecar pretendemos salvar el cuerpo, en realidad lo perdemos, y con él también el alma. Por el contrario, si soportamos con paciencia y por amor de Dios la pérdida del cuerpo, nos ocurrirá entonces lo que ocurre con la serpiente: que muda su vieja piel (llamada, me parece, senecta) a fuerza de frotar y restregar entre zarzas y abrojos, y, abandonándola en los matorrales, aparece de nuevo rejuvenecida y resplandeciente.

Si seguimos el consejo de Cristo y nos hacemos astutos y prudentes como las serpientes, dejaremos nuestros cuerpo envejecidos sobre la tierra, desgastados entre las espinas de la tribulación padecida por amor, y seremos llevados al cielo, los cuerpos relucientes y en plena juventud, para jamás sentir los efectos de la vejez,