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La vocación: una llamada divina a la plenitud del amor

Glosario de algunos términos utilizados en esta clase


Se explican algunos términos que se emplean en esta clase. Convendrá comprobar que las personas que la reciben comprenden realmente el significado de estos términos y su alcance.

La siguiente explicación es una simple divulgación, dirigida a jóvenes; por eso se han eliminado muchos matices y connotaciones históricas y teológicas.

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Abnegación


Significa negarse al pecado para afirmar a Cristo en nuestra vida, para identificarse, hacerse uno con Cristo. Es un ejercicio de amor y de fortaleza. No significa represión de ningún tipo, sino afirmación de la propia libertad y dominio interior que dirige la propia voluntad y la propia vida hacia donde desea y quiere.

La abnegación no es fruto de la falta de autoestima, ni lleva a una anulación de la personalidad, sino a la plenitud humana y espiritual de la persona que deja que Cristo viva en ella.

Con la ayuda de la gracia, mediante la abnegación (que no es un fin, sino un medio), el cristiano se identifica con Cristo, Perfecto Dios y Perfecto Hombre y se acerca al proyecto de persona que Dios tiene para cada uno.

Cuanto más abnegado decida ser yo, seré más yo, porque seré, con la gracia de Dios, libremente, lo que Dios quiere que yo sea. La abnegación lleva a la afirmación de mí mismo como cristiano, como hijo de Dios en Cristo.

Los grandes santos —que fueron profundamente abnegados— eran personas de gran carácter y personalidad.

Amor, castidad, santa Pureza.

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Una virtud urgente y audaz para unos tiempos nuevos

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La felicidad es la plenitud del amor en el alma. Para ser feliz y gozar plenamente del amor en esta tierra -del amor humano y del Amor con mayúsculas- y para gozar plenamente del Amor de Dios en el Cielo hay que vivir con plenitud la virtud de la Santa Pureza.

La primera virtud cristiana no es la castidad sino la caridad: amor a Dios y al prójimo. La puerta de las demás virtudes es la fe: sin ella no se puede amar a Dios.

Sin embargo, la castidad es muy importante, porque se refiere a sexualidad, que “concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar” (Catecismo, 2332). La castidad se ordena al amor; y sin ella no se puede vivir la caridad. Es una exigencia de la ley moral natural

Bienaventurados los puros de corazón -dijo el Señor- porque ellos verán a Dios. La castidad es una exigencia de la dignidad del cuerpo humano, con el que debemos amar a Dios en esta tierra: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?” (I Cor 6,18-19).


La Santa Pureza es tan importante porque está vitalmente unida al Amor: es una virtud que mantiene la juventud del amor en el alma, en las diversas etapas de la vida.

Es una virtud atractiva, renovadora, audaz y urgente para unos tiempos nuevos.

El mundo actual necesita con especial urgencia un Anuncio, una Evangelización y un Apostolado valiente, positivo y esperanzado de esta virtud.

Por la naturaleza propia del tema de esta clase, resulta especialmente importante la preparación y documentación personal por parte de los padres, catequistas, profesores, etc., que permita dar razones sólidas, humanas y espirituales a los jóvenes.

Por esa razón, se sugiere reflexionar, antes de preparar esta clase, sobre algunos de los puntos que se formulan en los apartados siguientes:

Los primeros cristianos ante el mundo pagano

index_clip_image002_00063San Justino habla sobre la castidad de los primeros cristianos

“Sobre la castidad, (Cristo) dijo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón. Si tu ojo derecho te escandoliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5, 2829).

Y el que se casa con una divorciada de otro marido, comete adulterio (Mt 5, 32) (…). Así, para nuestro Maestro, no sólo son pecadores los que contraen doble matrimonio conforme a la ley humana, sino también los que miran a una mujer para desearla.

No sólo rechaza al que comete adulterio de hecho, sino también al que lo querría, pues ante Dios son patentes tanto las obras como los deseos.

Entre nosotros hay muchos y muchas que, hechos discípulos de Cristo desde la niñez, permanecen incorruptos hasta los sesenta y los setenta años, y yo me glorío de que os los puedo mostrar de entre toda raza humana.

Y esto, sin contar a la ingente muchedumbre de los que se han convertido después de una vida disoluta y han aprendido esta doctrina, pues Cristo no llamó a penitencia a los justos y a los castos, sino a los impíos, a los intemperantes y a los inicuos.

Así lo dijo: no he venido a llamar a penitencia a los justos, sino a los pecadores (Lc 5, 32