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La visión universal de los discípulos de Cristo

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Las ideas y conceptos de este guión conceptual pueden servir de punto de partida para que los padres o educadores elaboren su propio esquema, que deberán adecuar a las circunstancias concretas de cada joven y a los problemas de la sociedad en la que vive.

El punto de partida de esta clase se encuentra en el Compendio del Catecismo de la Iglesia, 68:

“todos los hombres forman la unidad del género humano por el origen común que les viene de Dios.

Además Dios ha creado “de un solo principio, todo el linaje humano (Hch 17, 26). Finalmente, todos tienen un único Salvador y todos están llamados a compartir la eterna felicidad de Dios”.

Cristo, perfecto Dios, perfecto Hombre


  • Los discípulos de Cristo deben ver el mundo y a los demás con los ojos de Cristo, que vino a salvar a todos los hombres sin excepción.
  • Aparentemente, seguir a Jesucristo, lleva aparejadas algunas realidades aparentemente contrarias a la felicidad (abnegación, pobreza, persecución).
  • Sin embargo el cristiano sabe que en la medida que se identifica con Cristo alcanza la pobre felicidad de esta tierra y gana la verdadera felicidad, eterna y plena del Cielo.
  • Un verdadero cristiano es siempre un apóstol: y el apóstol siente en su alma el afán por colaborar en la tarea de la salvación de todos los hombres, estando a su lado, sufriendo con ellos, ayudándoles a encontrar la felicidad plena que solo se encuentra en Dios.

Santificar todas las realidades terrenas


San Josemaría recuerda:

n. 295. Tu vocación de cristiano te pide estar en Dios y, a la vez, ocuparte de las cosas de la tierra, empleándolas objetivamente tal como son: para devolverlas a El.

n. 296. ¡Parece mentira que se pueda ser tan feliz en este mundo donde muchos se empeñan en vivir tristes, porque corren tras su egoísmo, como si todo se acabara aquí abajo!

–No me seas tú de ésos…, ¡rectifica en cada instante!

n. 300. Es difícil gritar al oído de cada uno con un trabajo silencioso, a través del buen cumplimiento de nuestras obligaciones de ciudadanos, para luego exigir nuestros derechos y ponerlos al servicio de la Iglesia y de la sociedad.

Es difícil…, pero es muy eficaz.

El católico y la sociedad civil

n. 301. No es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha con fiado.

Mienten –¡así: mienten!– los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían “amablemente” que los católicos volviéramos a las catacumbas.

n. 302. Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social.

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Ante el clasismo: sólo hay una raza: la de los hijos de Dios

n. 303. Un hijo de Dios no puede ser clasista, porque le interesan los problemas de todos los hombres… Y trata de ayudar a resolverlos con la justicia y la caridad de nuestro Redentor.

Ya lo señaló el Apóstol, cuando nos escribía que para el Señor no hay acepción de personas, y que no he dudado en traducir de este modo: ¡no hay más que una raza, la raza de los hijos de Dios! (Camino)

Foto: M.Hasson

n. 307. Un error fundamental del que debes guardarte: pensar que las costumbres y exigencias –nobles y legítimas–, de tu tiempo o de tu ambiente, no pueden ser ordenadas y ajustadas a la santidad de la doctrina moral de Jesucristo.

Fíjate que he precisado: las nobles y legítimas. Las otras carecen de derecho de ciudadanía.