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Sabiduría, humildad y virtud de la religión

La función de la sabiduría como guía de la vida moral se pone especialmente de relieve al considerar que esta virtud, junto con la humildad, es la raíz de la virtud de la religión, la cual, aunque tiene unos actos específicos, abarca en realidad la entera vida de la persona, pues todas las acciones, por el hecho de ser realizadas para la gloria de Dios, pertenecen a esa virtud, en cuando son imperadas por ella.

Por la sabiduría, el hombre conoce y “reconoce” a Dios como infinitamente bueno, creador y señor del Cosmos; por la humildad, acepta el lugar que le corresponde y considera su propio ser y todas las cosas del mundo como dones recibidos del amor de Dios; en consecuencia, entiende que debe corresponder con amor, lo que implica el reconocimiento de la suprema dignidad y excelencia de Dios (culto), y la entrega total a su servicio (devoción), dimensiones esenciales de la virtud de la religión. La sabiduría, por tanto, descubre al hombre su deber de dar culto a Dios y de vivir para su gloria.

Por otra parte, un concepto correcto de Dios tiene una importancia capital para la vida moral y religiosa, y todo error en este aspecto se traduce en una deformación práctica de la religión y la vida moral. Esa imagen o concepto depende de la sabiduría que la persona ha alcanzado.

Por último, la humildad no sólo está en la raíz de la virtud de la religión y de la sabiduría, sino también en su desarrollo. En efecto, es necesaria para que el hombre mantenga viva su conciencia creatural, cuya pérdida lo conduciría a considerarse a sí mismo como “creador”, ser autónomo y dueño absoluto del mundo, negando radicalmente su esencial dimensión religiosa, y dejando de ser, en consecuencia, sabio.

Génesis de la sabiduría

La sabiduría nace del amor a la verdad, del deseo natural que toda persona experimenta de saber cuál es la causa última de todo lo que conoce, y especialmente la verdad sobre el sentido de su existencia. El deseo natural de conocer y el reconocimiento de que hay misterio, es decir, de la propia ignorancia (humildad), impelen a indagar, a buscar.

La actividad intelectual se origina en el entendimiento (intellectus), virtud de la razón especulativa que nos da la evidencia de las primeras verdades teóricas del conocimiento humano, sobre las que se asientan los demás conocimientos. Son verdades evidentes y necesarias. De su necesidad se deriva la de las verdades que sobre ellas se asientan.

Estas primeras verdades corresponden a la realidad y suponen el conocimiento a través de los sentidos. Non son sólo verdades lógicas, sino que corresponden a la verdad de los seres (verdad ontológica). Pero a pesar de su evidencia y necesidad, el hombre puede asentir o no a ellas. El papel de la voluntad consiste en hacer que el entendimiento asienta a esas verdades sin tergiversarlas, y que sea coherente con ellas en sus razonamientos. En este sentido, el entendimiento es educable: en la formación intelectual es importante prestar atención a las verdades evidentes, especialmente cuando alguna conclusión, que parece acertada, contradice alguna de ellas. Cuando el hombre, a pesar de la evidencia de los primeros principios, se niega a ser coherente, a respetar la realidad, manifiesta que su deseo de buscar la verdad no es sincero, y que tal vez está mediatizado por algún interés personal, por alguna pasión o sentimiento, que distorsiona su visión intelectual.

A partir de las primeras verdades evidentes, la razón, impulsada por la voluntad, va conociendo la verdad sobre los distintos ámbitos de la realidad (ciencias).

Ahora bien, las verdades parciales no aquietan el deseo del hombre, que quiere conocer la verdad que dé respuesta a todos los porqués que se plantea. Por eso, la voluntad sigue impulsando a la inteligencia para que indague hasta el final. El término de esta búsqueda se encuentra en el conocimiento de Dios, Verdad suprema, causa última de toda la realidad. La sabiduría es, por tanto, la cima de la actividad cognoscitiva.

De todas formas, la sabiduría que el hombre puede alcanzar es siempre limitada. El hombre nunca es plenamente sabio. La contemplación amorosa de Dios de modo pleno sólo se puede dar en la vida eterna. Por eso, en esta vida, la búsqueda no acaba nunca: el hombre es siempre buscador, amante de la sabiduría, filósofo.

La sabiduría es un deber: una tarea que todo hombre debe realizar. Como se ha visto, la persona tiende naturalmente a amar el bien y a conocer la verdad, y, en último término, a amar el Bien absoluto y a conocer la Verdad plena. En correspondencia a tales tendencias, la sindéresis preceptúa al hombre no sólo el deber de amar el Bien absoluto, sino también el de buscar la Verdad que colme su deseo natural de saber (sabiduría).

La sabiduría tiene carácter de don recibido. Ciertamente, se adquiere por el esfuerzo humano, pero, a la vez, es don de Dios. La inteligencia humana es participación de la Inteligencia divina. Sólo si reconoce (humildad) este carácter de “don”, puede el hombre alcanzar la verdadera sabiduría y convertirla, a su vez, en un don para ofrecer gratuitamente a los demás.

Gracias a la luz que le proporciona el conocimiento de Dios, el hombre puede juzgar y ordenar todos los demás conocimientos y acciones. Al conocer la causa final de todas las cosas, el sabio conoce el sentido de su propia vida y de todas las cosas, el fin por el que han sido hechas y, en consecuencia, el fin por el que todo ha de hacerse. El saber sobre Dios se transforma así en saber directivo y configurador de toda la vida cognoscitiva y moral de la persona. Sólo entonces se puede decir que el hombre posee la virtud de la sabiduría como perfección de su razón y como perfección moral.

4. La reflexión teológica sobre la virtud en la teología medieval

Durante lo siglos XII y XIII, el interés por enseñar la doctrina recibida de siglos anteriores lleva a estudiar en profundidad las características del obrar virtuoso, la condición de “verdaderas virtudes” de las virtudes adquiridas, la distinción entre virtudes teologales y cardinales, el sujeto de las virtudes, etc.

Es preciso destacar las figuras de Pedro Abelardo (1079-1142) y de Hugo de San Víctor (1100-1141), que preparan, con sus estudios, el camino de dos corrientes de pensamiento: la de tendencia aristotélica, el primero; la de inspiración agustiniana, el segundo.

Las virtudes mantienen su carácter medular en la ciencia moral de los grandes escolásticos: Abelardo, S. Buenaventura, S. Alberto Magno, etc. El primer tratado sistemático sobre las virtudes es la Summa Aurea de Guillermo de Auxerre (+1236), en la que se analiza la esencia de la virtud y se estudian cada una de las virtudes teologales y cardinales, los dones del Espíritu Santo y las propiedades de las virtudes.