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Temperamento y carácter

Podría decirse que el temperamento es como la caja de la guitarra y el carácter como las cuerdas de la guitarra, que se van templando con el ejercicio de las virtudes



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¿Qué es el temperamento?

Es la parte heredada de nuestra personalidad, la constitución particular de cada individuo, fruto de sus características fisiológicas y orgánicas.

Se le suele llamar “modo de ser”: “es una persona de temperamento apasionado”; -se suele decir- “es de temperamento tranquilo”.

  • El temperamento es un punto de partida, y ofrece un posible desarrollo positivo y otro negativo.
  • Mediante el ejercicio de las virtudes el temperamento se va templando como las cuerdas de la guitarra.
  • Una cuerda excesivamente tensada se acaba rompiendo y una cuerda sin tensar no sirve para nada.
  • Del mismo modo, dependiendo de como cultive las virtudes, una persona de temperamento apasionado puede acabar siendo un santo ferviente o un fanático alocado.
  • Y una persona de temperamento tranquilo puede acabar siendo un hombre sereno o un indolente apático.

¿Qué es el carácter?

Es la parte no heredada, voluntaria, de nuestra personalidad; el conjunto de cualidades y rasgos psíquicos, afectivos y morales, que se conjugan con los heredados y adquiridos, y acaban conformando el modo de ser y de comportarse de cada persona.

El trabajo apostólico del Opus Dei.



  • Todos los bautizados tienen, como fruto de su vocación bautismal, una misión evangelizadora.
  • Los cristianos viven esa misión evangelizadora -común para todos- de diversas formas, en función de las circunstancias en las que Dios le haya puesto.
    • Hay personas a las que Dios les pide un alejamiento del mundo (por ejemplo, las monjas de clausura). Estas personas llevan a cabo su misión evangelizadora desde el corazón de la Iglesia, sosteniendo y alentando con su oración y su penitencia, con su petición constante al Señor, la acción apostólica del resto de los miembros del Pueblo de Dios.
    • A otras personas les pide una formas muy concreta de apostolado. Por ejemplo muchos religiosos se dedican a diversas parcelas evangelizadoras, como la enseñanza, dando un testimonio escatológico al resto de la Iglesia.
  • A la mayoría de los cristianos -entre ellos, los miembros del Opus Dei- Dios les pide que vivan su vocación bautismal en medio de sus propias circunstancias de trabajo y que ejerciten su acción evangelizadora entre sus iguales: su familia, sus parientes, sus amigos, sus colegas de profesión o de deporte.
    • El apostolado que realizan los miembros del Opus Dei tiene un carácter netamente laical porque es ejercido por laicos, por cristianos corrientes que llevan el anuncio de Cristo a los que les rodean -familia, parientes, amigos, colegas de trabajo, etc.- mientras desempeñan su trabajo profesional.
    • Del trabajo apostólico personal de cada miembro del Opus Dei nacen habitualmente frutos para toda la Iglesia (vocaciones sacerdotales para el Seminario, vocaciones para la vida religiosa, para diversos caminos de santidad: monjas de clausura, misioneros, etc. ). San Josemaría no deseaba que se apagase ninguna llama que se encendiese por amor a Cristo y enseñó siempre a ayudar a cada alma a seguir su propia llamada.
    • Su trabajo apostólico tiene un hondo sentido eclesial y ecuménico, que son rasgos propios de la acción evangelizadora de los miembros de la Prelatura.
      • El hondo sentido eclesial, fruto del amor a todos los carismas que el Espíritu suscita en su Iglesia, lleva a los miembros del Opus Dei a respetar todos los modos apostólicos aprobados por la Iglesia, viendo en esos carismas los dones con los que el Espíritu Santo la bendice constantemente.
      • El sentido ecuménico lleva a los miembros del Opus Dei tratar a personas de todas las religiones, con un hondo respeto por su libertad. El Opus Dei, como es sabido, fue la primera institución de la Iglesia que contó con cooperadores no católicos y no cristianos.
    • Como sucede en tantas realidades de la Iglesia, los miembros del Opus Dei tienen algunos -pocos- modos propios, sancionados por la Iglesia, a la hora de realizar su apostolado personal.


Dos extremos erróneos en la acción evangelizadora

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Hay dos extremos equivocados, que parten de un concepto erróneo de la libertad:

A. El extremo de los que -en base a una malentendida libertad- se desentienden de los demás, y los dejan en su ignorancia y alejamiento de Dios, olvidándose de que, por su condición de bautizados y testigos de Cristo, tienen el derecho y el deber de difundir el mensaje evangélico, con mismo entusiasmo apostólico de los primeros cristianos.

El cristianismo verdadero no puede reducir su vida a un “intimismo espiritual”, ni recluirse en una torre de marfil, porque el Mandamiento Nuevo lleva a salir de sí mismo, a darse a los demás por amor de Dios.

Juan Pablo II recordaba en la Redemptoris missio: “La misión no coarta la libertad, sino más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los pretextos más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid las puertas a Cristo!”

B. El extremo de los que desprecian la libertad y piensan que es lícito usar cierta coacción para ganar almas para Cristo.

San Josemaría reaccionaba ante este extremo, recordando: «las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo» (Conversaciones, 9 ed. Madrid 1973, n° 104).