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Educación de la afectividad


Siguiendo a Polaino, se pueden señalar tres factores para la educación de la afectividad de los jóvenes:

Educar la afectividad, capacitándola para la entrega, para el compromiso.

En El Principito Saint Exupery lo llama “dejarse domesticar”: es decir, ayudar a crear lazos, comprender que se necesita del otro y que el otro nos necesita a nosotros, que tanto el otro como yo somos únicos.

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro. No estoy domesticado.
-¡Ah! Perdón -dijo el principito.
Pero después de pensarlo, añadió:
-¿Qué significa domesticar?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿Qué buscas?
-Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa domesticar?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy fastidioso! También crían gallinas. Es lo único interesante. ¿Buscas gallinas?
-No -dijo el principito-. ¿Busco amigos?¿Qué significa domesticar?
-Es algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Significa crear lazos
-¿Crear lazos?
-Claro -dijo el zorro-. Para mí, tú no eres todavía más que un niño parecido a cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Para tí no soy más que un zorro parecido a cien mil zorros. Pero si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para tí unico en el mundo.

Educar la afectividad en libertad, capacitándola para ejercer la propia libertad

En la medida en que el hombre se compromete más es mñas dueño de sus propios sentimientos. “Contraer vínculos, comprometerse, es un acto de libertad que manifiesta la misma libertad” ” Rehusar comprometerse es optar y aceptar el peor de los compromisos posibles (el que aniquila la libertad comprometiéndola con el infantil deseo de ni comprometerse con nada) y la más empobrecedora de las posibles determinaciones (la de no comprometerse a nada). (Familia y autoestima, 111-112)

Educar la afectividad ayudándola a encarar el sufrimiento.

Es una paradoja y al mismo tiempo una experiencia universal: cuando una persona se decide a amar, se decide al mismo tiempo, a sufrir por lo que ama, por quien ama. Sólo sabe sufrir quien sabe amar. Si no se está dispuesto a sufrir no se está dispuesto realmente a amar. Recuerda un antiguo cantar de la literatura castellana:

Corazón que no quiera
sufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
ay,
libre de amores.

Samuel Camhi, judío, benefactor, cooperador del Opus Dei

El hijo de Samuel Camhi relata la historia de su padre



Relato recogido por A. Rodríguez Pedrazuela en Un mar sin orillas (Rialp)

“Nació en Esmirna en 1900, con el siglo, en el seno de una pobre familia sefardita. Cuando tenía dos años murió su padre, Abraham Dozzetos, y su madre, Reyna Benchoam, decidió ir con sus tres hijos a Jerusalem, donde residía su hermano Moisés.

Allí se enfrentaron con graves problemas económicos. Y como el trabajo del hijo mayor, Rubén, nos les daba para subsistir, su madre decidió darlo en adopción, cuando tenía cuatro años, a un matrimonio sefardita: don Jacobo Camhi y doña Sol Levy.

Los Camhi habían perdido dos hijos y ya no podían tener más, y le dieron a papá todo el cariño del mundo, pero… aquella separación fue una herida que sangró siempre en su corazón.

Pocos años después, durante la Gran Guerra, enfermó gravemente: se contagió con la que llamaron la ‘gripe española’, y estuvo delirando durante casi dos semanas. Los Camhi tuvieron que vender su casa por un cuarto de su valor para salvarlo…

Durante esos años sufrió mucho: se le quedaron grabadas para siempre las imágenes de los niños desnutridos, con el rostro macilento, vagando por las calles de Jerusalem pidiendo un mendrugo de pan…

Él nunca sufrió a causa del hambre, pero sí por la falta de escuela. Y es que sólo pudo ir a unas clases que daban en la Alianza Francesa, que estaba patrocinada por el barón de Rothschild… Pero cuando los gobiernos turco y alemán ocuparon Jerusalem cerraron la escuela, porque era de origen francés. Y perdido una oportunidad de estudiar en París… Esa fue otra de las grandes frustraciones de su vida. Fue una desgracia, y otra, y otra…

A comienzos de los años 20 murieron don Jacobo y doña Sol. Se quedó otra vez solo. En esas circunstancias muchos se llenan de resentimiento. Él, no: ‘todos los años -escribió- en el día del perdón rezo en memoria de los dos padres y las dos madres en el templo’. Y se prometió a sí mismo: ‘¡Si alguna vez tengo dinero haré todo lo posible para ayudar a los niños necesitados!’

Y fue labrándose el futuro gracias a su trabajo y a su ingenio. Era un muchacho muy avispado: nos contaba que cuando doña Sol le daba dinero para comprar naranjas, se iba al mercado y regateaba, regateaba… hasta que las conseguía más baratas; luego las vendía, las compraba y las volvía a vender, hasta que regresaba a casa con las naranjas… ¡y algunos centavos para él!

Cuando se quedó solo decidió venirse a América, a la aventura… Llegó hasta Veracruz con la idea de instalarse en México, pero eran los tiempos de Plutarco Elías Calles y la revolución mexicana, y un doctor que conoció en el barco, don Mauricio Guzmán, le convenció para que viniese a Guatemala; y aquí llegó, sin nada, el 13 de septiembre de 1924.

Al principio comenzó a hacer viajes por la costa Norte y Sur vendiendo corbatas, pañuelos, cinchos… En 1927 puso una tienda pequeñita, en la esquina de la Quinta Avenida y Quince Calle, el Almacén {Mi Amigo}, y cuando el negocio comenzaba a marchar… se desató la crisis mundial de 1929, y se encontró con un déficit de 17.000 dólares.

Ya estaba dispuesto a declararse en quiebra, a pagar a los acreedores, y a liquidarlo todo en tres días, cuando una noche, cuando caminaba por la Sexta Avenida, vio que en el cine Palace, estaba dando una conferencia Habid Estéffano, un gran orador judío, sobre El Camino de la Vida. Y entró. Aquellas palabras cambiaron su existencia.

El Camino de la Vida

‘Había un Califa -contaba Habid- que al morir repartió su herencia entre sus cuatro hijos. Al mayor le dejó su caballo; al segundo, su lanza; al tercero su anillo; y al pequeño le dijo: A ti no tengo que darte. Pero éste le prometió: ¡No importa! ¡Yo lucharé! ¡Y con mi esfuerzo lo conseguiré todo! ¡Mi caballo, mi espada y mi anillo! Poco después se suscitó una guerra entre las tribus árabes y durante la lucha, cayó herido; y cuando ya se acercaba su enemigo, y se daba por vencido, recordó la promesa que había hecho a su padre; y se levantó, peleó y venció…’

Aquella historia le impresionó mucho y estuvo platicando con Habid, que le dijo: ¡Luchá! ¡Comenzá de nuevo! ¡Dile a tus acreedores que te den tiempo!’ Se llenó de optimismo; pidió dinero a un amigo que confió en su honradez, y siguió trabajando, con todas sus fuerzas, desde las siete de la mañana hasta las once de la noche. Y Dios le favoreció: en 1935 salió de todas sus deudas, y más tarde fundó un negocio de ropa de niños, otro de juguetes y una fábrica de tejidos.

El resto de la historia, don Antonio, ya la conoce usted: a comienzos de los años sesenta, don Salomon Elías, su apoderado, le presentó al doctor Cofiño, que le pidió unas becas para los universitarios de escasos recursos de Ciudad Vieja. Papá vio un camino abierto para ayudar a tantos muchachos que, como él, no podían estudiar por falta de medios, y se hizo muy amigo del doctor Cofiño. Tanto, que en casa le llamábamos ‘Tío Neto’. Llegaron a quererse como hermanos.

Poco después, don Julio Matheu le pidió que prestara una casa que tenía en la calle Martí para poner una escuela con obreros. Y así se comenzó Kinal. Y en 1963 le llevaron para que conociese Junkabal, en la zona tres, junto al basurero. Le enseñaron las clases de Cocina, de Primeros Auxilios, de Puericultura, de esas cosas…, y le contaron el problema que tenían: no alcanzaban para pagar el alquiler y se estaban planteando marcharse de allí… A papá le agradó ver la escuela tan cuidada y tan limpia. ‘Donde hay limpieza hay trabajo’, pensó, y les dijo:

-No se preocupen. Yo compro la casa. ¡Junkabal se quedará aquí!

Y no es que le sobrara el dinero. Lo hizo por generosidad, para ayudar a los demás. Pidió un préstamo y lo fue amortizando con las rentas que cobraba de unos terrenos. Llegó a hipotecar en garantía varias de sus tiendas; pero no le importó: sabía que aquello estaba en buenas manos. Y cuando creó la Fundación Samuel Camhi puso una condición expresa: que la formación moral de Junkabal se encomendase al Opus Dei.

‘¿Por qué hizo eso? -me preguntan a veces-. Ninguno de ustedes son católicos’. Es cierto, todos nosotros somos hebreos de raza y de religión; papá vivió y murió judío; pero sabía que de ese modo se garantizaba en Junkabal un ambiente sin discrimaciones. ‘Si allí está el Opus Dei -pensaba- habrá libertad religiosa’.

Hace tiempo hice una escultura para Junkabal: son dos manos que arropan y protegen a un niño desvalido. Son las manos de papá. Quise expresar cual era el oriente de su vida: ayudar a los que trabajan con los más necesitados.

En una ocasión visitó a Monseñor Escrivá, que le agradeció la ayuda que prestaba. Entonces papá le dijo: ‘Monseñor, yo quiero recordarle, en primer lugar, que no soy católico. Y en segundo lugar… ¡que soy judío!’ Pero para Monseñor eso no significaba ninguna barrera. ‘¡Ven a mis brazos!’ le dijo, mientras le abrazaba.

A partir de entonces Monseñor nos escribía siempre; por el cumpleaños de papá o en fechas especiales. Y afirmaba papá que nunca nadie le había tratado con tanto cariño.

Ahora, cuando pienso en su vida, comprendo su alegría cuando se inauguró Junkabal: había cumplido, por fin, la promesa de su niñez. Fue, sin duda, uno de los días más felices de su vida”

Fue el 15 de mayo de 1971, y asistieron al acto el Cardenal Casariego, Kyra Nuila, la directora del Centro, Olga de Mirón, la presidenta del Patronato, y ¿cómo no?, el doctor Cofiño que hizo un florido elogio de su amigo Samuel:

-Don Samuel -dijo el doctor- ha sido un comerciante de clara visión, que ha logrado llevar mucho dinero a su caja de caudales… Pero esos caudales han ido saliendo por la puerta de su corazón para hacer buenas obras: lleva pan donde hay hambre; alegría donde hay lágrimas; y posibilidad de mejoramiento donde se necesita, como en esta escuela de Junkabal. Por eso, cuando conoció el espíritu de servicio que anima las obras del Opus Dei, cuando conoció Junkabal, se enamoró de esta iniciativa y desde 1964 ha prestado toda su colaboración. Gracias a don Samuel hemos terminado Junkabal, destinada a todos los que aspiran a mejorar, sin tomar en cuenta diferencias de raza, condiciones sociales, económicas o religiosas.

Ha cumplido aquí lo que se prometió en Jerusalén, cuando era niño, demostrando que tiene un gran corazón; y que un hombre vale lo que vale su corazón.

Don Samuel le escuchaba emocionado. Y se le saltaron las lágrimas cuando se descubrió una placa, en bronce oscuro, junto al gran patio con arcadas de ladrillo, donde se lee:

Fundación Samuel Camhi

El Patronato, las profesoras

y las alumnas de Junkabal

a

DON SAMUEL CAMHI

En homenaje perenne

por su generosidad, altruismo

sensibilidad social y desvelo

por la juventud.

“Este día es muy especial para mí -comentó don Samuel al descubrir la placa- porque Dios me ha dado la vida y la oportunidad de poder cumplir mis promesas de ayudar a los pobres.

Agradezco de todo corazón lo que he recibido del Divino Creador del Universo.

Los hebreos y los católicos deben cumplir con el mandato divino: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’.

El egoísmo humano impide tantas veces que se cumpla; pero si todos pudiéramos disminuir el egoísmo y amarnos más, el mundo cambiaría”.

Roger Pallais: los comienzos del Opus Dei en Nicaragua




Camino

Me llamo Roger Pallais y nací en San José de Costa Rica el 14 de abril de 1948. Tengo seis hermanos que viven en Francia y en los Estados Unidos. En la actualidad mi madre vive en París, al igual que yo.

Cuando estaba estudiando y un año o un año y medio para ser oficial del Ejército, con el grado de teniente, una prima mía, que vivía en Costa Rica, pasó por Managua. Cuando la ví, ella, que sabía algo de mi búsqueda espiritual, me regaló un libro pequeñito: Camino. “Te gustará mucho” me dijo sonriendo.

Y así fue. Camino me causó un impacto difícil de medir. Empecé a meditarlo mucho, a hacer oración, a ir a Misa diaria, a tener una dirección espiritual, etc. En fin, a poner en práctica todo lo que allí se decía, en la medida en la que yo llegaba a comprenderlo.

El nombre del autor no retuvo mi atención. Lo que me conmovió fue el mensaje fuerte, vibrante, animoso,… de ser santo en medio del mundo. Eso fue lo que me cautivó poderosamente. Aparte de mi trabajo como oficial del Ejército, empecé a estudiar por la noche. Fui a la Universidad Centroamericana y allí empecé los estudios de Filosofía y Letras.

La meditación de Camino me daba una luz poderosa en mi vida diaria. Era un modo nuevo de afrontar todo el esfuerzo cotidiano y el apostolado con mis amigos; también la vida familiar. Una inquietud se desató con fuerza: cuál era la vocación a la que Dios me llamaba.

Fui a ver a un sacerdote. Hablamos largo y tendido y, al final, viendo mi inquietud, me dio a leer un libro de un sacerdote llamado Jesús Urteaga, con el título El valor divinode lo humano. Este libro me sacudió y me ayudó bastante, para concretar la lucha ascética. Al cabo de un año, obtuve una beca del Gobierno nicaragüense y me fui a Madrid para cursar los estudios de Ciencias Políticas.

Madrid

Llegué a Madrid a principios de diciembre del año 1969, y comencé mis estudios inmediatamente. Estaba alojado en el Colegio Mayor Hispanoamericano Nuestra Señora de Guadalupe. Uno de mis profesores, Roseto Echavarría, me había hablado de un Colegio Mayor llamado Moncloa y me hizo una carta de presentación. Pero al llegar a Madrid, el embajador de Nicaragua, amigo de mi familia, me dijo que me había reservado una plaza en el Colegio Mayor Guadalupe. Allí seguía leyendo y meditando Camino.

Un día, en el mes de enero o febrero -no me acuerdo bien-, al salir de un aula de Ciencias Políticas, estuve hablando con un joven estudiante queme propuso asistir a una conferencia sobre el Marxismo: una crítica del Marxismo. Este chico, que estudiaba Ciencias Económicas y Políticas al mismo tiempo, se llamaba Eusebio Masauri y era de Bilbao. Fui, y al final de la conferencia me dijo: “Si quieres puedes quedarte; va a haber un sacerdote que va a venir a predicarnos sobre un aspecto del Evangelio”. Me interesaba y me quedé.

El sacerdote era don José Antonio Galera, y nos habló de la vida de un joven del Opus Dei, Hernán Cortés, que acababa de enterrar en Santander y que murió en olor de santidad. El centro donde me encontraba estaba en la calle General Oraá 26. Luego supe que era como una extensión del Colegio Mayor Montalbán.

El asunto fue que la meditación me impresionó y la cosa es que me encariñé con la Obra, con la que tenía ya, sin duda alguna, una gran sintonía, gracias a mi frecuentación de Camino. Sólo en ese momento, sin embargo, me di cuenta que el Fundador del Opus Dei y el autor de Camino eran el mismo. Estaba asombrado de la Providencia ordinaria de Dios.

Me ofrecieron ir a Moncloa –donde iba a ir en principio, al llegar a España- y allí fui en septiembre de 1970, y en diciembre -el 2 de diciembre, concretamente- pedía la admisión al Opus Dei. Me llené de paz y de alegría.

Managua

Después de casi tres años de ausencia, viajé a Managua paraver a mi familia. Llegué el 22 de diciembre de 1972 a las 8 de la noche. Me impresionó el calor, la pesadez del clima al bajar al aeropuerto. Mi madre me dijo que desde hacía unos meses padecían en Nicaragua una sequía persistente.

Llegamos a casa y pude ver las novedades de cada cuarto, de la biblioteca…, y luego nos sentamos a cenar. Después de la cena nos reunimos todos para celebrar el cumpleaños de mi madre, que ese día cumplía 50 años. Todos mis hermanos estaban allí, salvo Enrique -el segundo-, que se encontraba en la Academia Militar de Annápolis, y que luego vino, y Rafael, estudiante, que estaba en Costa Rica y que llegó al día siguiente. Mi padre había fallecido el 19 de diciembre de 1965 en un accidente de helicóptero intentando socorrer unos heridos en una carretera cerca de Managua. Era médico.

La antigua ciudad de Managua

Estábamos charlando en la sala de estar, cuando sentimos una sacudida sísmica alrededor de las 10:30 de la noche. Fue levísima y nadie le dio importancia. Uno de mis hermanos, algo bromista, me dijo que la tierra estaba mostrando su contento por mi regreso a Nicaragua. En mi casa todos hablamos bastante, así que la noche avanzaba sin que nos diéramos cuenta. A las doce y treinta y dos minutos de la noche –en las primeras horas de 23 de diciembre, víspera de Navidad-, cuando en ese momento estalló con violencia inaudita el terremoto que destruyó más de la mitad de la ciudad de Managua, la capital.

El choque fue brutal. Sólo oímos un ruido inmenso que venía de las profundidades de la tierra, y todo empezó a caer. La oscuridad se extendió como un manto en mi casa y en todas partes. El suelo se levantó, y todos caímos más o menos. En un instante se hicieron añicos las vidrieras de dos ventanas, entre ladrillos, libros y muebles que se nos venían encima.

El terremoto fue corto de duración, unos diecisiete segundos, pero la fuerza fue tremenda: 7,2 en la escala de Richter. Hubo 10.000 muertos y 56.000 heridos, si no recuerdo mal.

Salimos como pudimos en la oscuridad de la noche. A mi madre la tuvimos que ayudar, porque había recibido el impacto de un ladrillo en el pecho y no lograba sostenerse en pie. Vimos muchos vecinos saliendo a la calle, unos golpeados, y algunos heridos. Se veía mucha gente correr, intentando sacar a personas atrapadas bajo una pared, unos ladrillos o unos muebles, y se oían sirenas de ambulancias y coches que avanzaban despavoridos. Uno de mis hermanos comenzó a temblar con todo el cuerpo. Lo abracé y poco a poco se tranquilizó. Mi madre sugirió que rezáramos el Rosario y nos pusimos a rezarlo.

No había pasado aún media hora, cuando oímos un enorme ruido: era la ola de vuelta del terremoto hacia su epicentro. Fue impresionante y nos causó un pánico tremendo porque que, a medida que avanzaba, se agrietaban las calles, y las casas que todavía estaban en pie empezaron a caer. Ví a lo lejos el banco de sangre que cambió prácticamente de acera, ratatinándose. El Hotel Raiser, que tenía catorce pisos, fue reducido a dos. Mucha gente que estaba ayudando a otros en esos momentos quedó atrapada, y encontraron la muerte. Fue una noche de angustia, pero la verdad es que, ayudados y reconfortados por la fe en Dios y la oración, las horas pasaron rápido. Dimos gracias al Señor de habernos sacado con vida de ese trance.

Al día siguiente pasaron camiones distribuyendo botellas de leche para la población. Bebimos algo, aunque no teníamos apetito alguno, y nos costaba asimilar la catástrofe.Estábamos en la duda de lo que se podía o debía hacer. Viendo que mi madre no podía moverse, me decidí a llevarla al Hospital Militar, que estaba a un kilómetro. Tomé el coche y la llevé. Uno de mis tíos era el director de ese hospital.

Cuando llegamos el espectáculo era dantesco. El hospital estaba medio destruido. Los enfermos estaban tendidos afuera, en la hierba, en el suelo… Muchos heridos que habían llegado toda la noche estaban allí, esperando su turno. Otros llegaban entonces… Los médicos, las enfermeras, muchos voluntarios, actuaban con una serenidad imponente. En otros hospitales pasó lo mismo o peor. Los médicos operaron toda la noche a la luz de los focos de coches; a veces con agua, con poca agua, a veces sin agua, y muchas veces sin anestesia. Fue bastante atroz para algunos familiares que llevaron a padres, madres, hijos, muy golpeados o gravemente heridos.

Este dolor tremendo fue paliado gracias a dos cosas estupendas. La primera, la fe cristiana de los nicaragüenses. Todos sufrían, lloraban, pero aceptaban la prueba, y la mayor parte rezaba mucho. Fue una lección de fortaleza cristiana que me conmovió mucho. Un hermano mío me decía: “¡Qué suerte que este pueblo sea cristiano!”.

La segunda fue es gesto de la solidaridad casi mundial, para ayudar a los nicaragüenses en este trance amargo. Tal vez el hecho de que fuera víspera de Navidad hizo que todos tuvieran el corazón en la mano. España fue el país que con más generosidad y tenacidad nos ayudó, aparte de los países latinoamericanos.

La noche misma llegaban de España y de otros países aviones con hospitales de campaña y sobre todo, lo más urgente, mucha sangre para las operaciones de transfusión. Todos los países ayudaron. Desde Costa Rica, Honduras, Salvador, Guatemala,… Muchos médicos o voluntarios; en coches, en ambulancias. Viajaron toda la noche, y luego se trasladaron a las zonas más afectadas del terremoto para dar una mano, para ayudar.

Hubo barrios donde la construcción era débil y la mortalidad fue grande. En otros barrios, como el nuestro, con casas más nuevas y más sólidas, sólo hubo heridos o, tal vez, algún muerto, pero yo no lo supe.

Llegó ayuda de América latina, de los Estados Unidos, de Francia, de Alemania, de Italia, de Cuba… Hasta de China vino un barco lleno de arroz.

Volviendo al hospital, le pusieron un vendaje a mi madre y nos dijeron de hacer más tarde una radiografía. Al volver a casa con mi madre, vimos a miles de personas por las calles. Era una marea humana, donde la tristeza y el dolor se pintaba en los rostros.

Después del terremoto, mi familia pudo trasladarse a la finca de unos amigos en una ciudad que se encuentra a 150 kilómetros de Managua, que se llama Chinandega, y yo fui llamado, en tanto que oficial del Ejército, a trabajar inmediatamente en la distribución de comida en los diferentes barrios de la capital.

Fue por la noche -una de esas noches de los primeros días- que recibí una llamada por radio de parte de Pepe, una persona del Opus Dei, que me dijo que, desde que supieron que estaba allí, todos los del Opus Dei rezaban por mí y mi familia, y que al día siguiente del terremoto había venido en moto, preocupado por mí –no había forma de comunicarse con el exterior- y que había recorrido toda la capital con esa moto preguntando por mi dirección.

Finalmente había encontrado mi casa; pero nosotros ya nos habíamos ido a Chinandela; y después de muchas pesquisas, había logrado localizarme. Llegó al campamento Gonzalo Asturias, donde nos dimos un abrazo y me dio una maleta con alimentos y algunos libros.

Así quedó el centro de Managua

Durante los seis meses siguientes, en los que estuve trabajando en la reconstrucción de la capital, varias personas del Opus Dei hicieron viajes periódicos para verme, más o menos, cada los quince días. Vino don Antonio Rodríguez Pedrezuela, que era el Consiliario de América Central; un sacerdote de Costa Rica; un ingeniero también del Salvador… Fue una ayuda estupenda para mí esos meses en que me encontraba aislado en Managua.

En esos días escribí una carta a san Josemaría para contarle algo del terremoto, de mi familia y de mi apostolado con las personas que me rodeaban. Me contestó inmediatamente, y me animó a hacer mucho apostolado. Sabiendo que iba a estar en mi tierra algunos meses, ya que el Ejército me pedía quedarme allí para ayudar en la reconstrucción de la ciudad, me propuse empezar el trabajo apostólico del Opus Dei en Nicaragua.

Me puse en contacto con antiguos amigos y con gente de mi familia, y poco a poco iba hablando de Dios con cada uno. Les gustó mucho. Bastantes jóvenes se interesaron. Una de mis tías, que llevaba paralizada por una poliomielitis desde hacía 38 años, en una cama y en una silla de ruedas, y era una mujer muy santa, entendió con una intuición sobrenatural la importancia del espíritu del Opus Dei y del hecho de que pudiera comenzar pronto en Nicaragua.

Fue ella la que me propuso hacer un pacto. Cuando se lo conté a san Josemaría algunos años más tarde, me decía: “Dilea tu tía que la quiero mucho. Ese pacto tiene sabor de primitiva cristiandad”. El pacto consistía en losiguiente:

-Tú reza para que yo dé al Señor toda la gloria que le tengo que dar, y yo ofreceré toda mi enfermedad, con sus molestias para que la Obra venga definitivamente a Nicaragua”.

Acepté con el corazón lleno de emoción y de agradecimiento.

También aproveché para hablar a fondo con uno de mis primos que vivía allí en esa casa, Hecberto, que estudiaba en Estados Unidos, y se entusiasmó con el panorama abierto por la Obra. Luego ese primo vino a Europa y fue cooperador del Opus Dei. Actualmente vive en Estados Unidos.

También comencé a tener contacto con varios jóvenes, estudiantes de Bachillerato, con los que me reunía una vez a la semana y les daba un curso de doctrina cristiana.

Fue así como surgió la idea de formar un club juvenil, que denominamos “el club de los tigres”. Nos reuníamos una vez a la semana o dos; teníamos un curso de doctrina, y organizábamos excursiones al mar, a los lagos… y aprovechábamos para charlar de vida cristiana. Yo procuraba darles toda la formación posible, y oración con ellos.

También procuraba acercar a Dios, como me alentaba san Josemaría, a varios hermanos míos, a sus amigos, a mis colegas militares, a los capataces y trabajadores de los equipos de reconstrucción nacional en los que trabajaba como jefe.

Con ocasión de la fiesta de San José, el 19 de marzo de 1973, don Antonio Rodríguez Pedrazuela y otros dos del Opus Dei de Costa Rica vinieron a verme. Fuimos a comer juntos a un pequeño restaurante, y charlando, surgió la idea de organizar un Curso de Retiro para los jóvenes del Club y algunos amigos míos.

La idea me pareció genial, y rápidamente me puse a organizar el asunto. El sacerdote vendría en camioneta con un altar portátil y los libros, y yo me encargaba del resto. Invité a mucha gente y vinieron trece: capataces, estudiantes de bachillerato, universitarios, jóvenes profesionales,… En fin, una representación variada de la juventud nicaragüense.

Uno de mis amigos, que se llama Orlando, ofreció la finca de sus padres. El curso de retiro duró un weekend entero. Don Antonio pudo hablar con todos. Habló con mucha fe y todos quedaron muy contentos y tomaron buenas resoluciones personales de vida cristiana.

Los meses fueron pasando y llegué a la conclusión de que llevaba cinco meses trabajando en la reconstrucción, y había llegado el momento de volver a España para terminar mis estudios de Ciencias Políticas. Hice los trámites respectivos y en junio de 1973 pude tomar el avión de vuelta para Madrid.

Me fui contento, porque mi madre conocía muy bien el Opus Dei a través de los escritos de san Josemaría, los mismo que varios amigos míos, varios de mis hermanos y algunos tíos y tías, primos y primas… y en especial esta tía mía de la que he hablado que seguía rezando para que el Opus Dei llegara a Nicaragua -ese era el pacto- y yo seguía rezando por ella para que ella diera gloria a Dios.

De esta manera, tan sorprendente, tan de Dios, comenzó el Opus Dei, la Obra de Dios, en Nicaragua.

Roger Pallais, sacerdote


Roger Pallais es sacerdote en la actualidad. En el centro de la fotografía, con otros sacerdotes.