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Cristo en la vida cotidiana

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La vida oculta de Cristo en Nazaret: “los años de sombra”


Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino.

Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres.

Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius (Mt XIII, 55), el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres.

La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariae (Mc VI, 3), el carpintero, hijo de María.

Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas (Ioh XII, 32).

San Josemaría, El triunfo de Cristo en la humildad

Primeros cristianos, trabajadores corrientes

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  • Algunos de los primeros cristanos sufrieron el martirio, pero la mayoría fueron trabajadores normales, como tantos otros, que pasaron su vida trabajando y se enfrentaron con el mismo reto que nosotros: el reto apasionante de construir una nueva civilización enraizada en Cristo.

  • Esos primeros cristianos tenían muy presente el ejemplo de Cristo, que trabajó durante gran parte de su vida con normalidad. Dice san Justino en su Diálogo con Trifón, 88,8 que Cristo “fue considerado Él mismo como carpintero y fábricó arados y yugos mientras estaba entre los hombres, enseñando… lo que es una vida de trabajo”.

Los primeros cristianos se opusieron sin complejos los modelos de vida paganos.

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Clemente de Alejandría mostraba en su Pedagogo las paradojas crueles del mundo pagano que mostraba los signos de la cultura de la muerte actual (aborto, abandono, etc.):

“[los paganos] abandonan en la calle a los niños concebidos en casa, mientras recogen pajaritos (…). No acogen a los huérfanos, pero crian papagayos (…). Hacen ostentación de su riqueza, diciendo que su caballo, su finca, su siervo, su oro, valen quince talentos. Pero ellos valen tres céntimos”.

“Para ocultar la fornicación, usan medicinas mortales que acarrean la destrucción total, tanto del feto como del amor”.