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Consideración inicial


  • Esta clase aborda muchas más cuestiones que el resto de las clases. Por esa razón, el esquema se limita a indicar unos textos de referencia.
    • Se sugiere como lecturas previas para preparar esta clase:

      José Antonio López Ortega, Educación de la Sexualidad, 1994.

      Juan Ramón García-Morato, Creados por amor, elegidos para amar, 2005

En esas páginas encontrará el padre de familia y el educador la mayoría de las cuestiones que se tratan en esta clase, expuestas con rigor, claridad y sencillez.

  • Lógicamente, habrá que adaptar el contenido de esta clase al joven que la reciba, tras valorar prudentemente:

—su madurez humana y afectiva real, independientemente de su edad.

—su conocimiento objetivo de la fe cristiana, sin generalizaciones.

—su comprensión efectiva de lo que se le desea transmitir.

—su comprensión del significado de los términos: es posible que su comprensión sea confusa porque atribuye a un determinado término unas connotaciones que pertenecen a otro.

—su vivencia personal de la fe cristiana. Su corta biografía dará las pautas para insistir en determinados aspectos de esta virtud.

—el ambiente en que se mueve, adelantándose a futuras dificultades

Puede suceder que, por haber nacido en un hogar cristiano o estudiar en un colegio de inspiración católica, un joven no haya necesitado, hasta ahora, pensar, explicar y defender su fe. Pero es previsible que dentro de muy pocos años, en el ámbito universitario, se vea urgido a dar razón de su fe y de su vida.

  • Para dar por primera vez esta clase se necesitarán bastantes horas de preparación.
  • Se ofrecen textos que reponden a una amplia gama de cuestiones, en las que se incluye el celibato, el noviazgo, etc. Corresponde a la persona que vaya a dar esta clase, seleccionar las cuestiones que interesen más a la persona que vaya a recibir este curso.

Pureza, humildad, sinceridad

  • Durante siglos la Iglesia Católica ha enseñado a generaciones de cristianos a vivir esta virtud de la Pureza con coherencia (con heroísmo si es preciso) en ambientes sociales muy adversos: desde el paganismo del imperio romano al paganismo de nuestros dias.
  • La Iglesia ha canonizado a muchos jóvenes que han muerto por defender y vivir esta virtud.
  • Conviene resaltar estas ideas previas:
    La Santa Pureza es un don, una gracia, que Dios concede a los que se la piden con humildad.

    El joven cristiano que desee vivir esta virtud debe luchar por ser humilde: Dios concede el don de la Santa Pureza a los jóvenes que lo piden con humildad.

    Y ha de luchar por ser sincero: con Dios (reconociendo el pecado); consigo mismo (reconociéndose pecadore); y con los demás (pidiendo ayuda, consejo y estímulo para alcanzar esta virtud).

    En estos momentos —aunque parezca paradójico en una sociedad que ha perdido el sentido del pudor— a la gran mayoría de los jóvenes cristianos sigue costándoles, como ha sucedido a lo largo de los siglos,, la virtud de la sinceridad, virtud-llave para vivir la castidad.

  • Una tarea evangelizadora urgente consiste en ayudar a vivir la virtud de la sinceridad en todo lo relativo a esta virtud.

Sugerencias para ayudar a vivir la virtud de la sinceridad

Acudir a los Ángeles

  • Recomendar una antigua tradición de la Iglesia: pedir ayuda a los Ángeles Custodios, para que colaboren en la purificación de la conciencia y en el esfuerzo para ser sinceros con Dios y con los demás.

No confundir sinceridad con espontaneidad

  • No hay que confundir la sinceridad – virtud que lleva a ser plenamente sincero con Dios, consigo mismo y con los demás- con la simple espontaneidad, que lleva a manifestar lo “que se me ocurre en este momento”. Una persona puede ser muy espontánea, pero poco sincera, porque se engañe a si misma o a los demás.
  • La sinceridad lleva a decir toda la verdad, no sólo una parte.
  • Para educar a los hijos, por ejemplo, en esta virtud, se requiere tiempo y paciencia. La sinceridad, en este sentido es “algo de dos personas”. Es difícil ser sincero con una persona que no facilita la sinceridad. Se requiere confianza por parte del que vive la virtud —que va dejando que la luz del Espíritu Santo ilumine su conciencia— con la persona que le acompaña espiritualmente y le ayuda a vivir la vida cristiana.

Explicar qué es el pecado; qué acciones son pecaminosas y en qué consiste estar en gracia de Dios

  • Para eso se necesita emplear una terminología adecuada y común: las dos personas (padre-hijo) deben hablar con unos términos de significado preciso, con la confianza de que están hablando realmente de lo mismo. Para algunas personas sin formación cristiana las ofensas graves a Dios, los pecados, no son más que simples faltas.
  • Conviene saber si la joven o el joven conoce las disposiciones que enseña la Iglesia para recibir los Sacramentos y su verdadero sentido.
  • Hay algunos jóvenes cristianos que se instalan en un cómodo estado de duda: no quieren formarse la conciencia, ni ahondar en su conocimiento de la fe por miedo a descubrir que deben cambiar de conducta, ya que intuyen o saben que no están obrando rectamente. La sinceridad consigo mismos y con los demás les ayudará a salir de ese estado y a conocer la Verdad de Cristo.
  • Esa sinceridad lleva –en todas las virtudes, pero de modo singular en ésta- a llamar a las cosas por su nombre.

  • Es conveniente que los jóvenes sepan que cuando falta la alegría cristiana –compatible con el cansancio, la contrariedad y el dolor- conviene sincerarse con el confesor, el padre, la madre o la persona que le acompaña espiritualmente, ya que todo efecto tiene su causa, aunque ésta se desconozca en ocasiones.
  • Hay inquietudes y oscuridades interiores que pueden proceder muchas veces de una conciencia cristiana mal formada (por desconocimiento, soberbia, complicación interior, etc.)
  • En una sociedad como la actual, con un enorme déficit de catequesis cristiana, es conveniente que los padres (y luego los sacerdotes, catequistas, etc.) no den nada por supuesto.
  • No es conveniente dar la falsa impresión de que se castiga la sinceridad. Conviene recordar siempre la misericordia de Dios; que todos somos pecadores; y que los sacerdotes no tienen inconveniente en perdonar una y otra vez de los mismos pecados a una misma persona. El médico es para los enfermos: y la gracia de Dios es la mejor medicina para el alma.

Juan Pablo II:

“Abrid vuestros corazones y vuestras conciencias ante Aquél que os conoce mejor que vosotros mismos… Dios responde también con la más gratuita entrega de sí mismo, don que en el lenguaje bíblico se llama gracia. – Tratad de vivir en gracia de Dios!” (Carta a los jóvenes, 1985, 14).