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Santo Tomás Moro: ¿Cómo es nuestra oración?

tomasmoro_clip_image001Del libro La agonía de Cristo, escrita por el Canciller de Inglaterra mientras estaba prisionero en la Torre de Londres, cuando esperaba a ser decapitado por orden del Rey Enrique VIII, por negarse a aprobar su divorcio y su casamiento con Ana Bolena.

Se han puesto algunos epígrafes para facilitar la lectura del texto de Moro, escrito originalmente en latín.

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La humildad de Cristo

Para enseñar que en el peligro o en una dificultad que acecha hemos de pedir a otros que vigilen y recen, poniendo al mismo tiempo nuestra confianza en sólo Dios; y también con la intención de mostrar que tomaría el cáliz amargo de la cruz, Él solo, en soledad y sin otra companía, mandó a aquellos tres Apóstoles que Él había entresacado de los once y llevado al pie de la montaña, que se quedaran allí, firmes y vigilando con Él.

Después se retiró como un tiro de piedra. “Alejándose un poco adelante, se postró en tierra, caído sobre su rostro, y suplicaba que, si ser pudiese, se alejara de Él aquella hora: !Padre, Padre mío! decía, todas las cosas te son posibles. Apare Mí este cáliz, más no sea lo que yo quiero, sino lo que Tú.

Lo primero que enseña Cristo Rey, y con su propio ejemplo, a quien quiera luchar por Él es la virtud de la humildad, fundamento de las demás virtudes y que permite a uno remontarse hasta las más altas metas con paso seguro . Siendo Cristo, en cuanto Dios, igual al Padre , se presenta ante Dios Padre humildemente por ser también hombre, y se postra así en el suelo.

Paremos, lector, brevemente en este lugar para contemplar con devoción a nuestro rey, postrado en tierra en esa actitud de súplica. Si hacemos esto con verdadera atención, un rayo de aquel luz que ilumina todo hombre que viene a este mundo iluminará nuestras inteligencias y veremos, reconoceremos, nos doleremos, y en algún momento llegaremos a corregir, no diré ya la negligencia, lareza o la apatía de nuestra vida, sino la falta de sentido común, la colmada estupidez, la idiotez o insensatez con la que nos dirigimos a Dios todopoderoso.

¿Qué veríamos?

En lugar de rezar con reverencia nos acercamos a Él de mala gana, perezosamente y medio dormidos; mucho me temo que así no sólo no le complacemos y ganamos su favor, sino que le irritamos y hasta provocamos seriamente su ira.

Sería muy de desear que, alguna vez, hiciéramos un esfuerzo especial , inmediatamente después de acabar un rato de oración, para traer de nuevo a la memoria todo lo que pensamos durante el tiempo que hemos estado rezando. ¿Qué locuras y necedades veríamos allí?

¿Cuánta vana distracción- y, algunas veces, hasta asquerosidades- podríamos captar? Nos quedaríamos de verdad asombrados de que todo esto fuera posible ; de que, en tan corto espacio de tiempo, pudiera la imaginación disiparse por tantos lugares, tan dispares y lejanos entre sí; o entre tantos asuntos y cosas tan variopintos como carentes de importancia.

Si alguien (como quien hace un experimento) se propusiera esforzar su mente para distraerse en el mayor grado posible y de la manera más desordenada, estoy seguro que no lograría tan bien como de hecho lo hace nuestra imaginación cuando, medio abandonada, desvaría por todas partes mientras la boca masculla las horas del oficio y otras oraciones vocales muy usadas.

Así, si uno se pregunta o tiene alguna duda sobre la actividad de su mente mientras los sueños conquistan la consciencia al dormir, no encuentro mejor comparación que ésta: su mente se ocupa de la misma manera que se ocupan las mentes de aquellos que están despiertos ( si se puede decir que están “despiertos” los que de esta guisa rezan), pero cuyos pensamientos vagan descabelladamente durante la oración revoloteando con frenesí en un tropel de absurdas fantasías.

Mas hay una diferencia con el que sueña dormido; porque algunas de las extrañas visiones del que sueña despierto, y que su imaginación abraza en sus viajes mientras la lengua corre por las oraciones como si fueran sonidos sin sentido, son monstruosidades tan sucias y abominables que, de haber sido vistas estando dormido, ciertamente nadie, por muy desvergonzado, se atrevería a contarlas al despertar; ni siquiera entre un grupo de golfos.

Y el viejo proverbio es verdadero: ” que el rostro es el espejo del alma. En efecto, este estado de desorden e insensatez de la mente se refleja con nitidez en los ojos, en las mejillas, en los párpados y en las cejas, en las manos y en los pies, en suma, en el porte del cuerpo entero.

Cuando nuestra cabeza deja de prestar atención, ocurre un fenómeno parecido con el cuerpo. Pretendemos, por ejemplo, que la razón para llevar vestidos más ricos que los corrientes en los días de fiesta es el culto a Dios, pero la negligencia con que luego rezamos muestra claramente nuestro fracaso en el intento de encubrir el motivo verdadero, a saber, un altivo y vanidoso deseo de lucirnos delante de los demás.

En nuestra dejadez y descuido tan pronto paseamos como nos sentamos en un banco; pero, incluso si rezamos de rodillas, procuramos apoyarnos sobre una sola rodilla, levantando la otra y descansando así sobre el pie; o hacemos colocar un buen almohadón bajo las rodillas, y algunas veces (depende de cuán flojos y consentidos seamos) incluso buscamos apoyar los codos sobre un almohadón confortable. Con toda esta precaución parecemos una casa ruinosa que amenaza derrumbarse de un momento a otro.

Por lo que se refiere a nuestra conducta, las mismas cosas que hacemos nos traicionan de mil maneras mostrando que la cabeza está ocupada en algo muy ajeno a la oración. Porque nos rascamos la cabeza con un cortauñas, y con los dedos nos hurgamos las narices; ymientras tanto nos equivocamos en lo que hemos de responder . Al olvidar lo que hemos dicho y lo que todavía no hemos dicho, nos limitamos a adivinar a la buena ventura lo que queda por decir.

¿Acaso no nos da vergüenza rezar en estado mental y corporal tan falto de sentido común? ¿Cómo es posible que nos comportemos así en algo tan importante para nosotros como la oración? ¿De esa manera pedimos perdón por nuestras faltas suplicándole que nos libre del castigo eterno? . Porque de tal modo rezamos que, incluso si no hubiéramos pecado antes, nos hacemos merecedores de castigos diez veces mayores al acercarnos a la majestad soberana de Dios con tan poco aprecio.

Imaginad, queréis, que habéis cometido un crimen de alta traición contra un príncipe o contra alguien que tiene vuestra vida en sus manos ), pero tan misericordioso que está dispuesto a calmar su indignación si os ve arrepentidos y en actitud de humilde súplica.

Imaginad…

Imaginad que está decidido a conmutar la sentencia de muerte por una multa, o incluso, a perdonar del todo la ofensa con la sola condición de que mostréis indicios convincentes de vergüenza y dolor. Suponed ahora que, llevados ante la presencia del príncipe, os adelantáis y empezáis a hablar descuidadamente, sin interés alguno, como a quien no le importa nada de lo que pasa; mientras él está quieto en su sitio y escucha con atención, vosotros os movéis paseando de aquí para allá mientras exponéis vuestra situación.

Cansados de deambular os sentáis en una silla, o si la cortesía y educación exige que os rebajéis y arrodilléis en el suelo, mandáis primero que alguien venga y coloque un buen almohadón bajo las rodillas; o mejor todavía, le pedís que traiga un reclinatorio con más almohadillas para que apoyéis los codos.

Luego, empezáis a bostezar, a desperezaros , a estornudar, y a escupir y eructar , sin más cuidado, los vapores de la glotonería. En fin, comportaros de tal modo que pueda el príncipe ver con claridad en vuestro rostro, en vuestra voz, en vuestros gestos y en todo vuestro porte corporal que mientras a él os dirigís estáis con la cabeza en cosa y asunto muy distinto. Decidme: ¿qué de bueno podéis esperar de tal modo de rogar?

Consideraríamos, sin duda alguna, absurdo e insensato defendernos así ante un príncipe de la tierra por un delito que pide la pena capital. Y un tal poderoso, una vez destruido nuestro cuerpo, nada más puede hacer. ¿Podremos acaso pensar que estamos en nuestro sano juicio, si habiendo sido sorprendidos en toda una reata de crímenes y pecados, pedimos perdón tan altiva y desdeñosamente al rey de reyes, a Dios mismo que tiene poder, una vez destruido el cuerpo, para mandar cuerpo y alma juntos al infierno?

No deseo que nadie interprete lo que digo pensando que prohibo rezar paseando o estando sentado o incluso cómodamente echado. No, y de hecho, cuánto me gustaría que cualquier cosa que hiciéramos y en cualquier postura del cuerpo, estuviéramos, al mismo tiempo, elevando constantemente nuestras mentes a Dios , que esta suerte de oración es la que más le agrada.

Poco importan a dónde se dirijan nuestros pasos si nuestras cabezas están puestas en el Señor. Ni importa lo mucho que andemos porque nunca nos alejaremos bastante de Aquel que en todas partes está presente. Mas, de la misma manera que aquel profeta dice a Dios: “Te tenía presente mientras yacía en mi lecho” , y no se quedó contento con esto, sino que se levantó “en mitad de la noche para rendir homenaje al Señor”, así sugeriría yo aquí que, además de lo que rezamos al andar, hagamos también aquella oración para la que hemos preparado nuestras mentes con más reflexión, y para la que disponemos nuestro cuerpo con más respeto y reverencia que si hubiéramos de presentarnos ante todos los reyes de la tierra reunidos en un mismo lugar.

Con toda verdad he de afirmar que cuando pienso en nuestra disipación mental durante la oración, mi alma se duele y apesadumbra .De todas maneras, no hay que olvidar que algunas ideas que vienen mientras rezamos han podido ser sugeridas por un espíritu del mal, o bien se han deslizado en la imaginación por el natural funcionamiento de los sentidos. Ninguna de estas distracciones, por vil y horrible que sea, es falta grave si la resistimos y rechazamos. Pero, de lo contrario, si la aceptamos con gusto o por falta de cuidado permitimos que crezca en intensidad durante un rato , no tengo la más mínima duda de que su fuerza puede llegar a aumentar de tal manera que sea fatalmente perjudicial para el alma.

Al considerar la gloria sin medida de la majestad de Dios, me veo obligado a pensar que si estas distracciones de la mente no son delitos punibles con la muerte, se debe sólo a que Dios, en su misericordia y bondad, no quiere exigir por ellas la muerte. Porque la malicia inherente a ellas las hace merecedoras de tal castigo , y ésta es la razón: no consigo imaginar cómo tales pensamientos aparecen en la mente de los hombres mientras rezan (es decir, cuando hablan con Dios) (si no es por falta de fe o porque la fe es muy débil.

Si procuramos no estar en Babia al dirigirnos a un príncipe sobre algún asunto importante (o con alguno de sus ministros en posición de cierta influencia) , jamás debería entonces ocurrir que la cabeza se distrajera lo más mínimo mientras hablamos con Dios. No ocurriría esto en absoluto si creyéramos con una fe viva y fuerte que estamos en presencia de Dios .

Y Dios no sólo escucha nuestras palabras y mira nuestro rostro y porte externo como lugares de donde puede colegir nuestro estado interior, sino que penetra en los rincones más secretos y recónditos del corazón, con una visión más aguda que los ojos del Linceo y que ilumina todo con el resplandor brillantísimo de su majestad . No ocurriría, repito, si creyéramos que Dios está presente. Aquel Dios en cuya gloriosa presencia todos los poderosos del mundo, en toda su gloria , deben confesar ( a no ser que estén locos) no ser más que despreciables gusanos. La oración de Cristo.

Por consiguiente, ya que Cristo Salvador nuestro vio que nada hay más provechoso que la oración, y también que este medio de salvación sería a menudo infructuoso por la negligencia e insensatez de los hombres y la malicia de los demonios (de tal manera que, a veces, sería pervertido en instrumento de destrucción), decidió Él mismo aprovechar esta oportunidad, en su camino hacia la muerte, para reforzar su enseñanza con la palabra y con su propio ejemplo. Daba así los últimos toques a tema tan necesario (como hizo con otros temas de su catequesis).

Deseaba que supiéramos bien que hemos de servir a Dios no sólo con el alma, sino también con el cuerpo pues ambos fueron por él creados.Quiso igualmente enseñarnos que una actitud respetuosa y reverente del cuerpo, aunque tiene su origen y toma su forma del alma, aumenta al mismo tiempo la propia reverencia de ésta y la devoción del hombre a Dios.

Quiso así mostrar Él la más humilde forma de sujeción, y veneró a su Padre del cielo en una postura corporal que ningún poderoso de la tierra se ha atrevido a reclamar , ni ha aceptado para sí cuando se la han ofrecido voluntariamente (con la excepción de aquel macedonio, ebrio por el vino y la crápula, y algunos otros bárbaros que, ensorberbecidos por los triunfos, pensaron deberían ser venerados como dioses) .Cuando Cristo rezaba no se sentó ni se puso de pie, y ni siquiera de rodillas: se arrojó cuan largo era, con el rostro postrado en tierra . Después, continuando en postura que inspira tanta compasión, imploró la misericordia de su Padre , y le llamaba una y otra vez con su nombre, rogándole que, ya que todo le era posible y movido ante su oración, apartara de Él aquel cáliz de su pasión caso de que no se hubiera decretado de modo inmutable.

La voluntad del Padre

Y pedía también que su voluntad, tal como se expresa en esa oración, no fuera complacida si algo mejor parecía a la voluntad del Padre. No se ha de deducir de este pasaje que el Hijo ignorara la voluntad del Padre,  sino que, deseando instruir a los hombres, quiso expresar también sentimientos muy humanos. Al decir dos veces el nombre de Padre quería recordarnos que toda la paternidad procede de Él, tanto en el cielo como en la tierra ; y que Dios Padre es su Padre doblemente. Por creación, que es una cierta paternidad pues venimos de Dios, que nos creó de la nada, de modo más verdadero que descendemos del padre humano que nos produjo; porque, de hecho, él fue creado a su vez por Dios, y Dios proveyó la materia de que fuimos engendrados. Cuando Cristo reconoció a Dios como Padre en este sentido, lo hacía en cuanto hombre.

Por otra parte, en cuanto es Dios , lo reconoce como Padre natural y coeterno. Otra razón para llamarle Padre dos veces puede ser ésta ( y tal vez no esté lejos de ser cierta) : no sólo quería reconocer que Dios Padre es su Padre natural en el cielo, sino también que no tiene otro Padre sobre la tierra, ya que fue concebido según la carne por una Virgen y Madre, sin intervención de varón , cuando el Espíritu Santo descendió sobre ella.

El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, cuyas obras coexisten en identidad y no pueden ser radicalmente distinguidas. La repetición del nombre de Padre puede también enseñarnos una importante lección: cuando rezamos por algo y no lo recibimos no hemos de abandonar la oración, como hizo el rey Saúl , que, al no conseguir de inmediato un oráculo profético de Dios, recurrió a una pitonisa, mezclándose así en las prácticas y brujerías prohibidas por la ley que él mismo había promulgado.

Cristo enseña a perseverar en la petición sin murmurar, caso de que no obtengamos lo que buscábamos. Y enseña esto con razón, porque Él no obtuvo el indulto de muerte que buscaba del Padre con tanta urgencia, pero, a la vez, siempre con la condición de que su voluntad estuviera en todo sujeta a la del Padre. En esto último hemos de imitarle de modo muy particular.

Simón, ¿duermes?

Volvió después a sus discípulos y los encontró dormidos” . En amor amori quid prestat, cuánto sobresale y destaca un amor sobre el otro. El amor de Cristo por los suyos era mucho más grande que el amor con que ellos correspondían, incluso el de quienes más le amaban. Ni la tristeza, miedo, pavor o cansancio, que angustiosamente le afligían cuanto más cercano estaba su cruel suplicio , le excusaron de ir a ver a sus amigos.

Estos, aunque mucho le amaban (y sin dudad le querían con locura), se durmieron con toda tranquilidad, y, precisamente, cuando un peligro tan grave se cernía sobre su Maestro.” Y dijo a Pedro: ¿Simón, duermes? ¿No has podido vigilar conmigo una hora? Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu, sí, está pronto, pero la carne es flaca” ! Qué fuerza tienen estas palabras tan breves de Cristo!

Suave es su sonido , mas penetran como el pinchazo de un aguijón. Al dirigirse a Pedro como Simón y reprocharle bajo ese nombre su somnolencia, quería Cristo decir que el nombre de Pedro, dado anteriormente en razón de su firmeza, no era muy apropiado ahora ante su debilidad y su sueño. No sólo interesa aquí notar la omisión del nombre de Pedro ( o mejor, Cefas), sino también el hecho de que el mismo nombre de Simón no dejara de llevar su aguijón.

Porque, en hebreo (lengua que hablaba Cristo) , Simón significa “el que escucha” y también “el que obedece”, y en esta ocasión, y contra el expreso deseo de Cristo, Pedro se había dormido: ni escuchaba ni obedecía. Estas palabras llenas de delicadeza que dirigió a Pedro llevaban otras implicaciones, y podrían haber sonado como a continuación escribo, caso de que hubiera hecho el reproche con tono más severo: “Simón , que ya no Cefas, ¿duermes?”

¿Cómo puedes merecer que te llame Cefas, es decir, ´roca´ , si muestra ahora tanta flaqueza que ni siquiera puedes aguantar una hora sin caer en los lazos del sueño ? Y por lo que se refiere a tu viejo nombre, el de Simón, ¿puedes ser llamado ´el que escucha´ cuando te encuentro así dormido?¿Puedes ser llamado ´obediente´ cuando, a pesar de que te mandé vigilar, apenas me voy, te echas, empiezas a cabecear y te caes dormido?

¿Y te duermes?

Hice Yo tanto por ti, ¿ y te duermes? Yo te hice sujeto de honores, ¿ y te duermes ? Hace poco te jactabas de que morirías conmigo, ¿ y ahora duermes? Soy arrastrado a la muerte por judíos y gentiles y por uno peor que cualquiera de ellos, Judas; y tú, Simón, ¿ te duermes? No hay duda de que Satanás está buscando trituraros como el trigo, ¿ y tú te duermes? ¿ Qué puedo esperar de otros si, en tan grave e inminente peligro, no sólo para mí, sino tamién para vosotros, incluso tú, Simón, te has dormido?”. Después, y para que nadie pensara que esto afectaba sólo a Pedro, se volvió y habló a los demás: ” Vigilad y orad, para que no caigáis en la tentación.

El espíritu está pronto, pero la carne es flaca”.Se nos manda aquí orar constantemente. No sólo se declara la utilidad de la oración, sino su inmensa necesidad. Sin ella, la debilidad de la carne nos echa para atrás como la rémora retarda el barco, hasta que nuestras cabezas ( sin que importe cuánto deseen hacer el bien) son precipitadas en el mar de la tentación . ¿Qué ánimo está más pronto que lo estaba el de Pero?

Esto enseña cuánta necesidad tenía de ayuda divina contra la debilidad de la carne . Cuando el sueño le impidió rezar y pedir ayuda a Dios abrió una rendija al demonio que, poco después, se serviría de su flaqueza para embotar los buenos deseos de su corazón y llevarlo hasta la negación de Cristo con perjurio.

Si esto ocurrió a los Apóstoles…

Si esto ocurrió a los Apóstoles, hombres que eran ramas verdes llenas de vida, que entraron en tentación por dejar que el sueño interrumpiera su oración, ¿ qué ocurriría con nosotros que, en comparación con ellos, somos ramas secas, al enfrentarnos casi de súbito con el peligro? Y me pregunto cuándo no estamos en peligro , porque nuestro enemigo el diablo anda como león rugiente buscando a quien cae por la debilidad de la carne para arrojarse sobre él y devorarlo ). En tan grave peligro, me pregunto qué será de nosotros si no seguimos el consejo de Cristo, perseverando en la vigilancia atenta y en la oración.Manda Cristo estar despiertos no para jugar a las cartas o a los dados, ni en las borracheras o festines y juergas , ni por el vino o las mujeres, sino para rezar.

Advierte que hemos de rezar , no de vez en cuando, sino siempre, sin cesar: Orate sine intermissione. No sólo durante el día ( pues no parece sea muy necesario mandar a alguien estar despierto de día) , sino que aconseja también dedicar a la oración un rato del tiempo que dedicamos generalmente a dormir. Deberíamos estar avergonzados y reconocer nuestra culpa porque apenas decimos una o dos breves oraciones, y además, medio dormidos y bostezando.

Enseña el Salvador que hemos de rezar no para vivir en la opulencia, ni en una rueda de placeres sin fin, ni para que algo horrible ocurra a nuestros enemigos, ni para que recibamos honores en este mundo, sino “para que no entremos en la tentación”. Desea , de hecho, darnos a entender que todos esos bienes terrenales, o bien pueden sernos a la larga perjudiciales, o de otro modo, son nada en comparación con el beneficio y fruto de la oración. Por eso, dispuso en su sabiduría esta petición al final de la oración que había previamente enseñado a sus discípulos, y que es como un resumen: ” y no nos dejes caer en la tentación , mas líbranos del mal”.

Por caminos de oración

Javier Echevarríaprelado


San Marcos, en su evangelio, relata un milagro sorprendente, que Cristo lleva a cabo en dos tiempos. Colocan ante el Señor a un ciego y le piden que lo cure. Jesús le toca los ojos con su saliva, le impone las manos y le pregunta qué divisa con su mirada.

El ciego responde: “Veo a los hombres como árboles que andan”. A continuación, Jesús le impone de nuevo las manos y aquel hombre recobra totalmente la vista.

De algún modo, nuestra situación se parece a la del ciego después de la primera intervención de Jesús: apreciamos confusamente sombras inciertas que se mueven ante nuestros ojos, a través de una niebla gris que nos envuelve y que difumina las figuras de los demás, el mundo que nos rodea, el mismo rostro de Dios. Tenemos una imagen desvaída de todo, y especialmente de Dios.

Sólo paulatinamente vamos aprendiendo a reconocer la presencia divina en los diversos sucesos, y, en consecuencia, a comprender mejor el mundo, a nosotros mismos y a los demás.

El prodigio acaecido en Betsaida -ahí tuvo lugar el milagro narrado por el evangelista- es como una parábola de nuestra propia vida. En nuestro itinerario como cristianos, nos hallamos como a mitad de camino: el milagro de la transformación en Cristo todavía no se ha acabado de cumplir.

Necesitamos que el Señor reitere su intervención sobre nosotros, para que así podamos conocerle mejor y entender bien el sentido de nuestra existencia. Lo necesitamos ahora, sea cual sea el estadio del caminar en que nos encontremos, y lo necesitaremos siempre. Porque el milagro se realiza paso a paso, en la oración, y se consumará sólo cuando contemplemos a Dios cara a cara en su gloria.

El porqué de la oración

Los sondeos de opinión, tan frecuentes en nuestros días, han difundido expresiones como “creyentes no practicantes”, “identificación parcial con la Iglesia” y otras similares.

Sin recurrir a un análisis sociológico de esa realidad y de sus posibles causas, en bastantes casos se percibe que quienes se expresan así habían recibido -o se han creado por su cuenta- una imagen deformada de Dios, de Jesucristo, del Evangelio.

Hablan, en efecto, como si el cristianismo consistiera en un conjunto de prácticas y de obligaciones; más aún, en una secuencia de renuncias. Y la conclusión se impone: o un abandono de la fe o, al menos, un alejamiento de la Iglesia, a la que se acusa de aferrarse obstinadamente a usos propios de épocas ya superadas, para construirse ellos un cristianismo a la medida.

Independientemente de los itinerarios seguidos hasta arribar a tal situación, lo cierto es que el cristianismo nada tiene que ver con la reducción a un conjunto de reglas de comportamiento. Los pastores que, después de escuchar el anuncio de los ángeles, se dirigieron a la gruta de Belén, no se pusieron en camino para recibir un código o un elenco de normas, sino para contemplar al Mesías.

Y, al llegar allí, se encontraron con un niño, el Hijo de Dios hecho hombre, en brazos de María y acompañado de José. Ahí se nos muestra la esencia del cristianismo: Dios humanado; Dios que toma nuestra naturaleza, para que los hombres no sólo le adoremos y le obedezcamos, sino para que le amemos y participemos de la misma vida de Dios, de modo incoado en este mundo y plenamente en el Cielo.

El cristianismo incluye, desde luego, normas y orientaciones para la acción. Jesús mismo señaló: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama”. Pero precisamente esa frase pone de manifiesto que el acento no recae en los mandatos, sino en el amor del que los mandamientos reciben su sentido.

El amor significa mucho más que un sentimiento capaz de provocar reacciones intensas, pero quizá epidérmicas y pasajeras. Se traduce en percibir a aquel a quien se ama como otro yo.

El amor implica querer el bien del otro, la disposición a colmar sus necesidades, a atender sus deseos; e incluso estar dispuesto a dar la vida, pues se le estima más que a uno mismo. No hay por eso contraposición entre amor y ley, entre amor y obediencia, si se parte del amor rectamente considerado, punto central desde el que lo demás se explica. “Ama y haz lo que quieras”, pudo escribir San Agustín; porque si amas de veras, querrás lo que te identifica con el amado.

Este proceso, que se cumple en todo amor auténtico, se realiza de modo particular en el cristianismo, porque brota del amor infinito y perfecto de Dios. Así lo testifica el Evangelio, que el apóstol Juan resume con estas palabras: “En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios: en que Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que recibiéramos por Él la vida.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados”. Ése y no otro constituye el nervio del cristianismo: el amor de Dios a los hombres; amor que estamos llamados a reconocer y por el que podemos y debemos dejarnos arrastrar.

De ahí la importancia de la oración, es decir, de emplear algunos momentos de la jornada a que las palabras del Evangelio, la vida entera de Cristo y antes, como preparación, la historia de Israel, se remansen en el alma, y el corazón aprenda a percibir -cada vez con más hondura- la magnitud del amor que Dios nos manifiesta, para actuar en consecuencia.

Si leemos el Evangelio, advertiremos que en los tres años que duró la vida pública del Señor le rodearon gentes variadísimas, que se comportaron de muy diversas formas. A veces, se habla de muchedumbres. En una ocasión se narra que, habiendo pasado el Maestro junto a pueblos y aldeas, le siguió una multitud de personas, capaces -con tal de escucharle- de abandonar su casa y su trabajo, durante varias jornadas, olvidándose de llevar alimentos con los que sostenerse.

No sabemos qué ocurrió al concluir la escena. Los hombres y mujeres allí reunidos volverían a su rutina habitual; conservarían, sin duda, el recuerdo de las palabras de Jesús, que guardarían impresas en su mente. Pero ¿por cuánto tiempo?

Tal vez algunos las olvidarían casi enseguida. Otros mantendrían más largamente esa memoria. Otros, en fin, pasarían a formar parte del grupo de los discípulos del Señor o, más adelante, después de Pentecostés, se incorporarían a la Iglesia naciente.

Sí sabemos, en cambio, lo que aconteció en el camino de Pedro, de Andrés, de Juan, de Santiago, de Mateo…, y de otros cuyos nombres no nos han sido trasmitidos, pero que nos consta que estuvieron junto a Jesús.

Hojeando las páginas de los Evangelios los vemos permanecer a su vera, escuchar sus palabras, compartir sus caminatas y sus ratos de descanso, tener confidencias íntimas y recibir con humildad sus reconvenciones, cuando la ocasión lo requiere. Lo que contemplan y escuchan no se queda en la superficie del alma, sino que penetra en los corazones.

A veces no lo entienden y acuden a Jesús, rogándole que se lo explique más detalladamente. En otros momentos, con especial luz divina, llegan hasta lo hondo de esas enseñanzas, y se asoman al misterio mismo de la vida y de la misión del Maestro, como ocurrió con Pedro y su confesión de fe en el camino de Cesárea de Filipo: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan -le dice Jesús-, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Ahí, en esas escenas, en ese convivir, en ese trato de los discípulos con Jesús, tenemos el ejemplo claro de qué es orar. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y por los siglos”, leemos en la carta a los Hebreos. Jesús, que venció a la muerte, vive.

Podemos tratarle, porque no sólo vive, sino que se acerca hasta hacerse el encontradizo con nosotros. En las páginas del Evangelio, en los Sagrarios de las iglesias, en cualquier momento y lugar, Jesús se pone a nuestro lado. Más aún, está en nuestro corazón, enviándonos, con el Padre, al Espíritu Santo, para fortalecer la fe, confirmar la esperanza y alimentar el amor.

El amor divino anula las distancias, abre cauce a la oración, al trato sencillo y continuado con el Señor. Podemos escuchar a Jesús, revivir su paso por la tierra, abrirle nuestro corazón, acercarnos a la intimidad con Él. En ese proceso, nuestra mirada se dirigirá a veces también a quienes le rodearon durante su peregrinar por Palestina, y ahora viven con Él en los Cielos -en especial, a María y a José-, y les rogaremos que nos enseñen a tratar a Cristo como ellos lo hicieron, a amarle como ellos le amaron. En otras ocasiones, partiendo de la condición humana de Jesús, de su vida, de su pasión, de su muerte y de su resurrección, nos adentraremos en su divinidad, y descubriremos al Padre y al Espíritu Santo.

Por ahí discurre el itinerario que todo cristiano está invitado a recorrer, empujado por la gracia, guiado por el Espíritu Santo. Repito: todo cristiano. Lo expresan las palabras densas y sentidas que escribió Juan Pablo II en la primera de sus encíclicas: “El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (…) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser (…).

Si se actúa en él este hondo proceso, entonces da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha «merecido tener tan gran Redentor», si «Dios ha dado a su Hijo», a fin de que él, el hombre, «no muera sino que tenga vida eterna»!”. “En realidad -concluye el Pontífice-, ese profundo estupor respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo”.

Si se recorre esa senda, cada instante u ocupación cobra sentido: la existencia de la persona, también con sus momentos duros, se presenta como ocasión digna de ser afrontada con alegría, con ganas de servir, con ilusión por trasmitir a los demás la propia fe, para que también ellos participen del gozo de saberse amados por Dios.

Si no se procede así, si no se entra por senderos de oración, la fe no crece e incluso se atrofia, y lo que debía recibirse como fuente de alegría, se presenta como carga pesada y fardo insoportable. “Si pierdes el sentido sobrenatural de tu vida -advierte el autor de Camino-, tu caridad será filantropía; tu pureza, decencia; tu mortificación, simpleza; tu disciplina, látigo, y todas tus obras, estériles”.

Los cristianos, pues, debemos decidirnos a tener vida de oración. En la zozobra y en la calma, cuando se presenta cualquier necesidad o cuando experimentamos un triunfo; cuando el rezar se vuelve fácil y cuando -en tiempos de aridez- puede reclamar un especial esfuerzo; en las más diversas circunstancias, debemos buscar la conversación confiada con nuestro Padre Dios, la intimidad con Cristo, el trato con el Espíritu. Además, para que nos ayuden en el camino hacia la Trinidad, contamos con nuestra Madre Santa María y con los Santos del cielo. Así, sólo así, con el esfuerzo vital de rezar con la boca y con el alma, experimentaremos lo que significa de verdad ser cristianos.

Las vías de la oración

Pero, si la oración es necesaria hasta ese extremo, ¿cómo alcanzarla?, ¿cómo empezar?, ¿cómo proseguir el camino iniciado? Para responder a esas preguntas, reflexionemos un poco más en lo que supone e implica orar.

“La oración -escribe San Gregorio de Nisa- es una conversación o coloquio con Dios”. Con su expresivo lenguaje, Santa Teresa de Jesús la define como “tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. Y el Beato Josemaría: “Me has escrito: «orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?» -¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias…, ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!»”.

Ese trato puede revestir diversas expresiones, de acuerdo con las circunstancias, disposiciones y características de cada situación y de cada momento. La liturgia, en la que se actualiza el misterio de nuestra Redención, nos une a la plegaria de la Iglesia, que alaba, agradece, pide perdón y ruega, consciente de la acción salvadora del Señor.

Las oraciones vocales, breves como el Padre nuestro, el Avemaría o el Acordaos, o más largas como el Santo Rosario o el Vía Crucis, prestan la ocasión de saborear pasajes centrales del Nuevo Testamento y nos invitan a asimilar -a hacer propios- textos en los que se ha condensado la tradición espiritual cristiana.

A veces, en mitad de la jornada, durante el trabajo, cuando nos trasladamos de un lugar a otro, mientras descansamos, el pensamiento se elevará hasta Dios sin palabras, o acompañado de jaculatorias, de frases muy breves. Procuraremos también encontrar tiempos específicos para dedicarlos a estar a solas en diálogo con el Señor, ayudándonos de la meditación de pasajes de la Escritura, de puntos o párrafos de algún libro espiritual, de notas o apuntes tomados en otros momentos o, sencillamente, hablando, desahogando ante Dios nuestro corazón o incluso permaneciendo en silencio -no nos brotan las palabras o no tenemos necesidad de usarlas- ante el Sagrario, ante un crucifijo o ante una imagen de Santa María.

La oración se nos revela como el reino de la verdadera libertad: de la libertad del Espíritu Santo, que sopla cuando quiere y como quiere; y de la nuestra, porque, sabiéndonos hijos de Dios Padre y hermanos de Cristo, nos sentimos en familia y nos expresamos con espontaneidad. De ahí la gran flexibilidad de la oración, que cuidamos en ratos fijos -conviene que no falten-, en los que canalizamos ese diálogo con el Señor a través de textos determinados, pero -como verdadero trato filial- sin encorsetamiento en esquemas rígidos.

Pensemos en la oración de Jesús. Acude al Templo de Jerusalén y a la Sinagoga y hace suyos los tiempos y los textos de la plegaria judía. Antes de designar a los Doce Apóstoles, pasa toda una noche en diálogo con el Padre. Procede del mismo modo, retirándose al Huerto de los Olivos, cuando se acerca la hora decisiva de la Pasión. Al disponerse a realizar milagros, invoca al Padre, acompañando la petición con el gesto de elevar los ojos al cielo, y después se dirige de nuevo a Él en acción de gracias. Cuando los Apóstoles le ruegan: “Señor, enséñanos a orar”, responde con la oración estupenda, sublime, sencilla y clara, del Padrenuestro.

Jesús hablaba a Dios como Padre, acudiendo al término familiar abba, que nos han conservado los escritos del Nuevo Testamento y que expresa cariño y ternura. Pues bien, Jesús ha querido que también nosotros, participando de su filiación, podamos expresarnos de esa misma manera. De Él parte la lección de que, a cualquier hora, la plegaria ha de alzarse sencilla, sincera y confiada, con la disposición propia de quien es, se sabe y se siente hijo de Dios.

Nada más lejos de la auténtica plegaria cristiana que una verborrea engolada. Quando rogas -es un consejo de San Agustín-, pietate opus est, non verbositate, “cuando reces, abre paso a la piedad, no a la palabrería”. La hondura y la grandeza del diálogo con el Señor no dependen de la hermosura de las palabras, sino de la piedad filial, de la sinceridad del corazón, de la sencillez con que nos dirigimos a nuestro Padre Dios manifestándole nuestro amor, nuestros afanes, deseos y necesidades.

“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y todo el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá”. Con la seguridad que deriva de esa promesa de Jesús, debemos abrir nuestra alma al orar, sin miedo, sin tapujos, sin cobardías, dándonos a conocer tal como somos y manifestando al Señor lo que nos parece que precisamos. A Dios no se le ocultan nuestras indigencias -las conoce antes de que se las confiemos-, pero quiere que se las expongamos para que el cumplimiento de sus designios pase a través de nuestra propia y personal cooperación.

Cristo nos ha enseñado que Dios es Padre, que ama a los hombres -a cada uno y a todos- y nos atiende con infinita condescendencia; que, cuando nos alejamos de Él, nos busca y nos espera -como el padre de la parábola- para acogernos con el beso del perdón y el abrazo de la alegría.

En ocasiones pone a prueba nuestra fidelidad -porque nos conviene, no porque Él se recree en “probarnos”-, pero al mismo tiempo nos concede la gracia suficiente para superar todas las dificultades. Quien reza no desespera, no olvida que Dios le conoce; y se mueve, por tanto, con la certeza de que Dios le otorgará -cuando convenga y como convenga- la ayuda precisa para llegar más allá de lo que el mismo interesado se consideraba capaz.

Sencillez, confianza, sinceridad, espontaneidad, perseverancia, son algunas de las propiedades de la oración. Quisiera mencionar otra: su carácter contemplativo. La oración cristiana conduce a contemplar. “La contemplación -afirma el Catecismo de la Iglesia Católica- es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia (…). Es comunión: en ella la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, a su semejanza”. Los contenidos de la oración admiten múltiples variaciones, como cambian las palabras y las circunstancias con las que se alza el alma al Cielo; pero existe un elemento esencial que nunca puede faltar: la fe honda, activa, en la presencia de Dios; el convencimiento de que el Señor nos oye; el esfuerzo de mirarle con amor y con intimidad, y el sabernos mirados.

Entremezclándose con la meditación o con la plegaria, con la petición o con la queja, con las palabras o con las miradas, en la oración -con la gracia divina- ha de estar siempre presente la actitud contemplativa, conciencia real de la cercanía de Dios.

Más aún: debe estar presente no sólo en los ratos especialmente dedicados a la oración -siempre indispensables-, sino durante todo el día, en el trabajo y demás ocupaciones, en los problemas y en las alegrías. Porque, si acogemos de veras el don de la fe y nos dejamos guiar por el Espíritu Santo, podremos realizar -también nosotros- el ideal que tan frecuentemente proclamó, con sus palabras y con su vida, el Beato Josemaría: ser “contemplativos en medio del mundo”, nel bel mezzo della strada, en mitad de la calle, como le gustaba decir acudiendo a una gráfica expresión italiana.

El panorama resulta amplio, grandioso, divino. La conciencia de nuestra pequeñez quizá nos empuje a conformarnos con nuestra indignidad ante tanta grandeza. La fe nos enseña, sin embargo, que Dios nos ama, no por nuestra valía o nuestros méritos, sino -como leemos en el Salmo- quoniam bonus, por su bondad y su eterna misericordia. Cuando nos acercamos al Señor, la luz de su santidad nos alumbra y percibimos más claramente nuestra poquedad, pero sin desánimos, porque advertimos a la vez que Él, que conoce hasta el último recoveco de nuestro corazón, nos ama con predilección y anhela atraernos hacia Sí mismo poco a poco, contando con nuestra libertad.

Por eso, la oración auténtica estimula con fuerza los propósitos prácticos de mejora. El alma que reza formula espontáneamente al Señor la pregunta decisiva que salió un día de boca de San Pablo: “¿Qué tengo que hacer, Señor?”, ¿cuál es tu Voluntad?, ¿qué deseas?, ¿qué es lo que te agrada? Como ha escrito el Beato Josemaría, la oración “es la hora de las intimidades santas y de las resoluciones firmes”.

El sello de la autenticidad de la oración se centra ahí: en la respuesta afirmativa a la invitación de Cristo para seguirle, perseverantemente, pase lo que pase. Porque -la advertencia viene del mismo Jesús- “no todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos; sino el que cumple la Voluntad de mi Padre que está en los Cielos”.

Oración y vida se unen en nuestro caminar en el mundo. La oración nos lleva a clamar “¡Padre mío!”, en un encuentro personalísimo e intransferible: mío, a pesar de mi nulidad; mío, porque se me entrega. Y, a la vez, “¡Padre nuestro!”, con conciencia de avanzar unidos a la Iglesia y a la humanidad entera; porque ese amor infinito y personalísimo, con el que Dios ama a cada uno se extiende a todos, en un abrazo único que nos constituye en hermanos. La oración cristiana no fluye de un deseo individualista de perfección, sino del amor divino, que no admite límites.

La Virgen María nos enseña a rezar

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  • BERNARDO, San: Sermones (Neblí, 8 y 12; BAC, 444). Tratan de temas muy variados (la humildad, la confianza en Dios, los sacramentos, etc.), con piedad y riqueza de doctrina.
  • E. BOYLAN : Dificultades en la oración mental (Patmos, 10) Trata del modo de hacer oración y cómo superar las dificultades.
  • J. B. CHAUTARD: El alma de todo apostolado (Dinor, San Sebastián; Patmos, 160; Cuadernos Palabra, 46). El autor, religioso trapense, hace ver la necesidad de la vida interior para la eficacia de la actividad apostólica.
  • J. ESCRIVÁ, san: Camino, Surco, Forja. Rialp. Libros que han ayudado a miles de cristianos a encontrar a Cristo en la vida cotidiana.
  • FRANCISCO DE SALES, San: Introducción a la vida devota; también llamado: Filotea (BAC, 109; Balmes, Barcelona; Palabra; Luis Gili). Esta obra, del s. XVII, trata de los fundamentos de la verdadera piedad y sus características principales: la importancia de los Sacramentos, el valor de la oración, las virtudes cristianas fundamentales, etc.
  • GRANADA, Fray Luis de: Libro de la oración y meditación (Apostolado de la Prensa; Cuadernos Palabra, 65). Escrito para ayudar en la contemplación de los principales misterios de la fe.
  • PHILIPPE, Jacques: La libertad interior; La Paz interior; Tiempo para Dios (Patmos). Los libros de este sacerdote de la Comunidad de las Beatitudes han alcanzado gran difusión en la actualidad, porque y sabe tratar con hondura y lenguaje nuevo los temas tradicionales del abandono en Dios, la humildad y la libertad del cristiano.
  • TERESA DE JESÚS, Santa: Camino de perfección (BAC, 120 y 212; Neblí, 1; Espasa-Calpe). Trata de las virtudes y del ejercicio de la oración mental y vocal. Gran parte del libro se dirige a explicar el modo de rezar con provecho el Padrenuestro.
  • TERESA DE JESÚS, Santa: Castillo interior (o “Las moradas”) (BAC, 120 y 212; Espasa-Calpe). Describe las etapas por las que va pasando el alma en su unión con Dios. Se refiere especialmente a los grados de oración y contemplación.