UNA CUESTION DE CENTIMETROS

Suele decirse que un centímetro más o menos de tela es cosa de poca monta, que no afecta a la moralidad del atuendo. Esto es así hasta cierto punto. Un punto que quizá no haya sido esclarecido con demasiada fortuna, pero que puede precisarse bastante bien — cada uno, cada una, puede descubrirlo con suficiente exactitud — partiendo de ciertos principios fácilmente reconocibles, que voy a tratar de exponer.

Antes, sin embargo, tenemos que dar otro pequeño rodeo, volviendo al tema ya insinuado de las peculiarísimas características del cuerpo humano, que le alzan por encima de cualquier otro.

La vista es el sentido más próximo al entendimiento, el que más íntimamente se articula con éste y ambos convienen en un mismo afán de totalidad. Nos molesta entender y ver las cosas a medias. Basta conocer parte de alguna realidad, para desear conocer el todo y — a poco interés que la cosa ofrezca — procurarse los medios para lograrlo. Como el conocimiento del hombre comienza en los sentidos, cuando éstos conocen algo, el entendimiento, mediante la voluntad, los mueve a proseguir sus indagaciones, de acuerdo con sus apetencias.

Los sentidos, a su vez — en la medida en que la voluntad no se ha forjado como dueña y señora de sus actos –, arrastran a las demás facultades en la dirección de sus apetencias propias, de modo que muchas veces, el hambre se junta con las ganas de comer.

El hombre contempla una cara de la luna. Le parece interesante y se da cuenta que hay otra cara que permanece siempre oculta. Ya no puede evitar el afán de ver a esa desconocida. Y no para, hasta conseguirlo.

Pues bien, ver una parte de una unidad anatómica, si es bella, de hecho es una poderosa llamada a ver la unidad entera. Este fenómeno humano lógico y de experiencia, puede ilustrar la razón por la cual podemos decir sin temor a equivocarnos, que muchos bañadores al uso son provocativos y prostituyentes, porque no sólo dejan al descubierto unidades que no expresan nada, que no dicen otra cosa que placer sensual, sino que — y esto es lo peor — cubren sólo a medias esas unidades, invitando a ver más. El efecto es más nocivo que si se viera todo.

Y no es cosa de ponerse a explicar de nuevo por qué no se debe descubrir el todo, menos aún, cuando se supone que estamos hablando personas que gozan, al menos, de un mínimo de sensatez. El nudismo es, en mi opinión, más que otras cosas, un pecado de evidente mal gusto. Por eso quiero subrayar la malicia de los atuendos que son de hecho, preténdase o no, insinuantes. Conviene que lo sepan las jovencitas (así como sus señoras madres, que son las que suelen pagar los bañadores de las hijas).

De manera que llega un momento en que un centímetro, más o menos, sí cobra una importancia enorme, porque un centímetro menos, uno sólo, deja al descubierto una parte de la impersonal unidad anatómica, y el atuendo, entonces, pasa a ser ya insinuante, prostituyente. Por ese minúsculo centímetro se esfuma ya la personalidad, y ante la mirada del prójimo — el próximo, como es sabido –, el cuerpo pierde transparencia, se torna opaco y, fácilmente, llena todo el campo visual, perceptivo, convirtiéndose en mero y absorbente objeto. Con ello, pierde su originalidad personal y, por consiguiente, su dignidad.

Surge así aquella turbación de la que habla M. Occhiena, al tratar el tema del pudor, debida al repentino y consciente prevalecer de la animalidad sobre la personalidad, propia o ajena, causado por un estímulo objetivamente inoportuno; es un acto reflejo de la dignidad de la persona, que se siente amenazada por el despertar inoportuno y prepotente de impulsos psicofísicos particularmente fuertes, como son — y más que ningún otro — los de carácter sexual. De este sentimiento están exentos los niños pequeños, los pueblos más primitivos, los borrachos, los esquizofrénicos.

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