PUDOR Y ELEGANCIA

Precisamente la elegancia — como ha puesto de relieve J.A. Iñiguez (en su libro Belleza y elegancia, Madrid, 1975) — es la manifestación del espíritu en la materialidad de la acción, o de la postura o del gesto, según un modo propio, personal, y una adecuación a las circunstancias. El vestido se muestra como una exigencia de la elegancia como virtud moral. Sin él, la personalidad se esfuma. Su misión es justamente velar determinadas zonas del cuerpo para embellecerlo de tal modo que al mismo tiempo que dé gusto mirarlo, la atención no quede por él absorbida y no descienda hasta un nivel infrapersonal, inhumano.

¿Quién no advierte que cuando el pudor se ausenta de la moda, ya no puede hablarse de elegancia, sino de su opuesta, la grosería? Cuando se quebrantan las leyes del pudor, el vestido no hace más que centrar la atención en lo menos original que tiene el cuerpo, lo menos personal; y, entonces, es sencillamente una estupidez hablar de elegancia o de personalidad, o de relaciones típicamente personales. En el fondo todo el mundo sabe, aunque a menudo no quiera reconocerse, que es una hipocresía hablar de la belleza o de la elegancia de una persona que se salta a la torera las leyes del pudor, mostrando en público lo que es esencialmente íntimo.

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