Primeros cristianos

index_clip_image002_0001

La oración de san Policarpo, discípulo de San Juan Evangelista

San Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y entre sus muchos discípulos y seguidores estuvo san Ireneo, que recordaba su figura en una de sus cartas: “Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos.

San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio de Antioquía cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio. El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia. Un joven cristiano, Germánico, fue llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos. En el anfiteatro, el procónsul le dijo que no muriera tan joven, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico prefirió el martirio antes que traicionar a Cristo y hacer actos de idolatría, como hizo alguno como Quinto, un frigio bautizado que consintió en hacer sacrificios a los dioses.

Durante el martirio de Germánico la multitud gritaba: “¡Mueran los enemigos de los dioses! ¡Muera Policarpo!” Los amigos del santo le dijeron que se escondiera en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado si no le delataba, acabó por entregarle.

Los autores de la carta de la que se toman estos datos condenan a los que se ofrecían espontáneamente al martirio -algo que la Iglesia reprueba- y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa donde estaba escondido Policarpo. Este comprendió que había llegado su hora, les abrió la puerta e invitó a cenar a los soldados pidiéndoles que le dejasen orar.

Se lo permitieron y estuvo Policarpo orando de pie durante dos horas, por por toda la Iglesia. Al verle, algunos de los soldados se arrepintieron de haberlo hecho. Le llevaron a la ciudad montado en un asno fue conducido a la ciudad. En el camino se cruzó con Herodes y su padre, Nicetas. Le aconsejaban que fingiera:

– ¿Qué mal puede haber -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?

En aquellos momentos llamar “Señor” al César significaba reconocerle ante todos como un dios. Policarpo permaneció en silencio; comenzarona increparle, y cuando les dijo que no estaba dispuesto a traicionar a Cristo, le tiraron del asno con tal violencia, que se fracturó una pierna.

El santo se arrastró calladamente hasta donde estaba el procónsul que le propuso que reconociera la divinidad del César y gritara: “¡Mueran los enemigos de los dioses!” El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: “¡Mueran los enemigos de Dios!” El procónsul repitió: “Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo”.

Policarpo le contestó: “Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador? Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”. El procónsul dijo: “Convence al pueblo”. El mártir replicó: “Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa”.

El procónsul le amenazó: “Tengo fieras salvajes”. “Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien”. El precónsul replicó: “Puesto que desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo”. Policarpo le dijo: “Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras”.

El procónsul ordenó que se pregonara en el centro del estadio tres veces: “Policarpo se ha confesado cristiano”.

Al oír esto, la multitud exclamó: “¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!” Pidieron que lo echaran a los leones, pero el Procónsul respondió que no podía hacerlo, porque los Juegos habían sido clausurados. Entonces pidieron que Policarpo fuera quemado vivo.

En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, baños y talleres. Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo: “Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil”. Los verdugos se contentaron con atarle las manos a la espalda.

Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración:

“¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia!

¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo!

¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable!

¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! ¡Amén!”

Falleció a las dos de la tarde del 23 de febrero, en torno a 155, o 166

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *