LA MIRADA

Ardía en sus ojos una sonrisa tal, que pensé alcanzar con los míos, el fondo de mi beatitud y de mi paraíso. Dante — nos lo dice hacia el final de su obra cumbre, La divina comedia — adivina en los ojos de Beatriz, una sonrisa. ¿Por qué en los ojos y no en los labios? ¿Son los ojos los que sonríen?

En realidad son los labios, los ojos, el rostro, la persona entera la que sonríe expresándose en el cuerpo, desplegando la comisura de los labios y articulando ese movimiento con otros — de distensión o de repliegue — de la frente, de la barbilla, de cada músculo facial. Sucede, sin embargo, que es en los ojos donde se acumula la mayor densidad de pequeños músculos ultrasensibles a las menores emociones del alma. Quizá sea por ello que, si bien el cuerpo humano como totalidad goza de sorprendente poder expresivo, en los ojos — en la mirada — ese poder se acentúa en grado sumo.

Los ojos son como las ventanas del alma. Nos permiten asomarnos y contemplar el mundo que nos rodea; y nos ofrecen también la posibilidad de asomarnos al interior del alma de nuestros semejantes: ese mundo siempre lleno de tesoros sorprendentes (aun el más pobre) que es el mundo propiamente personal, el espíritu de las gentes con las que compartimos nuestras vidas, que también asoma en sus ojos, ventanas de sus almas. Se comprende que la mirada juegue un papel de singular importancia en el enamorarse y en el trato de las personas que se aman.

Se ha dicho que la mirada es casi el alma hecha fluido; el ser espiritual del otro se asoma y se nos muestra en su mirar, hasta el punto que se puede leer en la Escritura: por la mirada se reconoce al hombre (y añade: por el aspecto del hombre se reconoce al pensador: Eccli 19,29).

Es significativo que J. R. R. Tolkien, cuando, en una de sus más preciosas historias de amor, dice que Beren se transforma en un “terrible licántropo”, añade “pero sus ojos eran limpios”. La mirada revela el fondo de la persona, más allá de los aspectos más aparentes.

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