La fidelidad a su vocación de los primeros cristianos: los cuarenta mártires de Sebaste, jóvenes en su mayoría

Los cuarenta mártires de Sebaste, en Armenia menor

Es un auténtico el “testamento” colectivo que los mismos mártires redactaron poco antes de morir. El martirio tuvo lugar en el 320, durante la persecución de Licinio.

“Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Parece cierto que fuera la legión XII ‘Fulminada’, la cual había participado en la expugnación de Jerusalén en el año 70, y posteriormente había sido trasladada al Oriente con asiento en Melitene (Armenia Menor).

Existía una especie de tradición cristiana en el seno de la legión, porque ella había tenido cristianos entre sus filas ya en el siglo III, y quizás antes; otros vínculos con cristianos, mediante amistades y parentescos, debían de haber surgido durante la estancia en Armenia, donde los cristianos eran muchos. El martirio ocurrió bastante más al norte de Melitene, en la ciudad llamada Sebastia (más exactamente que Sebaste), donde tal vez la legión mantenía un fuerte destacamento.

Los cuarenta eran muy jóvenes, de unos veinte años; en su ‘testamento’, donde envían el último saludo a sus seres queridos, uno solo saluda a la mujer con el hijito, otro a la novia, mientras los demás saludan a los padres vivientes. En general, debían de estar todavía en la primera juventud.

Cuando llegó al campamento la orden de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos rehusaron; arrestados en seguida, fueron atados a una sola cadena, muy larga, y después encerrados en la cárcel.

La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardabam órdenes de comandantes superiores o incluso -dada la gravedad del caso- del mismo Licinio. En esta espera los presos, previendo su fin, escribieron su ‘testamento’ colectivo por mano de uno de ellos, cierto Melecio.

En este documento los que iban a morir exhortan a parientes y amigos a desatender los bienes caducos de la tierra para preferir los bienes ultraterrenos; saludan después a las personas que les son más queridas; finalmente, previendo que por la posesión de sus restos mortales se producirían disputas entre los cristianos -como ya había sucedido en el pasado con respecto a las reliquias de otros mártires- disponen que sus despojos sean sepultados todos juntos en la aldea de Sarein, cerca de la ciudad de Zela.

El documento trae, como de costumbre, los nombres de todos los cuarenta mártires, y de ahí los nombres fueron copiados después en otros documentos, con pequeñas divergencias de grafía.

Llegada la sentencia de condenación, los cuarenta fueron destinados a morir de frío: debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, sobre un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución parece que fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia, donde los condenados serían sustraídos a la curiosidad y a la simpatía del público y a la vez vigilados por los empleados de las termas.

En el patio existía una amplia reserva de aqua, una especie de estanque, que estaba en comunicación con las termas. Basilio dice que el lugar estaba en el medio de la ciudad, y que la ciudad estaba adyacente al estanque: quizás la reserva de agua, para uso de las termas, no era sino una derivación del verdadero estanque externo.

Más tarde sobre el lugar del martirio se construyó una iglesia, y justamente en esta iglesia parece que Gregorio de Nisa pronunció sus discursos en honor de los mártires.

Sobre esa explanada helada, a una temperatura bajísima, los tormentos de esos cuerpos desnudos debieron de ser espantosos. Para aumentar el tormento de las víctimas, había sido dejado abierto de intento el ingreso de las termas, del cual salían juntamente con la luz los chorros de vapor del calidarium: para los martirizados era una visión potentísima, puesto que bastaban pocos pasos para salir de las angustias y recuperar esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. Pero estaba de por medio una barrera infranqueable: Cristo, del que hubieran tenido que renegar.

Las horas pasaban terriblemente monótonas: ninguno de los condenados se alejaba de la explanada helada. El vigilante de las termas asistía como estupefacto a la escena. De repente uno de los condenados, extenuado por los espasmos, se arrastró hacia la puerta iluminada; pero ahí, por un hecho fisiológico normal, en cuanto le alcanzaron los vapores calientes falleció. Al ver esto, el vigilante, en un arranque de entusiasmo, decidió remplazarle completando nuevamente el número de cuarenta. Después de quitarse los vestidos, se proclamó cristiano y se tendió sobre el hielo entre los otros condenados.

El alba del día siguiente iluminó un tendal de cadáveres. Uno solo quedaba todavía con vida: era el más joven, un adolescente al que algún documento llama Melitón.

La veneración hacia los Cuarenta Mártires fue muy popular en Oriente. Pero también en Occidente, a fines del mismo siglo, habla de ellos Gaudencio de Brescia, que estaba particularmente informado acerca de Oriente. Además, en Roma escenas de su martirio se conservan todavía en un fresco del siglo VII-VIII, que se halla en un oratorio contiguo a la iglesia de Santa María Antigua en el Foro Romano”
(Giuseppe Ricciotti, “L’ Era dei Martiri”, p. 268-270).

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