Es una tradición cristiana recibir la vocación de un hijo como lo que es: un don gozoso.

Tantas veces esa vocación es el fruto de la entrega sin condiciones de sus padres. Así oraba San Agustín hablando sobre su madre, Santa Mónica:

“Tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (San Agustín, Confesiones, V, 10-13).

Las últimas palabras de Santa Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de unos padres cristianos:

“Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces” (San Agustín, Confesiones, IX, 26).

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