Enseñanzas de los santos sobre la misericordia

  • San Pablo:

    No es tal nuestro Pontífice que sea incapaz de compadecerse de nuestras miserias habiendo experimentado todas las tentaciones a excepción del pecado por raz6n de la semejanza con nosotros. Lleguémonos, pues, confiadamente, al trono de la gracia a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia para ser socorridos al tiempo oportuno (Hebr. IV,15–16)

    San Agustín dice que la misericordia nace del corazón, que se apiada de la miseria ajena, corporal o espiritual de tal manera que le duele y entristece como si fuera propia llevando a poner – si es posible – los remedios oportunos para intentar sanarla.


    Justicia y misericordia

  • La misericordia no es un paso previo o una forma rebajada de la justicia: va más allá de la justicia, precisamente porque tiene su origen en la caridad, que nos mueve a amar a los demás con el amor de Dios.
  • No es suficiente limitarse a vivir la justicia, sin más, para considerarse cristiano y para alcanzar el Reino de los Cielos: Dice Jesús en el Evangelio: Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del reino, que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era peregrino, y me hospedasteis; estando desnudo, me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; encarcelado y vinisteis a verme (Matth. XXV, 34–36).
  • La parábola del deudor despiadado del Evangelio es un ejemplo patente de la insuficiencia de la justicia.

    Ese deudor se limitó a cumplir con la estricta justicia, haciendo encarcelar a quien no pagaba lo que le debía; pero se hace así merecedor del reproche del Señor: Siervo inicuo, te perdoné toda la deuda porque me lo suplicaste: ¿no convenía, pues, que tu también tuvieses compasión de tu compañero, como la tuve yo de ti? (Matth. XVIII,32–33)

  • Limitarse a vivir la justicia equivaldría a pensar que no se necesita de la misericordia divina, olvidando las palabras del Señor: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Matth V, 7). Después que Dios nuestro Salvador ha manifestado su benignidad y amor con los hombres nos ha salvado no a causa de las obras de justicia que hubiésemos hecho, sino por su misericordia (Tit. III, 4–5).

No debe confundirse el ejercicio de las obras de misericordia con:

  • la simple filantropía.
  • un afecto puramente natural.
  • el buen deseo de ayudar al prójimo en sus necesidades.

No basta con ejercer la misericordia para salvarse; hay otros muchos deberes cuyo incumplimiento impide la unión con Dios.

San Pablo: “Como no quisieron reconocer a Dios, Dios los entregó a un réprobo sentido, de suerte que han hecho acciones in dignas, quedando atestados de toda suerte de iniquidad, de malicia, de fornicación, de avaricia, de perversidad; llenos de envidia, homicidas, pendencieros, fraudulentos, malignos, chismosos, infamadores, enemigos de Dios, ultrajadores, soberbios, altaneros, inventores de vicios, desobedientes a sus padres, irracionales, desgarrados, desamorados, desleales, despiadados.

Los cuales, habiendo conocido la justicia de Dios, no echaron de ver que los que hacen tales cosas son dignos de muerte, y no so lo los que las hacen sino también los que aprueban a los que las hacen” (Rom. I, 28–32).

El Apóstol, después de referirse a “las obras de la carne”, recuerda: “los que hacen tales cosas, no alcanzarán el reino de Dios” (Gal. V, 21).

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