Diversos “estilos” a la hora de vivir la virtud del desprendimiento

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En la Iglesia hay diversos modos, diversos estilos, a la hora de vivir la misma pobreza cristiana, el desprendimiento que Cristo enseñó.

La santidad es una y misma para todos, pero el modo de vivir el desprendimiento cristiano -necesaria para la santidad- depende de los carismas y las situaciones.

Es algo parecido a lo que sucede en la natación: se puede nadar a crol, braza, mariposa, espalda…

La siguiente comparación sobre el desprendimiento relacionado con el espíritu de penitencia puede resultar expresiva.

El monje y el misionero. Las personas que llevan una vida contemplativa (monjes, por ejemplo) pueden sobrellevar mejor unos ayunos prolongados que los que llevan una vida activa –como los misioneros- cuyo trabajo supone un gran desgaste de energías y exige una alimentación más continuada: si un misionero ayunara como un monje desfallecería y no podría realizar su misión. Eso no significa que un misionero sea, por principio, menos penitente que un monje de clausura, sino que su modo de vivir la misma virtud es necesariamente distinto.

El rey y el monje. Un rey cristiano no puede vivir externamente la virtud del desprendimiento del mismo modo que un monje: pero, por sus obligaciones propias, ambos tendrán que esforzarse en vivir esta virtud en medio de sus circunstancias: el rey, con las propias de su cargo (fiestas, banquetes y recepciones de Estado); el monje, con las circunstancia de su orden monástica. Si sólo existiera un modo determinado de vivir el desprendimiento cristiano los cristianos que poseen determinados bienes, para hacer un negocio y mantener a su familia, no podrían vivir esta virtud.

La Iglesia ha beatificado al último emperador de Austria-Hungría, que era extraordinariamente sobrio, no porque muriera en la pobreza material, (como falleció), sino porque supo santificarse como emperador, militar, padre de familia, y hombre de paz cumpliendo con sus obligaciones familiares, profesionales y sociales, en un entorno de riqueza, pero con un profundo espíritu de desprendimiento interior.
Esto indica que cada uno debe vivir esta virtud según el camino al que Dios le llame: como monje, como sacerdote, como misionero, como un laico cristiano en medio del mundo, etc.

Escribe san Francisco de Sales:

“¿sería lógico que los obispos quisieran vivir su entrega en la soledad, del mismo modo que los cartujos; que los casados tuvieran la misma preocupación por aumentar sus ingresos que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como hace un religioso; o que un religioso estuviera absorvido por las necesidades de los demás, al igual que un obispo?

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