Dimensión cósmica y eclesial de la llamada universal a la santidad



Todo ello, a su vez, comporta una dimensión que podríamos llamar cósmica –en el sentido de que es una llamada a la santificación de todas las cosas creadas (cfr Rodríguez-Ocáriz-Illanes, El Opus Dei en la Iglesia, Rialp, Madrid 1993, pp. 158-161)–, así como una dimensión eclesial de la universalidad de la vocación (cfr o.c., pp. 161-162), pues es una llamada que jamás aísla, sino que, por su misma naturaleza, tiende a la comunión universal de la Iglesia.

Desde el inicio de su misión fundacional, San Josemaría Escrivá de Balaguer predicó constantemente la llamada universal a la santidad (cfr A. del Portillo, Una vida para Dios. Reflexiones en torno a la figura de Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid 1992, pp. 69-73). Entonces, y aun muchos años después, esta doctrina no era corriente en el común pensar cristiano.

«Con sobrenatural intuición –proclamaba Juan Pablo II–, el Beato Josemaría predicó incansablemente la llamada universal a la santidad y al apostolado. Cristo convoca a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana; por eso, el trabajo es también medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo, pues el Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación. En una sociedad en la que el afán desenfrenado de poseer cosas materiales las convierte en un ídolo y motivo de alejamiento de Dios, el nuevo Beato nos recuerda que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser camino para el encuentro de los hombres con Cristo» (Juan Pablo II, Homilía en la solemne Misa de Beatificación de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 17-V-1992).

La dimensión subjetiva de la universalidad de la vocación a la santidad –que todos están llamados–, aún encontrándose con mayor o menor claridad e insistencia en la predicación y escritos de numerosos santos y autores espirituales en todas las épocas (cfr por ejemplo los escritos de San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Sales o Santa Teresa de Lisieux: vid. o.c., p. 154), solía afirmarse débilmente, en el sentido de considerar posible la santidad para cualquier cristiano, pero pensando a la vez que era más bien excepcional para quienes –la mayoría– viven inmersos en los afanes del mundo.

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