8. Conclusión

Para terminar, quiero destacar una vez más: el celibato es un camino que lleva a la vida plena que Cristo nos ha prometido.

El celibato exige – tal como el matrimonio – mucha vitalidad, pues requiere que la motivación original, con que se inició la entrega personal, siga viva durante toda la vida.

Ello solamente es posible con una auténtica vida de oración.

Sólo en el diálogo con Dios mismo, se puede comprender el verdadero sentido del celibato. Únicamente el trato con Jesucristo puede llenar el vacío del corazón.

Sólo cuando se experimenta la cruz, el Señor puede curar nuestra naturaleza herida.

En la medida en que el hombre se entregue más a Dios, más se entregará a las demás personas, será más capaz de amar. El celibato “por el reino de los Cielos” – precisamente porque se funda en la negación de sí mismo, porque es una entrega generosa – forja una personalidad con una capacidad muy grande de dar, de brindar amistad. El grado de su entrega y de su cari–o dependen de cuán vivo sea el amor de Dios. La cercanía a Cristo, la confianza absoluta con El, hacen de la persona un “master” en amor, también en amor matrimonial, pues la persona realiza, en su vida, aquello de lo que el matrimonio es sólo un símbolo: el amor esponsal con Cristo.

Sólo una palabra antes de acabar. La más perfecta unión con Cristo no está unida, por naturaleza, a ninguna forma de vida. Es un rasgo característico, propio de los santos y, como tal, asequible tanto a los casados, como a los solteros. En definitiva, lo único que importa es que cada uno descubra cuál es su camino y lo siga fielmente, teniendo la seguridad que Dios lo ha llamado personalmente por ese camino, desde toda la eternidad.

Jutta Burggraf

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